Un hombre llegado del corazón de las instituciones El destino de Mohamed Ziane es tanto más singular por cuanto no se parece al de un opositor tradicional que ha construido toda su vida política en contra del poder. Nacido en 1943, abogado, exdecano del colegio de abogados, diputado y líder político, Mohamed Ziane evolucionó durante mucho tiempo en el corazón de la vida institucional marroquí. Fue, en particular, parlamentario, miembro del Consejo Consultivo de Derechos Humanos y ministro delegado de Derechos Humanos bajo Hassan II en la década de 1990. Su trayectoria pertenece, pues, plenamente a la historia institucional del final del reinado de Hassan II. Sería históricamente inexacto presentarlo hoy como un disidente de toda la vida o como un hombre que combatió al Makhzen desde su juventud. Durante una parte importante de su carrera, Ziane sirvió a las instituciones y aceptó sus reglas. Human Rights Watch recuerda incluso que, antes de su paso por el gobierno, había representado legalmente al Estado en asuntos políticos delicados.
Esta precisión es esencial, ya que hace que su itinerario posterior sea mucho más interesante. Mohamed Ziane no critica el funcionamiento del Estado únicamente desde el exterior: frecuentó sus instituciones, conoció sus mecanismos y ocupó responsabilidades públicas. Esto no permite, evidentemente, afirmar que fuera un íntimo del Palacio o poseedor de secretos particulares sin elementos que lo demuestren. En cambio, su experiencia otorga necesariamente otra resonancia a sus críticas. Su historia es la de un hombre que perteneció al sistema institucional antes de convertirse progresivamente en una de sus voces más difíciles de contener.
Una ruptura que se construyó progresivamente Sería también demasiado simple contar la historia como la de un ministro que dejó el gobierno para convertirse inmediatamente en opositor. La ruptura parece haber sido mucho más progresiva. Tras su paso por el gobierno, Ziane continuó su carrera política y jurídica y fundó el Partido Liberal Marroquí. A lo largo de los años, su discurso se volvió, no obstante, más crítico y su actividad como abogado lo situó en varios expedientes políticamente delicados. Esta evolución es importante: el exresponsable institucional comenzó a defender a quienes se encontraban, a su vez, confrontados con el aparato judicial o de seguridad del Estado.
Esta transformación no significa que cada una de sus posiciones deba ser considerada justa o que sus declaraciones sean automáticamente creíbles por el hecho de haber sido ministro. Ziane es una personalidad controvertida, a veces provocadora, cuyas afirmaciones han provocado fuertes reacciones. Pero es precisamente la combinación de su pasado institucional y su libertad de tono lo que le confiere un lugar particular. Cuanto más se alejaba de sus antiguas funciones, más parecía autorizarse a hablar abiertamente de temas habitualmente tratados con mucha prudencia en Marruecos.
De defensor del Estado a abogado de figuras de la protesta Uno de los aspectos más llamativos de su trayectoria es esta inversión. Human Rights Watch recuerda que Ziane había representado en el pasado al gobierno en ciertos asuntos políticos. Años más tarde, se le encuentra al otro lado de la sala de audiencias, defendiendo a personalidades perseguidas por el Estado. Se convirtió, en particular, en el abogado de Nasser Zefzafi, figura central del Hirak del Rif, e intervino también en la defensa del periodista Taoufik Bouachrine. MENA Rights Group señala precisamente esta evolución y subraya que Ziane se había mostrado, a lo largo de sus últimos años de libertad, cada vez más crítico con los servicios de seguridad marroquíes.
Este paso del papel de abogado que había representado al Estado al de defensor de personalidades particularmente sensibles es probablemente una de las claves para comprender su itinerario. Ya no se trata solo de una evolución ideológica: es un cambio de posición dentro de la propia relación entre justicia, poder y protesta.
El Hirak del Rif, un punto de inflexión decisivo El Hirak del Rif constituye probablemente uno de los momentos en los que esta evolución se hace más visible. Tras la muerte de Mohcine Fikri en 2016, se desarrolló en el Rif una amplia movilización social de la que Nasser Zefzafi se convirtió en la figura emblemática. Mohamed Ziane participó en su defensa. Cuestionó, en particular, el relato oficial que presentaba a ciertos militantes como separatistas e insistió en la dimensión social de sus reivindicaciones. Entró así en uno de los expedientes más delicados de este periodo del reinado de Mohamed VI.
