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Aleix Sales | @Aleix_Sales
Este 2026 la cosa iba de números redondos. Por un lado, la entrada en los dígitos del BCN Film Fest que, en su décima edición, ya se ha establecido como una cita de referencia cinéfila en Barcelona, gracias a su capacidad para atraer a todo tipo de figuras del séptimo arte y la televisión para presentar sus últimos proyectos o rememorar parte de su legado, como hizo uno de los premios de honor de este año, José Luis Garci. Por otro, el centenario de la casa principal del festival: unos cines Verdi, en pleno corazón de Gràcia, que sumaban ya un tercer dígito en su historia con toda la vitalidad posible, al registrar llenos en varias sesiones y con vistas a una ampliación de sus instalaciones con dos salas más -con las que esperemos que el BCN Film Fest pueda engrandecer su nutrida selección anual-. El festival no fue ajeno a la efeméride y vehículo su retrospectiva anual en una celebración de grandes títulos a nivel mundial que han pasado por sus salas, desde la primera proyección con Los náufragos del destino (Chalux, 1921, pero estrenada en 1926), hasta la Roma de Alfonso Cuarón (2018) -siendo una de las pocas pantallas del país que la proyectó-, culminando con un pase de La vida es Verdi (Berta García Lacht, 2026), documental que repasa los 100 años de este lugar imprescindible en el barrio y la memoria colectiva de la ciudad.
Alzando un nombre clave del cine europeo mientras las voces cantan
Madres solteras nórdicas y otros debuts
El Reino Unido más sombrío
El puesto del cine español
Alzando un nombre clave del cine europeo mientras las voces cantan
En cuanto al palmarés, los jurados supieron recompensar lo verdaderamente más destacable de la competición, coronando debidamente mediante el premio gordo a la Mejor Película a Fatih Akin -una de las más sonadas presencias de la edición- con La isla de Amrum, su crónica en el paraje homónimo al norte de Alemania durante los últimos días de la II Guerra Mundial. Maravillosamente fotografiada por Karl Walter Lindenlaub, donde la naturalidad del paisaje es sustancialmente potenciada, el renombrado cineasta turcoalemán filma un coming-of-age en tiempos convulsos sin mucha sorpresa dramática, pero narrada con una cierta sutileza con la que evitar la literalidad y el subrayado. Una propuesta algo fría, aunque robusta, resultando en una de las opciones más sólidas y justamente premiables de la selección oficial. Su joven protagonista, Jasper Billerbeck, se llevó una mención interpretativa del jurado al cargar con determinación y naturalidad buena parte del peso del film. Una distinción que compartió junto a otra joven encarnando el personaje principal de su película, la checa Katerina Falbrová en Las chicas de Praga. La cinta de Ondrej Provaznik cuenta los esfuerzos de una adolescente para sobresalir en un coro de chicas a finales de la década de los 90, suponiendo otro título de iniciación en medio de la oscuridad de los adultos. Una correcta y delicada propuesta que, sin embargo, se estanca demasiado deliberadamente para cocer el fuego de un desenlace crudo y previsible, aunque atropellado y que merecía unas consecuencias más profundas.
Las chicas de Praga no ha sido la única propuesta que ha tomado un coro como escenario. El británico Nicholas Hytner vuelve a los cánones de la feel-good movie inglesa en The choral. En el marco de la I Guerra Mundial, un doctor interpretado por el siempre infalible Ralph Fiennes, debe reconfigurar el coro de un pueblo, cuya buena parte de integrantes ha desaparecido a causa del conflicto bélico. A pesar de que los ingleses son magistrales a la hora de componer historias de vocación popular escritas con hondura, al film le falta chispa por todos los lados, lejos de propuestas recientes que reafirman su condición, dejando en el reparto y un cumplidor Fiennes como su mayor atractivo. En el espectro musical, está también Primavera, acerca de la relación alumna-maestro entre una joven virtuosa violinista y Antonio Vivaldi en la Venecia del siglo XVII, que reportó el premio a mejor dirección a Damiano Michieletto, así como el de mejor montaje.
