Donald Trump no solo es insolente en sus intervenciones públicas y en sus tuits. El presidente de Estados Unidos puede adoptar una conducta descaradamente grosera en los encuentros privados con sus homólogos del mundo, aunque sean aliados y se conozcan desde hace años, como es el caso de Emmanuel Macron.
Bruno Le Maire, que fue ministro de Economía y Hacienda de Francia durante siete años y alterna la política con la literatura, ha publicado Le temps d’une décision (Gallimard), un jugoso relato de los pulsos diplomáticos entre bastidores, de la intimidad del poder, con retratos entre irónicos e inmisericordes de los protagonistas que ha conocido, basados en vivencias en directo.
Varias escenas muestran el peculiar carácter de Trump y su estilo desestabilizador con sus interlocutores, a medio camino entre la provocación y el absurdo, una forma de actuar en las antípodas de esa lógica cartesiana que aprenden las elites francesas.
Uno de los momentos chocantes se produjo durante un encuentro en la Casa Blanca. Macron trataba de explicar a Trump, con argumentos de salud, científicos, la preocupación europea por los pollos clorados (polémico método de desinfección) que Estados Unidos exportaba a la UE, un punto de fricción, durante años, en la relación comercial entre Washington y Bruselas. De repente, Trump gira su corpachón en el mullido sillón y dice, incrédulo: “Pollos clorados…” A estas dos palabras sigue un breve silencio, antes de disparar. “Sabes qué, Emmanuel, he comido pollos clorados desde que tenía cinco años”. Para poner más énfasis, el anfitrión muestra los dedos de su mano, abierta. Y luego añade: “¡Y mírate a ti y mírame a mí!”.
El líder estadounidense rompe la lógica cartesiana y descoloca a sus interlocutores franceses
En entrevistas de estos días para promocionar el libro, Le Maire ha dejado entender que, con su comentario, Trump quería contraponer su corpulencia física al cuerpo sucinto del presidente francés, lo cual añadiría una mayor falta de respeto .
Otra situación reveladora se produjo en la cumbre del G-7 de Biarritz, en el 2019, durante el primer mandato de Trump. Los dos presidentes, además de Le Maire y del secretario del Tesoro norteamericano, Steven Mnuchin, hablaban en la habitación del hotel de Trump. El espacio era reducido y poco iluminado, lo que daba un aire íntimo. Le Maire y Mnuchin estaban sentados en sendos pufs. Trump, en un sofá, con las piernas abiertas y la corbata colgando entre ellas. Macron, en un sillón. Este último abordaba la amenaza de altos aranceles contra los vinos franceses, una represalia por el impuesto europeo a los gigantes digitales como Google o Facebook. Un asunto serio. El presidente francés trataba de hacer ver a Trump el grave daño para el sector en Francia y las consecuencias inflacionistas en Estados Unidos. El líder estadounidense se alisa entonces la corbata, se incorpora del fondo del sofá y golpea varias veces, con los nudillos de la mano, una pequeña mesa oscura. Sin que tuviera nada que ver con la conversación en curso, Trump mira a Macron y le dice: “Sabes qué, Emmanuel, he estado en África. La gente en África es negra, ¡negra como esta mesa!”. Fue su manera de comunicar que el tema no le interesaba o que no quería negociar.
Le Maire no deja tampoco bien parado a Vladímir Putin, un personaje del que destaca su cinismo, frialdad, cálculo y desprecio hacia todo lo occidental en general. Su descripción del presidente ruso es implacable: “Vladímir Putin es pequeño, robusto, su rostro de tártaro, con unos pómulos que parecen artificialmente hinchados con bótox, no transmite ninguna emoción. Sus escasos cabellos rubios tintados están impecablemente peinados hacia el vértice de su cráneo (…). Solo la impresionante escolta que lo rodea revela su función. Y su retraso. Siempre llega con retraso, de varias horas. Puede recibir a su huésped a cualquier hora del día o de la noche”.
Otro personaje del libro es Serguei Lavrov, el incombustible ministro de Exteriores ruso, de quien el autor destaca su habilidad verbal, su querencia por los trajes Brioni, hechos a medida, para realzar su estatura, su cargo y su longevidad. Le Maire observa que “la edad y el whisky han ensanchado su silueta” y que “los múltiples retoques quirúrgicos han deformado algo su rostro”.
“¡Mírate a ti y mírame a mí!”, le espetó Trump a Macron cuando este le alertó del peligro de los pollos desinfectados
Llama la atención cómo ve el exministro francés al líder chino, Xi Jinping. Lo califica de “nuevo Mao” que “sabe exactamente adónde quiere llevar a China, al primer puesto”. “Quien decide se calla -escribe–. Quien decide habla por sus actos. Xi Jinping es pues un hombre del silencio, mientras que la mayoría de sus homólogos son hombres (o mujeres, pero hay pocas) de ruido”.
A Le Maire no se le escapan las anécdotas divertidas. De Xi Jinping recuerda una rueda de prensa con Macron, en el salón de invierno del Elíseo. “Su mirada no expresa absolutamente nada, ni asentimiento, ni sorpresa, ni incomodidad”, estima Le Maire. Pero, desde el estrado, el impasible líder chino lucha sin éxito por abrir el tapón de un termo. Tras varios intentos infructuosos, un nervioso asistente que lleva permanentemente una maleta negra con termos de agua fría y té caliente se atreve a acercarse para solventar el problema. El poder se refleja también en estos detalles.
El poder real
Elon Musk y los minotauros de la tecnología
Bruno Le Maire piensa que Elon Musk es un genio, aunque lo retrata como alguien extravagante, con ataques de “risa epiléptica” y obsesionado por la conquista espacial. En un almuerzo en el Elíseo, ante la tardanza de Macron, el magnate estadounidense le confió al ministro francés: “No estoy acostumbrado a esperar a la gente”. Luego Musk hizo un somero repaso a la situación económica mundial y alabó la productividad de las factorías chinas respecto a las europeas, para volver después a su tema favorito, entre la sorpresa del resto de comensales. “La única cuestión es si vivimos en una civilización de un planeta o multiplanetaria”, planteó el dueño de Space X. Le Maire califica a Musk y a otros de su ámbito de “minotauros de la tecnología”. Según él, esas figuras de inspiración mitológica tomaron el poder en Washington el 4 de septiembre de 2025 en “una cena de reconciliación con aires de reunión de los caballeros de la Mesa Redonda” y Trump “en el papel de rey Arturo”. “Los minotauros son los que uno encuentra al final del laberinto, los que explotan nuestros datos y los transforman en fortuna, los que deciden realmente lo que va a pasar, no solo en el mundo económico, en el que representan una parte no desdeñable, sino también en la geopolítica de los estados”, afirma Le Maire. En su relato, incluye otra escena insólita, también en el Elíseo, una comida a la que asistía Jeff Bezos, el patrón de Amazon, y su entonces novia, Lauren Sanchez. En pleno ágape, ella se levantó para pintarse de escarlata los labios ante un espejo de cuatro metros. Volvió a la mesa u se sentó en las rodillas de Bezos.
Fuente:
www.lavanguardia.com




