Crónica de Isaac Hammouch
El 12 de junio de 2026 no será solo una fecha en los archivos de la Unión Europea, será el símbolo de una renuncia histórica. Con la entrada en vigor del nuevo Pacto sobre Migración y Asilo, Europa no ha simplemente reformado sus leyes; ha cambiado de rostro. Este texto es la culminación de una voluntad deliberada de cierre, un plan de batalla orquestado desde hace años para transformar un continente que antes era tierra de asilo en una fortaleza inexpugnable. Lo que se juega hoy en las fronteras de Europa no es una respuesta a una crisis pasajera, sino la consagración de una radicalización política que ha terminado por impregnar todos los estamentos del poder, desde Bruselas hasta las capitales nacionales.
La ingeniería de este cierre se basa en una hipocresía jurídica temible: la «ficción de no entrada». Bajo este término clínico, Europa organiza la selección humana a gran escala. A partir de ahora, miles de hombres, mujeres y niños, a veces desde los seis años de edad, son mantenidos en zonas grises, centros de filtrado donde el derecho se detiene ante las alambradas. Técnicamente, no han «entrado» en Europa, lo que permite privarlos de las garantías judiciales más elementariarias. En Francia, Bélgica o Italia, las capacidades de retención se están desbordando, lo que demuestra la voluntad de fichar, escanear y rechazar incluso antes de que la esperanza de una vida mejor pueda expresarse. Ya no se habla de acogida, se habla de flujos que hay que cortar, de datos biométricos que recopilar y de procedimientos acelerados que se parecen más a sentencias que a exámenes de derechos.
Esta metamorfosis no ha caído del cielo; es el fruto de una alianza política que ha desplazado el centro de gravedad del continente hacia su derecha más dura. El Partido Popular Europeo (PPE) ha terminado por romper sus propios tabúes para unirse a las fuerzas nacionalistas y soberanistas. En Bélgica, el Vlaams Belang y la N-VA han impuesto su ritmo, forzando a los partidos tradicionales a una escalada de medidas de seguridad para no ser barridos. En Austria, el FPÖ ha transformado el país en un laboratorio del cierre, mientras que en Francia, la retórica del Rassemblement National se ha convertido en el sistema por defecto de las políticas migratorias. Esta nueva mayoría europea ha normalizado conceptos que, hace diez años, habrían causado escándalo: la externalización de las fronteras, la devolución a terceros países sin ningún vínculo con el migrante y la tutela financiera a vecinos como Túnez o Libia para que hagan, lejos de las miradas, el «trabajo sucio» de la interceptación.
Pero el pacto no se detiene en los muros que levanta; ya está preparando la gran limpieza desde el interior. Ahí radica la verdadera ruptura del mañana: la vulnerabilización de quienes ya están aquí. Se vislumbra una Europa donde el permiso de residencia ya no es una protección, sino una prórroga revocable. La idea de retirar los papeles a residentes establecidos por motivos de «mala conducta», impago de impuestos o incumplimiento de las normas sociales se está convirtiendo en una realidad legislativa. El migrante, incluso «en regla», se convierte en un ciudadano de segunda clase, un invitado cuyo contrato de arrendamiento puede ser rescindido ante la menor falta. Es la instauración de una precariedad de por vida, una espada de Damocles suspendida sobre millones de trabajadores y familias que, sin embargo, participan en la vida del continente.
A fin de cuentas, este pacto es el acta de defunción de una cierta idea del humanismo europeo. Al desvirtuar el concepto de solidaridad para convertirlo en un sistema de rescate —donde los Estados pagan 20 000 euros por persona para no acoger— Europa ha monetizado sus principios. Ha elegido el miedo en lugar del derecho, el repliegue en lugar de la audacia. Lo que dejamos atrás con este gran confinamiento no son solo migrantes, es nuestra propia capacidad de imaginar un futuro que no esté fundado en la exclusión. Puede que Europa se haya protegido, pero sobre todo se ha encerrado en su propia rigidez, sacrificando su alma por una ilusión de seguridad.
(*) Isaac Hammouch es periodista y escritor belga-marroquí. Autor de varias obras y de numerosas columnas de opinión, analiza los desafíos de la sociedad, las cuestiones de gobernanza y las mutaciones del mundo contemporáneo.




