Envejecer también consiste en que cada vez suena más a menudo el teléfono y alguien te pregunta: “¿Sabes quién ha muerto?“. Puede tratarse de un amigo de la infancia, de aquel primer amor que ya habías olvidado, de un camarada al que te unía el tiempo feliz de la lucha por la libertad. Esta vez la voz por el teléfono me ha hecho saber que la vida se ha llevado a mi amigo el poeta y biólogo Tono Fornes hacia esa región de donde nadie regresa para decirte que en el cielo también hay anchoas. Volveré al mar este verano y Tono ya no estará esperando en el pantalán con el motor de su velero en marcha, con todos los aparejos dispuestos para zarpar. Se habrá llevado con el viento en las velas las canciones de Nana Mouskouri que sonaban en el silencio de alta mar mientras navegábamos esperando a que se avistara el cabo de la Nao por el filo del acantilado que era el momento en que comenzaba a trabajar el curricán. En realidad, más que a pescar el hipotético atún o el esquivo pez limón, salíamos cada mañana a capturar el milagro del amanecer. Tengo entendido que uno será siempre joven mientras nunca deje de sorprenderse ante la salida del sol, como si fuera la primera y última vez cada mañana. Tono había sido pareja de Pepa, la mítica librera de Ambra que hace ya unos años que se fue al estanque dorado donde permanece sumergida en mi memoria. Con ellos se han ido los momentos de placer de tantos felices veranos, tantas historias contadas en las sobremesas bajo el sonido de chicharras. Todo en nuestra amistad fue sencillo, natural y alegre. Salíamos a la mar entre dos luces cuando los chavales aún seguían bailando como caballos insomnes en las discotecas. La mar estaba desierta a esa hora. “¿Qué rumbo tomamos hoy?”, preguntaba Tono. “Hacia la isla del tesoro, como siempre”, decía yo. Navegar el Mediterráneo solo era un proyecto mental. Sabíamos que cada ola venía desde el fondo de la historia y te permitía imaginar que la isla del tesoro se hallaba detrás de la escollera.
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elpais.com



