Tachuelas, camisetas a medio romper y melenas alocadas, por un lado. Sombreros de vaquera, brillantina y purpurina, por el otro. Dos mundos opuestos, pop y rock, que se dan la mano para arrancar el Rock in Rio Lisboa 2026. Linkin Park, Katy Perry, … Charlie Puth, Sepultura y Pedro Sampaio marcaron las primeras 48 horas de música de la undécima edición del festival brasileño que llegó a la capital lusa en 2004, y que regresa un año más para ofrecer un espectáculo que va mucho más allá de la escena musical. Es un sueño. Una aspiración. Y un gran recinto en el que todo puede ocurrir, desde sobrevolar el escenario principal hasta marcar un gol para tu país, eso sí, siempre con una bella marca comercial tras cada fotografía.
Nervios a flor de piel. Una gran expectación envolvía el recinto. Uno de los grupos más importantes de la escena rock desde finales de los 90 hasta hoy regresaba al Rock in Rio. Linkin Park se subía al amable escenario llamado Mundo que acogió con cariño a cada artista que llegaba a sus tablas, y los gigantes estadounidenses no iban a ser menos. Las primeras notas de ‘The Emptiness Machine’ dieron a entender que la nueva era está más que asentada y que la llegada de Emily Armstrong a la banda en 2024 tras el fallecimiento del vocalista original, Chester Bennington, en 2017, es una realidad, por mucho que les duela a algunos puristas. Tras el potente primer golpe en la mesa, los estadounidenses se ganaron al público luso entre clásicos como ‘Somewhere I Belong’, ‘Burn It Down’ que volvió a calentar la refrescante noche, y temazos como ‘Two faced’ que representa a la perfección la marca Armstrong en la esta nueva era de la banda.
Aunque, por muy alternativos que sean estos rockeros, saben lo que el público quiere y no dejaron pasar la oportunidad de cantar algunas de sus canciones más famosas. ‘Bleed It Out’ puso a saltar, manos en alto, a las 100.000 personas que el escenario principal acoge esta edición. ‘The Catalyst’ ahondó en las penas de nuestras sociedad. Y ‘What I’ve Done’ te arrastra a los infiernos de la culpa y el arrepentimiento, pero entre acordes que te elevan a los cielos.
Con sonrisas radiantes, los fans de Linkin Park abandonaron un recinto que a lo largo del caluroso domingo estuvo marcado por grandes artistas que llevaron diversos géneros al lugar que se merecen. Unas horas antes, en ese mismo escenario, Cypress Hill amenizaba a base de hip hop americano la espera de muchos de los presentes que solo hacían tiempo hasta la llegada de los cabeza de cartel. En el escenario Music Valley, la banda brasileña de thrash metal Sepultura daba una clase maestra de cómo tiene que despedirse un referente tras más de 40 años rodando por todo el mundo. Un final épico con el sonido más duro del día y de fondo unos fuegos artificiales que marcaban el fin de una era con 60.000 personas como testigos.
Y la mejor alternativa a todos estos sonidos fue Kaiser Chiefs. La banda de indie rock británica es la mejor representación de la decadencia y la madurez del rockero que llega a sus casi 50 años vestido con vaqueros, polo y americana, que se sube por los andamios y revienta el micro contra el suelo. A pesar de ese quiero y no puedo de rebeldía mal formulada, el show de los británicos contribuyó a la causa con algunos de los pogos –eso de saltar dándose golpes unos a otros– más divertidos del día.
Katy Perry y sus poperos
Una de las señas identitarias del Rock in Rio es el cuidado por su cartel. La mayoría de los artistas no coinciden en horarios, a pesar de las inmensas dimensiones del recinto se puede llegar de un escenario a otro con mucha facilidad, aunque hay tantos puestos de marcas con juegos y regalos por el camino que las prioridades a veces flojean. Pero entre tanto entretenimiento, la música en directo ameniza las esperas. En el día más pop, el sábado, con cientos de familias disfrutando del día, niñas emocionadas y madres saturadas, la organización consiguió crear una ruta perfecta para ir de un espectáculo a otro.