El Hirak superaba con creces el destino judicial de un solo militante. El movimiento cristalizaba reivindicaciones relativas al desarrollo regional, los servicios públicos, el empleo y el sentimiento de marginalización. Para Ziane, intervenir en este caso significaba entrar directamente en el debate sobre la manera en que el Estado responde a una contestación social de gran envergadura. El exministro delegado de Derechos Humanos se encontraba ahora defendiendo a personas perseguidas por las instituciones a las que en su día había servido.
Una voz que cruza progresivamente las líneas rojas Con los años, Mohamed Ziane ya no se limitó a hablar como abogado. Sus intervenciones se volvieron directamente políticas. Criticó a responsables del aparato de seguridad y el funcionamiento de ciertas instituciones. MENA Rights Group señala, en particular, que tras unas declaraciones críticas dirigidas al responsable de la Dirección General de la Seguridad Nacional y de la DGST, el Ministerio del Interior presentó una denuncia contra él.
Su crítica terminó también por tocar un tema infinitamente más sensible: la propia monarquía. En declaraciones recogidas por la prensa internacional, Ziane había criticado las largas ausencias del rey Mohamed VI y había llegado a plantear públicamente la hipótesis de una abdicación en favor del príncipe heredero Moulay Hassan si el soberano ya no deseaba ejercer plenamente sus funciones. Este tipo de declaración cruzaba una frontera política raramente franqueada públicamente por un exministro marroquí.
Esto no demuestra que sus condenas judiciales fueran ordenadas en reacción a estas palabras. Hay que distinguir los hechos judiciales establecidos de la interpretación política. Pero permite comprender por qué Mohamed Ziane había acabado por convertirse en una personalidad particularmente sensible: ya no era solo un abogado que criticaba un expediente o un exministro, sino un antiguo miembro del gobierno que hablaba abiertamente de la manera en que se ejercía el poder supremo.
2022: la justicia se convierte en el centro de su historia En noviembre de 2022, la trayectoria de Mohamed Ziane dio un vuelco. El Tribunal de Apelación de Rabat confirmó una pena de tres años de prisión y fue encarcelado el 21 de noviembre. El caso agrupaba numerosos cargos de diferente naturaleza, entre los que figuraban hechos relativos a sus declaraciones públicas, pero también acusaciones pertenecientes a su vida privada y a comportamientos personales.
Es aquí donde resulta absolutamente necesario mantener el matiz. Ser un opositor o una personalidad crítica no otorga ninguna inmunidad penal. Las acusaciones independientes de la actividad política deben poder ser examinadas por la justicia, y negarlas automáticamente con el argumento de que afectan a un opositor sería intelectualmente tan frágil como pretender que el contexto político no existe. El verdadero debate se encuentra precisamente entre estas dos posiciones: determinar qué corresponde al derecho común y examinar si ciertos procesos o cargos han podido servir también para sancionar el ejercicio de la libertad de expresión.
Por qué las organizaciones de derechos humanos se interesan por su caso El caso Ziane no se basa únicamente en las afirmaciones de su familia o de sus partidarios. Varias organizaciones internacionales de derechos humanos han documentado su expediente. MENA Rights Group describe su evolución hacia una crítica cada vez más abierta de los servicios de seguridad. Human Rights Watch, por su parte, dedicó una sección de su trabajo sobre la represión de la disidencia en Marruecos a su trayectoria. Amnesty International ha continuado asimismo mencionando a Mohamed Ziane como un defensor de los derechos humanos encarcelado y considera que algunos de los cargos que llevaron a su encarcelamiento están vinculados a su trabajo en favor de militantes, periodistas y víctimas de violaciones.
Sin embargo, hay que presentar correctamente esta información: se trata del análisis de estas organizaciones y no de una verdad judicial establecida según la cual todas las acusaciones habrían sido fabricadas. Es esta distinción la que refuerza la credibilidad del análisis: presentar las condenas y la posición de las autoridades por un lado, y las críticas de las ONG y de la defensa por el otro.
Una segunda condena que cambia la perspectiva La historia no se detiene en la pena de tres años. Un segundo procedimiento, relativo esta vez a la presunta malversación de fondos públicos electorales asignados al Partido Liberal Marroquí, desembocó en una condena a cinco años de prisión. La defensa de Ziane rechaza estas acusaciones y les atribuye una motivación política. Este segundo caso es fundamental porque significa que la cuestión de su permanencia en prisión ya no depende únicamente de la primera condena.
En abril de 2026, después de que el Tribunal de Casación ordenara un nuevo juicio, el Tribunal de Apelación de Rabat confirmó de nuevo la pena de cinco años en este asunto. Esta evolución judicial significa que el caso Ziane no pertenece únicamente a los acontecimientos de 2022 o 2024: su expediente sigue estando de plena actualidad y la perspectiva de su detención se inscribe ahora en una duración mucho más extensa.
