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Descubren un cuarto tipo de "cáncer contagioso" en unos peces gato de Canadá

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En 2014, casi uno de cada tres peces gato del Lago Memphremagog, un extenso y profundo lago que comparten Vermont (EE. UU.) y Quebec (Canadá), presentaba unos inquietantes parches negros levantados sobre la piel. Los biólogos y pescadores llevaban dos años notificando la anomalía, y la explicación más razonable parecía ser un virus o algún contaminante industrial. Quizá el vertedero de Coventry, situado cerca de la costa sur. Quizá un patógeno ligado a la polución que asolaba esas aguas. Lo que nadie esperaba era lo que encontró un equipo de investigadores de la Universidad de Vermont tras secuenciar el ADN completo de las células de aquellas lesiones: el genoma de los tumores no era el de los peces que los portaban. Era el material genético de otros peces que ya habían tenido cáncer antes.

El hallazgo, publicado el 22 de julio de 2026 en la revista Nature, convierte al pez gato de aleta parda (Ameiurus nebulosus) en el cuarto tipo de animal del que se conoce un cáncer «clonalmente» transmisible: un tumor que no origina en el organismo que destruye, sino que llega desde fuera, como una infección, como un parásito.

«Cientos de miles de variantes genéticas son compartidas entre las muestras de tumor pero están ausentes en los peces huéspedes», subraya el estudio. Es la firma inequívoca de una transmisión horizontal de células cancerosas entre individuos.

Un tumor que actúa como parásito

Una de las cosas más asentadas en el entendimiento del cáncer es que este no se transmite, sino que se genera a partir de células del propio cuerpo. Por suerte no actúa de forma parasitaria. Al menos en la mayoría de los casos. Y es que este nuevo descubrimiento pone de manifiesto el cuarto ejemplo en el que no se cumple esta premisa dentro del mundo animal. Veamos por qué: en cualquier organismo, el sistema inmunitario está equipado para detectar y destruir células que no le pertenecen. Si una célula de otro individuo, aunque sea de la misma especie, penetra en nuestro cuerpo, la maquinaria inmune la identifica como extraña por sus marcadores de superficie y la elimina. Es el mismo mecanismo que complica los trasplantes de órganos y obliga a los receptores a tomar inmunosupresores de por vida.

Los cánceres transmisibles han encontrado la manera de burlar exactamente ese sistema. Las células tumorales que saltan de un pez a otro no son rechazadas: germinan, se multiplican y forman melanomas completos en el nuevo huésped. Cómo lo logran es una de las grandes preguntas que el equipo de Vermont está intentando responder ahora mismo.

El cáncer de los gatos se parece al cáncer humano: el hallazgo que puede cambiar la medicina

La ruta de contagio más probable tiene que ver con el comportamiento reproductivo de la especie. «Parece que solo ocurre en peces más grandes, en edad de reproducción», explicó Mark Henderson, biólogo de peces y co-líder del estudio. Durante el desove, los bagres se agrupan en aguas poco profundas con contacto físico intenso, lo que podría facilitar la transferencia directa de células tumorales. También son peces sin escamas que interactúan constantemente con el sedimento del fondo, donde podrían acumularse células cancerosas flotantes. El arsénico natural, presente en concentraciones elevadas en el noreste de Nueva Inglaterra, podría debilitar el sistema inmune de los peces, dejándolos más vulnerables a la colonización.

Los otros casos: una familia pequeña, pero creciente

La biología conoce apenas unos pocos precedentes de este fenómeno. Son tan escasos que hasta hace poco se consideraba una rareza evolutiva casi imposible de repetir. Ahora, el pez gato demuestra que quizá simplemente no estábamos buscando bien.

Infografía de animales con cáncer transmisible
Composición científica que muestra cuatro animales afectados por cánceres transmisibles: diablo de Tasmania, perro, bivalvo y pez gato. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.

El caso más conocido, y el más devastador, es el del diablo de Tasmania (Sarcophilus harrisii). Desde mediados de los años noventa, este marsupial carnívoro está siendo diezmado por el DFTD (Enfermedad del Tumor Facial del Diablo, por sus siglas en inglés). Las células tumorales se transmiten por mordeduras, un comportamiento común durante las peleas territoriales y el apareamiento. El resultado es un tumor facial que crece sin control, dificulta la alimentación y mata al animal en pocos meses. En algunas poblaciones, ha eliminado al 90% de los individuos. Lo especialmente ominoso es que el tumor ha desarrollado mecanismos para pasar desapercibido ante el sistema inmunológico del receptor, reduciendo la expresión de las proteínas que lo identificarían como ajeno.

El DFTD lleva casi tres décadas borrando del mapa a una de las pocas especies de marsupiales carnívoros que le quedan al planeta. Pero el diablo de Tasmania no está solo en su desgracia.

En el extremo opuesto del espectro letal está el tumor venéreo transmisible canino (CTVT, del inglés Canine Transmissible Venereal Tumor). Presente en perros de todo el mundo y transmitido principalmente por contacto sexual, es el linaje canceroso más antiguo conocido: tiene entre 6.000 y 11.000 años de historia ininterrumpida, convertido en una forma de vida parásita dentro de la especie. La diferencia clave con el diablo de Tasmania es que el CTVT coexiste con sus huéspedes. El tumor aparece en genitales y mucosas, puede crecer durante meses, pero en la mayoría de los casos el sistema inmune del perro acaba reconociéndolo y eliminándolo espontáneamente. Cuando no lo hace, responde bien a quimioterapia. Es, en términos relativos, un parásito benigno que ha aprendido a no matar a su hospedador.