Curiosamente, el premio a mejor música no fue para una película que se focalizara en este arte, sino para una que tenía la literatura en su centro: Por qué no escribo nada. Un documental de Isabel Fernández que repasa la vida de una escritora referente (y paulatinamente silenciada) como Carmen Laforet, 80 años después de ganar el Premio Nadal por su ópera prima, Nada (1944). Mezclando material de archivo y algunas recreaciones interpretadas por la actriz Mónica López -canaria posteriormente arraigada a Barcelona, como Laforet-, la película vehicula su discurso a través de diarios y correspondencia de la autora, con lo cual se compone una obra íntima y personal que comprende la biografía y trayectoria de la autora escapando del formato wikipedil y de una narración resaltada. Si bien se pasa de poética y posee una coda final en formato de pequeña tertulia de escritoras contemporáneas que resiente la belleza y sugestión del conjunto, Por qué no escribo nada se ha manifestado como una de las gratas sorpresas de la edición.
En cuanto al resto de galardonados, el célebre galo Reda Kateb fue distinguido como mejor actor por encarnar al “Cézanne de la falsificación” en La copia perfecta, de un habitual de las historias de época como Jean-Paul Salomé. El mejor cortometraje fue para Hi ha un forat a terra de Harper, mientras que Nausicaa Serra se llevó la mención por Dissección de una incoherència en crisi.
Madres solteras nórdicas y otros debuts
Akin se llevó el oro del jurado, pero la debutante noruega Janicke Askevold fue el premio de la crítica por Solomamma, yéndose de la Ciudad Condal como la más premiada al llevarse el trofeo a mejor guion, para la misma Askevold, Jorgen Faeroy Flasnes y Mads Stegger, y el de mejor actriz para Lisa Loven Kongsli. Indiscutibles reconocimientos a uno de los mejores títulos a concurso (sino el mejor), Askevold firma una película con la mezcla de simpatía y agudeza de Dag Johan Haugerud en la que sigue a una madre soltera que, viendo que la crianza y relación con su hijo resulta más complicada de lo que esperaba, da con la identidad del donante de esperma y lo conoce con el fin de indagar más de su vida para comprobar si hay algo de él en su hijo. Sentida y divertida por momentos, pone sobre la mesa cuestiones bien palpables en la maternidad moderna evitando todo dogmatismo y cliché, beneficiándose, además, de la deliciosa dupla protagonista que componen Kongsli y Herbert Nordrum.
Otra de las primeras obras que pasaron por las salas de los Verdi fue You found me, comedia romántica sobrenatural francesa en la que una cuarentona desafortunada en el amor que puede ver a los muertos conoce a un hombre que no sabe que lo está. Más allá de su ocurrente premisa y algún momento inspirado, al guion de Jean-Toussaint Bernard y la propia Vial le falta gracia e inconformismo. Por su parte, Eric Lin debuta en un film que podría formar parte de l’Americana, el festival de cine americano independiente de Barcelona: Rosemead. Basada en hechos reales, la película explora los problemas de incomunicación y una relación maternofilial llevada al extremo entre una progenitora enferma y un hijo con obsesiones turbias, materializado en una cinta sobria y con bastantes aspectos formales comunes en el indie americano, reforzados por una Lucy Liu en un registro distinto al habitual, también productora ejecutiva.
El Reino Unido más sombrío
En contraste con la amabilidad de The choral, pasaron por los Verdi un par de títulos que plasman versiones más oscuras de Gran Bretaña. Estaba Wasteman, estimable primer largometraje de Cal McMau. Drama carcelario de convivencia entre dos presos antagónicos (solventes David Jonsson y Tom Blyth), rodado de manera vibrante, sin concesiones, pero equilibradamente. El descubrimiento de una nueva voz con muchas capacidades. Asimismo, el polaco Jan Komasa –autor de Corpus Christi (2019)-, incurre en su primer trabajo en inglés con Good Boy, sobre una familia que se toma la justicia por su cuenta en vistas a hacer el bien, secuestrando a un hooligan en su casa y atándolo en el sótano a una correa para reeducarlo. La película observa la interesante evolución y moralmente ambigua relación entre ellos, aunque peca de algunas incoherencias que restan credibilidad a su poderosa idea. Se beneficia, aun así, de la labor de su reparto, especialmente de Anson Boon y el superdotado Stephen Graham.