La acumulación de procedimientos y la sospecha política Es finalmente la acumulación lo que hace que el expediente sea políticamente explosivo. Mohamed Ziane ha sido procesado en terrenos muy diferentes: declaraciones públicas, atentado contra instituciones o personas, acusaciones relativas a su vida privada y, posteriormente, gestión financiera de su partido. Tomados por separado, cada uno de estos expedientes puede corresponder al derecho penal ordinario. Tomados en su conjunto, y reubicados en la trayectoria de un exministro convertido en extremadamente crítico, alimentan inevitablemente el interrogante sobre una posible dimensión política.
Pero un interrogante no es sinónimo de prueba. Es una distinción fundamental. El papel de un artículo serio no es decretar que todas las acusaciones son inventadas ni, a la inversa, pretender que el contexto político carece de importancia. Consiste en exponer los hechos, la cronología, la posición de la justicia y la de las organizaciones internacionales, y permitir después al lector comprender por qué el caso suscita tal controversia.
A los 83 años, la cuestión se vuelve profundamente humana Mohamed Ziane nació en febrero de 1943: tiene, por tanto, 83 años en 2026. Su edad transforma necesariamente la percepción de su encarcelamiento. Su entorno ha informado de problemas de salud y las organizaciones de derechos humanos continúan siguiendo su situación. Sin peritajes médicos independientes hechos públicos, sería imprudente ir más lejos afirmando con precisión cuál sería su estado clínico. Su edad, en cambio, es un hecho objetivo.
Evidentemente, la edad no constituye una inmunidad judicial. Un exministro de 83 años sigue siendo responsable ante la ley como cualquier otro ciudadano si es declarado culpable de infracciones. Sin embargo, la cuestión de la proporcionalidad de la detención se plantea necesariamente cuando un hombre de esta edad es encarcelado durante un largo periodo y parte del debate que rodea a su expediente afecta a la libertad de expresión. La pregunta no es, por tanto, simplemente sentimental: afecta también a lo que el Estado busca obtener mediante el mantenimiento en prisión y a la manera en que esto es percibido por la opinión pública.
La paradoja de un exministro de Derechos Humanos convertido en preso La historia posee una ironía política difícil de ignorar. Un hombre que ejerció responsabilidades gubernamentales en el ámbito de los derechos humanos se encuentra, varias décadas después, encarcelado mientras organizaciones internacionales reclaman que su caso sea examinado bajo el prisma de las libertades fundamentales. El abogado que representó al Estado, y que luego defendió a presos y a figuras de la protesta, se ha convertido finalmente él mismo en preso.
Pero esta paradoja debe conducir también a una reflexión menos cómoda para sus defensores: ¿por qué Mohamed Ziane no mantuvo algunas de estas posiciones cuando él mismo pertenecía a las instituciones? ¿Por qué ciertas denuncias no se formularon cuando aún disfrutaba de un lugar destacado en la vida institucional? Esta pregunta forma parte integrante de su historia y no debe ser evitada.
Es precisamente esto lo que hace interesante a su personaje. Ziane no es un héroe político construido desde siempre contra el sistema. Su historia es la de un hombre que lo sirvió antes de alejarse de él y criticarlo. Reconocer esta contradicción no disminuye el interés de su caso; al contrario, le da toda su profundidad.
El verdadero desafío va más allá de Mohamed Ziane En el fondo, el caso Mohamed Ziane es interesante precisamente porque no es necesario compartir sus posiciones para cuestionar su suerte. Se pueden encontrar algunas de sus declaraciones excesivas, no compartir sus opiniones, reprocharle su pasado político, considerar que ciertas acusaciones vertidas contra él deben ser examinadas seriamente y, al mismo tiempo, defender su derecho a un juicio justo, a una justicia independiente y a una libertad de expresión que no esté condicionada a la complacencia hacia las autoridades.
El verdadero desafío no consiste, pues, en saber si Mohamed Ziane tiene siempre razón cuando habla, sino en saber en qué condiciones un exministro puede criticar públicamente el funcionamiento del Estado sin que el ejercicio de esa palabra se convierta en sí mismo en una cuestión judicial. Cuando un hombre que ha atravesado varias décadas de la vida política marroquí, servido a las instituciones, defendido a figuras de la contestación y finalmente roto con el poder se encuentra con más de 80 años tras las rejas, su caso supera necesariamente su destino individual.
