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El análisis de ADN de excrementos de ballena revela un hallazgo inesperado que da esperanza frente al cambio climático

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Durante décadas, los científicos han contemplado con preocupación el futuro de la ballena franca austral (Eubalaena australis). La razón parecía evidente: este enorme cetáceo depende de pequeños organismos marinos, especialmente del kril, cuya distribución está cambiando a medida que aumentan las temperaturas del océano y retrocede el hielo marino en la Antártida. Si desaparecía su principal alimento, también podía hacerlo una parte importante de sus poblaciones.

Sin embargo, una investigación acaba de introducir un matiz inesperado en esa historia. Y ese matiz no procede de observaciones desde barcos ni de sofisticados dispositivos colocados sobre los animales, sino de algo mucho más prosaico: sus excrementos.

Un equipo internacional de investigadores ha utilizado técnicas de metabarcoding de ADN para analizar muestras fecales recogidas en Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda. El objetivo era responder a una pregunta muy sencilla, pero extraordinariamente importante: ¿qué comen realmente las ballenas francas australes cuando nadie las está observando?

La respuesta, publicada en la revista Molecular Ecology, resulta mucho más compleja de lo que se pensaba hasta ahora. Tal y como revela el estudio, estos gigantes del océano no dependen exclusivamente del kril ni de los copépodos —unos diminutos crustáceos fundamentales en las cadenas alimentarias marinas—, sino que incorporan un abanico mucho más amplio de presas. Esa flexibilidad alimentaria podría ofrecerles una ventaja inesperada frente a los rápidos cambios que está experimentando el océano Austral.

Lo que un excremento puede contar sobre una ballena

Puede parecer extraño que los científicos dediquen años a recoger excrementos de ballena, pero en realidad constituyen una auténtica cápsula del tiempo biológica. En ellos permanecen fragmentos del ADN de los organismos ingeridos y también miles de microorganismos que forman parte del microbioma intestinal del animal.

Para entender la importancia del hallazgo conviene explicar primero qué es el metabarcoding de ADN. Se trata de una técnica genética capaz de identificar numerosas especies diferentes a partir de pequeñas cantidades de ADN presentes en una muestra ambiental. En lugar de intentar reconocer restos visibles de alimento, los investigadores buscan las diminutas huellas genéticas que sobreviven al proceso digestivo.

Es un método comparable a reconstruir el menú completo de un restaurante únicamente analizando las migas que quedan sobre la mesa. Aunque el alimento haya desaparecido casi por completo, el ADN permite identificar qué especies estuvieron allí.

Gracias a esta herramienta, el equipo analizó 52 muestras recogidas entre 2003 y 2021 en cuatro zonas diferentes del hemisferio sur, incluyendo áreas de reproducción y una importante zona de alimentación situada frente a la costa occidental de Sudáfrica.

Rod Keogh, operador de avistamiento de ballenas en el sur de Australia, lleva cerca de diez años recogiendo excrementos de ballena para colaborar con la investigación científica
Rod Keogh, operador de avistamiento de ballenas en el sur de Australia, lleva cerca de diez años recogiendo excrementos de ballena para colaborar con la investigación científica. Foto: Universidad de Auckland

Hasta ahora se pensaba que la ballena franca austral dependía casi exclusivamente del kril, pero el análisis genético de sus excrementos revela una dieta mucho más amplia y flexible.

Una dieta mucho más amplia de lo que imaginábamos

Durante mucho tiempo, la imagen clásica de la ballena franca austral era la de un animal especializado en filtrar inmensas cantidades de kril mediante sus largas barbas.

El nuevo trabajo demuestra que esa visión resulta incompleta. Tal y como indica el estudio, los decápodos —el grupo que incluye cangrejos, gambas, langostas y otros crustáceos similares— aparecieron con mayor frecuencia que el propio kril en muchas de las muestras analizadas. Además, los investigadores detectaron otros organismos que hasta ahora apenas se habían asociado con la dieta de esta especie.

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Entre ellos aparecen camarones mantis, pequeños crustáceos conocidos como cumáceos, medusas, almejas marinas, nudibranquios e incluso otros componentes del zooplancton presentes en distintas regiones del océano.

El resultado dibuja una imagen completamente diferente. En lugar de depender exclusivamente de una o dos presas muy concretas, las ballenas parecen comportarse como alimentadoras oportunistas capaces de aprovechar aquello que encuentran disponible cuando las condiciones son favorables.

Eso no significa que el kril haya dejado de ser importante. Sigue siendo un recurso fundamental para muchas poblaciones, especialmente en las zonas antárticas. Lo que cambia es la idea de que constituya prácticamente su única fuente de alimento.

Un océano que cambia obliga a cambiar de estrategia

Comprender esta diferencia resulta esencial porque el océano Austral está experimentando transformaciones muy rápidas.

El calentamiento del agua, la reducción del hielo marino y las alteraciones en las corrientes están modificando la distribución de numerosas especies de plancton. Entre ellas se encuentra el kril antártico, considerado una pieza clave del ecosistema polar.

Numerosos animales —desde pingüinos hasta focas y grandes ballenas— dependen directa o indirectamente de este pequeño crustáceo.