El puesto del cine español
Como cada año, el BCN Film Fest sirve como escaparate de varias propuestas que formarán parte de la temporada anual del cine español. Algunas de ellas procedentes del Festival de Málaga como Corredora, primera obra de Laura García Alonso que explora la obsesión por el triunfo de una atleta de élite tras sufrir un brote psicótico. Filmada con dinamismo y desde una perspectiva poco explorada acerca de la búsqueda de la perfección y las exigencias del deporte de alto rendimiento, la sofocante película se ha erigido como una de las grandes sensaciones del festival, en la que se ha podido disfrutar del enorme talento de Alba Sáez para plasmar un personaje principal muy complejo con todos los matices, sorteando la exageración. En la sección dedicada al humor, Arantxa Echevarría exhibía Cada día nace un listo, su nueva película tras el abrumador éxito de La infiltrada (2024). Perteneciendo a la rama de filmes de encargo de la directora, una comedia negra de enredos claramente deudora de Guy Ritchie ubicada en el País Vasco que, no obstante, fracasa en su voluntad cómica a causa del descuido de un guion fallidamente planteado, deviniendo un vodevil cargante.
Dentro de las decepciones de la sección oficial está también Todo lo que no vemos, primera aventura en España del venezolano Alberto Arvelo. Una road-movie que parte de un encuentro casual entre dos mujeres, una de ellas huyendo de un desdichado pasado para reencontrarse consigo misma. Un film que se cree más profundo de lo que es y que se nutre malamente de todos los estereotipos de un cine de autor de personajes y tono contemplativo. Construido desde la superficialidad y la obviedad, ni Bruna Cusí ni María Valverde salvan el asunto. El anfitrión fue la razón para traer a la alfombra roja el nombre más grande e internacional de la edición: Willem Dafoe, quien hizo gala de su simpatía y cercanía con los medios y el público al recibir otro premio honorífico. Dafoe protagonizaba la nueva cinta de Miguel Ángel Jiménez, que ya pasó por Barcelona en 2020 con Una ventana al mar, un drama con tintes satíricos también ambientado en una isla griega, esta vez en la década de los años 70, donde el actor norteamericano es un magnate heleno que organiza la fiesta de 25 años de su hija. Con una base prometedora adaptando una novela de Panos Karnezis, Jiménez constituye un desperdiciado eat the rich que pierde constantemente el foco de sus personajes y deja espacio a varias actitudes incomprensibles. Adolece de lo peor que le puede pasar a este tipo de propuestas, que es quedarse en una tierra de nadie, sin ser ni un drama absorbente e intenso, pero tampoco una propuesta juguetona que abrace el camp.
En medio de las jornadas primaverales apacibles que acompañaron el festival, se pudo ver el último film de otra figura europea consolidada europea como Pietro Marcello. Desde Venecia llegaba Eleonora Duse, la divina, biopic de una las mayores actrices italianas, sino la más grande, de finales del siglo XIX, poniendo el foco en su tramo final de decadencia en la que, en pleno auge del fascismo, ella intentó volver a la primera fila. Valeria Bruni Tedeschi, sirviéndose de sus recursos habituales, da entidad a la diva italiana en una película con la sensorialidad, el preciosismo y poder visual de su cineasta, incorporando algunos materiales de archivo, pero culminando en una mezcla más pesada y arrítmica que otras veces, reiterándose en ciertos aspectos.
Clausurando con la simpática Asesinato en la 3ª planta de Rémi Bezançon, investigación criminal protagonizada por los carismáticos Gilles Lellouche y Laetitia Casta, el BCN Film Fest puso fin a una edición de números redondos, cine de toda índole y sol radiante en unos presentes años veinte no demasiado felices.
Fuente:
www.nuevatribuna.es