El Makhzen ante quien conoce sus códigos El término «Makhzen» debe manejarse con precaución. No corresponde a una administración única que se pueda identificar en un organigrama. En el lenguaje político marroquí, designa generalmente un conjunto más amplio de relaciones de autoridad, redes, instituciones y centros de influencia estructurados en torno a la monarquía y los grandes aparatos del Estado. Mohamed Ziane se desenvolvió en este universo durante décadas. Conoce su lenguaje y sus usos institucionales.
Es esto lo que distingue su palabra de la de un opositor externo. Cuando un militante que siempre ha combatido el sistema lo critica, su posición es esperada. Cuando un exministro, exdiputado, exdecano del colegio de abogados y exrepresentante legal del Estado empieza a cuestionar públicamente algunos de sus mecanismos, el alcance simbólico es diferente. Esto no hace automáticamente verdaderas sus afirmaciones, pero hace que sus palabras sean políticamente mucho más difíciles de banalizar.
En cualquier sistema fuertemente centralizado, el opositor tradicional es relativamente fácil de identificar. El exresponsable convertido en crítico constituye una figura diferente: conoce el lenguaje del poder, sus métodos, sus reflejos y los límites tácitos del debate público. Es tal vez precisamente este conocimiento lo que otorga a la palabra de Mohamed Ziane un alcance que la de un opositor tradicional no tendría necesariamente.
Lo que un Estado gana —o pierde— al encarcelar a un viejo adversario Queda una pregunta: ¿qué gana realmente un Estado manteniendo tras las rejas a un hombre de 83 años cuya influencia se basa principalmente en su palabra? Desde un punto de vista estrictamente judicial, la respuesta de las autoridades puede ser sencilla: una condena ejecutoria debe ser aplicada y el estatus de exministro no debe permitir escapar a ella. Es un argumento jurídicamente comprensible.
Políticamente, sin embargo, la ecuación es diferente. El encarcelamiento reduce la capacidad de Mohamed Ziane para intervenir diariamente en los medios de comunicación, pero transforma también su imagen. En libertad, podía aparecer como un exministro provocador, controvertido y a veces excesivo. Tras las rejas, a más de 80 años, adquiere para algunos la estatura de un símbolo. Cuanto más dura su encarcelamiento, más se desplaza la cuestión: ya no versa únicamente sobre lo que Ziane dijo o hizo, sino sobre la manera en que el Estado trata a un antiguo servidor convertido en crítico.
La prisión puede producir así una paradoja política. Puede hacer callar a una persona en el espacio público al tiempo que otorga mayor fuerza al símbolo que representa. Un Mohamed Ziane libre podría haber continuado dividiendo a la opinión pública, provocando polémicas y siendo contradicho a diario. Un Mohamed Ziane encarcelado se convierte progresivamente en otra cosa: la imagen de un anciano que sirvió al Estado antes de terminar su vida política en conflicto frontal con él.
Mohamed Ziane, o la memoria incómoda de un sistema Es tal vez ahí donde reside finalmente toda la singularidad de Mohamed Ziane. No es ni el héroe perfecto que algunos querrían construir, ni un simple condenado cuyo pasado político carecería de importancia. Es un personaje profundamente contradictorio de la historia política marroquí: exdiputado, abogado que representó al Estado, exresponsable de derechos humanos, líder político, defensor de figuras de la protesta, crítico de los aparatos de seguridad y, finalmente, preso.
Su trayectoria atraviesa varias décadas y dos reinados. Cuenta también algo más amplio que su propio destino: la relación entre poder y lealtad, entre justicia y crítica, entre pertenencia al sistema y ruptura con él. Ziane conoce ese mundo porque formó parte de él. Lo critica hoy con una libertad de tono que no tenía necesariamente cuando ocupaba responsabilidades públicas. Esta contradicción permanecerá unida a su historia.
En 2026, tras más de tres años tras las rejas y cuando una nueva decisión judicial ha confirmado una pena susceptible de prolongar aún más su detención, la pregunta ya no es únicamente saber quién es Mohamed Ziane o si cada una de sus acusaciones contra el poder estaba fundada. Se vuelve más amplia: ¿cómo debe tratar un Estado a un exresponsable que se convierte en uno de sus críticos más virulentos? ¿Hasta dónde puede llegar en la aplicación de la justicia sin que el encarcelamiento de este hombre termine por convertirse en sí mismo en un acto políticamente más potente que todas las palabras que pretendía contener?
A sus 83 años, Mohamed Ziane continúa así, paradójicamente, hablando sin hablar. Su encarcelamiento se ha convertido en sí mismo en un elemento del debate. Y tal vez sea esa la última paradoja de su historia: quien en su día sirvió a las instituciones podría finalmente dejar en la memoria colectiva menos la imagen del ministro que fue que la del anciano al que el poder ya no quiso escuchar.




