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La política de Donald Trump no se entiende bien a no ser que se contemple como una sucesión de errores. Tiene más sentido verla como un método basado en la exageración inicial, una tensión calculada y una rectificación posterior que en ningún momento parezca un fracaso sino solo una parte del proceso.
Un ejemplo lo tenemos en el reciente episodio de Groenlandia, un desbaratado juego que durante pocos días Trump manejó como si fuera una operación inmobiliaria global, un juego ante el que, por pura lógica, la reacción internacional fue inmediata dando como resultado que la disparatada idea terminara por desvanecerse, aunque sin impedir que el objetivo —ocupar el foco, desplazar la conversación y marcar terreno— dejara de cumplirse, pues importaba más el impacto que el desenlace.
En el mundo real donde Trump juega a ser Dios, el coste existe y se mide en credibilidad, en confianza y también en estabilidad
Un segundo ejemplo se focaliza en la política arancelaria, una estrategia trumpiana basada en anunciar medidas extremas —casi punitivas— que prometían blindar la economía nacional y redefinir el equilibrio global. Todo en base a un sueño propio de una mente enajenada que trascendió a los tribunales, los mercados, los aliados incómodos… que finalmente echó marcha atrás a expensas de ajustes, excepciones y aplazamientos que lejos de interpretar esas correcciones como un retroceso, se hizo lo imposible para que todo pareciera una parte del guion.
Vayamos ahora al tercer ejemplo, focalizado esta vez en China y siguiendo la misma lógica pendular de las escaladas arancelarias, hasta llegar a unos niveles difícilmente sostenibles, seguidos de treguas parciales una vez que el coste empezaba a ser tangible.
Y ya como final de este cuarteto de despropósitos, el último episodio de esta peculiar saga alcanza su punto álgido con el enfadado de porqué España y el Reino Unido no han secundado el pulso contra Irán, motivo por el que Trump ha hecho uso de su recurso favorito —amenazas grandilocuentes y presión pública— como si la geopolítica fuera un reality show y su mejor puesta en escena se sustentara en la fuerza bruta de un enajenado.
Este es pues el singular método en el que cada episodio supera al anterior y se repite con variaciones mínimas, primero con un anuncio grandilocuente, a continuación, consecuencias imprevistas, luego corrección parcial, y al final, tras una breve tregua de calma, vuelta de nuevo a empezar como si la política internacional fuera un tablero donde se puede reiniciar la partida cuantas veces se desee sin coste acumulado.
Aunque, sin embargo, en el mundo real donde Trump juega a ser Dios, el coste existe y se mide en credibilidad, en confianza y también en estabilidad. Porque en un mundo interdependiente, las amenazas reiteradas pierden eficacia, las rectificaciones constantes erosionan la autoridad y los aliados acaban interpretando los gestos no como estrategia sino como ruido. Y quizá la paradoja sea eso y consista en un estilo diseñado para proyectar una fortaleza que puede acabar revelando todo lo contrario, porque gobernar a golpe de impacto puede dominar el presente pero rara vez construye un futuro reconocible y, sobre todo, propicia la incómoda sensación de que no hay dirección sino solo inercia con altavoces.
Fuente:
www.nuevatribuna.es