El tercer grupo lo forman los bivalvos marinos, como almejas, mejillones y berberechos, afectados por formas de leucemia transmisible que viajan disueltas en el agua del mar. A diferencia de los casos anteriores, en los moluscos el tumor no necesita contacto físico directo: las células cancerosas se liberan al medio acuático y colonizan nuevos individuos a través del agua. Esto convierte a los lechos marinos en escenarios donde los brotes pueden ser rápidos y masivos, con mortalidades significativas en zonas concretas.

Lo que une y lo que separa a estos cánceres

Estos cuatro tipos de cáncer transmisible comparten una característica fundamental: las células tumorales han adquirido la capacidad de sobrevivir fuera del organismo original y de colonizar nuevos huéspedes. En todos los casos, el tumor es genéticamente casi idéntico entre distintos individuos, lo que confirma su origen clonal en un único fundador ancestral que en algún momento dio el salto entre individuos y estableció un linaje independiente.

Pero las diferencias son tan reveladoras como las similitudes. El DFTD del diablo de Tasmania depende de la violencia directa del contacto; el CTVT del perro, de la reproducción; los bivalvos, del agua como vector; y el melanoma del pez gato, de una combinación de comportamiento de desove, contacto con sedimentos y posiblemente un sistema inmune comprometido por contaminantes ambientales. Cada caso es una solución evolutiva distinta al mismo problema: cómo persistir más allá del cuerpo que te creó.

Las proteínas intrínsecamente desordenadas carecen de forma fija, lo que las ha convertido en objetivos imposibles para la farmacología convencional. Foto: Nano Banana o ChatGPT / Scruzcampillo.

Un «salto de un millón de veces» en el laboratorio abre la puerta a fármacos contra las proteínas del cáncer que la medicina llevaba décadas sin poder tocar

La otra diferencia importante es el impacto ecológico. El diablo de Tasmania está al borde del colapso en muchas de sus poblaciones. Los peces del Lago Memphremagog con melanoma avanzado, en cambio, pueden sobrevivir años con el tumor, y el efecto a largo plazo sobre la población de bagres sigue siendo desconocido. Esto acerca el nuevo cáncer al modelo canino: quizá parásito, quizá devastador, aún por determinar.

¿Cuántos más hay que no hemos visto?

La pregunta que más inquieta a los investigadores no es el qué, sino el cuánto. Julie Dragon, científica del Centro de Cáncer de la Universidad de Vermont y co-líder del estudio, es directa al respecto: «Nuestra hipótesis es que quizá no sea tan raro como todo el mundo cree. Simplemente no estamos mirando».

El equipo ya ha encontrado el mismo tipo de lesiones en varios lagos y estanques de Vermont, New Hampshire, Maine y New Brunswick, muchos de ellos con agua pristina y sin ninguna proximidad a vertederos o focos de contaminación. La distribución parece correlacionarse con los niveles de arsénico natural del suelo circundante, un carcinógeno que podría actuar como facilitador aunque no como causa. La primera descripción conocida de este cáncer podría ser del propio Henry David Thoreau, que en 1852 anotó en su diario haber observado un bagre con «una gran mancha negro aterciopelado» en el río Concord. Lo que el escritor consideró una enfermedad curiosa podría ser el primer registro histórico de un cáncer transmisible que lleva casi dos siglos entre nosotros sin que nadie supiera lo que era.

«Estudiando cómo los cánceres sobreviven y se propagan fuera de su huésped original, podemos aprender mucho sobre qué los contiene y qué ocurre cuando esas barreras se rompen», afirma Dragon.

Esa pregunta, la de las barreras, es quizás la más urgente que abre este hallazgo. En oncología humana, la metástasis es el proceso por el que las células cancerosas viajan a otros órganos del mismo cuerpo. Lo que está ocurriendo en el Lago Memphremagog es una metástasis entre individuos distintos, una versión extrema de lo mismo que mata a millones de personas al año. Comprender cómo el tumor del pez gato cruza la frontera entre organismos no tiene aplicación clínica inmediata, pero sí podría iluminar los mecanismos fundamentales que, en circunstancias ordinarias, mantienen al cáncer encerrado donde nació.

El siguiente paso del equipo es explorar los ríos y estanques de Massachusetts, el estado donde Thoreau vivió y escribió, para rastrear el origen geográfico del linaje tumoral. Si el cáncer lleva allí desde el siglo XIX, el árbol genealógico de ese tumor podría ser el más largo jamás documentado en una especie de agua dulce. Y cada rama de ese árbol es una respuesta posible a la pregunta que todos los oncólogos, en el fondo, se hacen: ¿cómo aprende el cáncer a no morir?

Referencias

Dragon, J. et al. (2026). Brown bullhead catfish melanoma represents a novel transmissible cancer. Nature. DOI: 10.1038/s41586-026-10828-6


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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