Si se tratara de un musical de Broadway o de un espectáculo teatral, los neones luminosos de Times Square y la calle 42 proclamarían “el viaje más complejo y peligroso de Carlos III”, que “el rey va a Washington en el momento más bajo de las relaciones bilaterales en casi un siglo”, “utilizará su encanto para intentar domar a Trump”, “corre el riesgo de ser humillado” o “su vida depende de un Servicio Secreto que ha permitido tres intentos de magnicidio”.
A los ministros y funcionarios británicos se les ha prohibido hablar de la supuesta “relación especial” porque el término es objeto de mofa ya desde la primera presidencia de Donald Trump, e incluso desde la de Obama. Se habla de “amistad y cooperación bilateral”, que es mucho menos sentimental y abierto al ridículo, y lo mismo se puede aplicar a los contactos diplomáticos entre Nepal y Bután que entre Washington y Londres.
El consenso es que la relación, especial o no, se halla en su momento más bajo desde la crisis de Suez, en la que el Reino pasó extraoficialmente el relevo de superpotencia occidental dominante a los Estados Unidos de Eisenhower. Pero con igual autoridad podría decirse que es la mayor crisis desde la guerra de independencia y desde que los colonos de Massachusetts tiraron airados el té de Darjeeling al puerto de Boston en protesta por los impuestos desmesurados de la metrópoli.
Esta vez también hay té por medio -ya sea de Darjeeling, de Assam o de Munnar-, pero sin tanto dramatismo, y es el que Donald y Melania les ofrecen esta tarde a Carlos y Camilla a su llegada a la Casa Blanca para la polémica visita oficial de cuatro días a Washington, Nueva York y Virginia. Té, y también vino espumoso italiano y canapés de salmón ahumado sobre un fondo de mantequilla.
Carlos III se pasó los días anteriores al inicio de su más delicado viaje es una especie de “colonias diplomáticas”, con un cursillo acelerado de cómo decirle las cosas a Trump, hablar en favor de la OTAN y de Ucrania, quitarle de la cabeza una invasión de Groenlandia, defender el orden internacional de la posguerra, la seguridad, la libertad, la justicia y la democracia, sin provocar su ira y que se salga por peteneras.
El momento álgido de la relación bilateral fue cuando Diana y John Travolta bailaron juntos en la Casa Blanca
Trump aprecia a Carlos y adora la monarquía (le gustaría ser rey), pero no tiene tan buena opinión del primer ministro Keir Starmer (“no es ningún Churchill”) ni del poderío militar británico (“sus barcos son de juguete y no los necesitamos”). Una salida de tono en esa línea pondría al monarca estos días en una posición difícil.
Carlos es oficialmente el jefe de Estado de Canadá, que Trump dice querer convertir en el 51 estado; es el jefe de ese Ejército que el titular de la Casa Blanca ningunea; y es la cabeza de la Iglesia de Inglaterra, y como tal se le pone la carne de gallina cuando ve a su anfitrión posando en las redes sociales como Jesucristo.
Al rey inglés no le faltan tablas, y tendrá que recurrir a ellas en sus discursos de hoy ante las dos cámaras del Congreso y en la cena de la Casa Blanca para defender los intereses del Reino Unido (entre los que figura una mayor relación con Europa) sin provocar una pataleta trumpiana. Cuando Isabel II visitó Washington en 1991, se permitió el lujo de alabar las ventajas del multiculturalismo y la integración étnica. A Bush padre le pareció muy buen, hoy no está tan claro que fuera a ser así. Los tiempos han cambiado bastante.
Como Starmer carece de crédito en la Casa Blanca, Carlos III ha recibido la misión de buscar inversiones de Estados Unidos, impulsar un acuerdo comercial, el turismo, proyectos de intercambio educativos e inversión militar, que incrementen aún más la malsana dependencia británica de su ex colonia en lo político, lo diplomático y la seguridad mientras la Bruselas busca mayor autonomía.
La misión del monarca es defender el orden internacional de la posguerra sin provocar una pataleta de Trump
Su discurso en el Congreso ha sido caracterizado como el más importante de su reinado, y de entrada ya es significativo que lo pronuncie en vez de la espantada de Jorge VI en 1939, por miedo a tartamudear. En los 250 años de independencia de Estados Unidos que se celebran con la visita, las relaciones bilaterales han tenido crisis como las de Eisenhower y Eden, Lyndon Johnson y Harold Wilson, Nixon y Heath. Y también momentos dulces, como cuando Reagan y Thatcher montaron a caballo, o Diana y Travolta bailaron en la Casa Blanca.
En el fondo sí que todo es un teatro, anunciado no en los neones de Times Square sino en los titulares de los periódicos.
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