Esa primera jornada, el recinto del Rock in Rio se preparaba para ver a una alocadísima Katy Perry. La estadounidense ha llevado las locuras que siempre han marcado sus espectáculos sobre el escenario a otro nivel. Coloniza junto a un grupo de astronautas, en nombre del país en el que está, con su bandera por delante, los escenarios que pisa con ‘Dark horse’ de fondo. Durante la escasamente cantada ‘I Kissed a Girl’ se lanza sobre el público en una botella gigante. Chilla mientras habla entre canción y canción, se cambia de outfit a los modelitos que llevaba en sus primeros años en el fenómeno pop y juega a rechazar las llamadas de exparejas. Pero, a pesar de todo, es Katy Perry, una ídola para las adolescentes de la década pasada. Bailar y berrear –ella la primera– temas como ‘Roar, ‘Teenage Dreams’, ‘Last Friday Night’ o ‘Firework’ se siente como volver a tener 12 años cantando en el patio del instituto. También interpretó canciones más nuevas –con una guitarra en acústico y todo–, aunque no se veía muy receptivo al público presente.
Entre los platos fuertes de la jornada estaba Charlie Puth. El consolidado cantante salía al escenario oculta tras una gorra, pero que su timidez no le impidió ofrecer un espectáculo digno de ser cabeza de cartel. Dentro de que su pop mainstream llega hasta donde puede, presentó algunas de las canciones que componen su nuevo disco ‘Whatever’s Clever!’ que, aunque explora nuevos sonidos, con termina de enganchar con el público que no sigue su carrera. Aunque como todos sus predecesores en el mundo de la música y de los festivales, cantó los temas más virales que le han llevado hasta donde está. ‘See You Again’ le lanzó al estrellato junto a Wiz Khalifa por este triste tema de ‘Fast and Furious 7’. ‘We Don’t Talk Anymore’ de 2016 junto a Selena Gómez reventó las listas radiofónicas y los chiringuitos en verano; y ‘Attention’ dos años después le resurgió de sus cenizas.
Bebe Rexha sobre el escenario Super Bock, con 35.000 personas a sus pies, mostrándose tal y como es, una señora de los pies a la cabeza, que se divierte y que consigue que sus seguidores disfruten. Un ‘win to win’ para los festivales. Pocas horas antes, en el escenario Mundo, Pedro Sampaio se convirtió en el gran descubrimiento del día para muchos de los presentes que no hablan portugues. El DJ brasileño creó un espectáculo donde muchas veces él no tenía ni que cantar, ni que pinchar la música, simplemente bailaba junto a sus compañeros de escenario, ondeaba banderas y lucía abanicos. Además, fue el culpable de uno de los momentos más divertidos del fin de semana. Toda la colina desde la que se puede ver el escenario principal bailaba al unísono el ‘CAVALINHO’, un descubrimiento al que los hispanos llegamos dos años tarde, pero que los portugueses y brasileños bailan como si de la Macarena se tratase.
Más allá de la música
Uno de los grandes males de los festivales actuales es la sobresaturación de puestos, juegos y entretenimientos. Cuando la música pasa a compartir el estrellato con decenas de minijuegos, empresas de toda categoría –desde Orbit hasta Evax– toman el control y la atención de los asistentes. Para quienes todavía tengan la oportunidad de venir a disfrutar del segundo fin de semana del festival, tendrán que decidir entre ver un partido del mundial, jugar al futbolín y hacer remates con la cabeza o ver a Rod Steward. Aunque también puede esperar unas horitas para subir a la noria perreando con Lola Indigo o sobrevolar el escenario principal con 21 Savage de fondo.
Aunque al fin y al cabo, todo queda en ver artistas para todos los gustos, todas las edades y todas las nacionalidades. Reivindicando el portugués y la hermandad de nuestro país vecino con Brasil. Una esencia que se disfruta cuando al caminar entre los asistentes, la mayoría son portugueses, o brasileños a unas malas.
Fuente:
www.abc.es



