La posverdad nos ha instalado en el escepticismo: ya apenas nos creemos los discursos políticos porque sospechamos que son puro relato, un escaparate diseñado para disfrazar intereses o racionalizar posiciones políticas. Sin embargo, ante la imposibilidad de vivir al margen de ese mundo y no paralizarnos ante tanta complejidad, muchos renuncian a buscar la verdad y terminan refugiándose en la trinchera política con la que sienten más afinidad. Optan por un atajo cognitivo: en lugar de evaluar los hechos, se adscriben ciegamente a las narrativas del bando con el que comparten una mayor identificación emocional. Si es que, en efecto, nos sentimos asociados a algún bando de forma casi existencial. Si este no el caso, si carecemos de trinchera, quedamos excluidos de ese reparto de racionalizaciones. O sea, sospechamos de todas ellas y nos vemos obligados a elaborar, con todos sus costes, un juicio político propio. Creo que ahí es donde algunos estamos.
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Fuente:
elpais.com