Por eso, durante años, muchos investigadores temían que la disminución del kril pudiera desencadenar graves consecuencias para las ballenas francas australes.

El nuevo estudio introduce un elemento de esperanza. Si estos cetáceos son capaces de cambiar de presa cuando las condiciones lo requieren, podrían mostrar una mayor capacidad de adaptación frente a los cambios ambientales. No se trata de una garantía de supervivencia, pero sí de un mecanismo que podría amortiguar parte de los efectos del cambio climático.

Los propios autores subrayan que disponer de varias alternativas alimentarias suele aumentar la resiliencia de una especie frente a ecosistemas en transformación.

Cuanto mayor es la diversidad de presas disponibles para una especie, mayores suelen ser sus posibilidades de adaptarse a ecosistemas que cambian con rapidez.

El intestino también guarda pistas del estado del océano

El trabajo no solo estudió qué comen las ballenas. También examinó las comunidades bacterianas presentes en su aparato digestivo.

Cada animal alberga billones de microorganismos que ayudan a digerir los alimentos, producir determinadas sustancias y mantener el equilibrio del organismo. Ese conjunto recibe el nombre de microbioma intestinal.

Los investigadores descubrieron una relación muy estrecha entre el tipo de presas consumidas y la composición de esas bacterias.

De hecho, el kril apareció como uno de los factores que mejor explicaban las diferencias observadas entre los distintos microbiomas.

Esta información puede parecer muy especializada, pero tiene una enorme importancia práctica. Si la dieta cambia de forma prolongada, también cambia el microbioma. Y esas modificaciones pueden convertirse en un indicador muy útil para evaluar la salud de las poblaciones de ballenas e incluso detectar alteraciones en el propio ecosistema marino antes de que sean evidentes por otros métodos.

En cierto modo, estudiar las bacterias intestinales de estos animales equivale a observar un registro biológico de cómo evoluciona el océano.

Los excrementos de ballena tienen una textura parecida a la arcilla y pueden alcanzar un tamaño similar al de un pomelo
Los excrementos de ballena tienen una textura parecida a la arcilla y pueden alcanzar un tamaño similar al de un pomelo. Foto: Universidad de Auckland

Una recuperación que todavía plantea muchas preguntas

La historia reciente de la ballena franca austral es una de las grandes recuperaciones de la conservación marina.

Tras ser cazada intensivamente durante los siglos XIX y XX, sus poblaciones quedaron reducidas a unos pocos cientos de ejemplares. La prohibición de la caza comercial permitió una recuperación notable y actualmente se estima que existen entre 12.000 y 15.000 individuos en todo el hemisferio sur.

Sin embargo, esa recuperación no está siendo igual en todas las regiones.

En algunos lugares las poblaciones crecen lentamente, mientras que en otros comienzan a aparecer señales preocupantes. Entre ellas destaca el aumento del intervalo entre nacimientos: muchas hembras pasan ahora aproximadamente cuatro años entre una cría y la siguiente, cuando anteriormente era habitual hacerlo cada tres.

El nuevo estudio no responde todavía a esa cuestión, pero abre una línea de investigación muy prometedora.

Tal y como adelanta el equipo científico, conocer exactamente qué están comiendo las ballenas permitirá averiguar si esas nuevas presas proporcionan la energía y los nutrientes suficientes para mantener una reproducción saludable.

Porque una dieta más diversa no implica necesariamente una dieta mejor. Es posible sobrevivir utilizando alimentos alternativos sin que todos ellos ofrezcan el mismo rendimiento energético que el kril.

Resolver esa incógnita será uno de los grandes retos de las próximas investigaciones.

La composición del microbioma intestinal cambia junto con la alimentación, por lo que también puede convertirse en un indicador del estado de salud de las poblaciones.

Un descubrimiento que cambia nuestra forma de mirar a las grandes ballenas

Más allá de los detalles genéticos, este trabajo modifica una idea profundamente arraigada sobre uno de los gigantes del océano Austral.

Durante décadas imaginamos a la ballena franca austral como una especialista extremadamente dependiente de un único recurso alimenticio. Ahora sabemos que su comportamiento es bastante más flexible y sofisticado.

Ese cambio de perspectiva resulta especialmente importante en un momento en que los ecosistemas marinos están transformándose a una velocidad sin precedentes.

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Comprender cómo responden las especies a esos cambios es una de las grandes preguntas de la biología moderna. La respuesta no siempre pasa por descubrir animales completamente nuevos o fósiles espectaculares. A veces basta con observar con más atención algo tan cotidiano —y aparentemente poco atractivo— como un excremento flotando en el mar.

En su interior puede esconderse información capaz de reescribir lo que creíamos saber sobre la adaptación, la alimentación y el futuro de una de las especies más emblemáticas del planeta.

Referencias

Parikh, A., R. O’Rorke, E. L. Carroll, et al. 2026. “ DNA Metabarcoding Reveals Unexpected Predator–Prey–Microbial Dynamics in the Southern Right Whale (Eubalaena australis).” Molecular Ecology 35, no. 12: e70442. DOI: 10.1111/mec.70442


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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