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Jonathan Coe escribe para detener el tiempo

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Narrativa | JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS | @ibanezsalas

Cada vez que leo al genial escritor británico Jonathan Coe tengo más seguro que, si no es mi autor favorito de todos los tiempos, por ahí le anda. Su decimoquinta novela se titula Las pruebas de mi inocencia, apareció en 2024 (con su título original: The proof of my innocence) y fue traducida dos años después espléndidamente a mi idioma por Javier Lacruz. Es, cómo no, maravillosa, un gozo literario de primer nivel: divertida, atractiva, instructiva… ¿Qué más se le puede pedir al arte literario?

Las pruebas de mi inocencia comienza como si fuera una novela negra porque quiere serlo (al fin y al cabo, “un asesinato es algo profundamente enraizado en la cultura inglesa”), ese es parte del juego de Coe, que lo sea, pero acaba siendo una sátira (espléndida), una vez más, sobre la sociedad británica de los últimos años, noqueada cada vez más por la caverna reaccionaria disfrazada de neoliberalismo, una novela social de primerísimo nivel.

“La detective enseguida distinguió a su sospechoso en medio de la multitud de la estación de Paddington, a pesar de que era una ajetreada mañana de martes y el vestíbulo estaba abarrotado de pasajeros. Observó cómo aquella figura furtiva y escurridiza se abría camino hacia el andén número 5 y cogía un tren a Worcester”.

Una novela donde lo metaliterario fluye en sus páginas con una enorme sensibilidad artística. Y sí, sale a pasear lo de la autoficción.

         “Estaba pensando en escribir un libro. 

Pero ¿qué clase de libro? ¿Una novela? ¿Unas memorias? ¿Algo en la frontera de ambas cosas? No sabía. Phyl nunca había escrito nada, a pesar de que era una lectora insaciable. Lo único que sabía era que, desde que había vuelto de la universidad (no, desde antes: se había dado cuenta en aquellas pocas semanas indolentes tras los exámenes finales), tenía un impulso creciente, una necesidad (y no estaba exagerando nada) de crear, de escribir palabras en una pantalla, de intentar darle forma a algo lleno de sentido a partir del aburrido bloque de mármol que constituía su inane y amorfa experiencia. 

No sabía lo que podría ser”. 

Hay en ella, de paso, una reflexión sobre la literatura contemporánea británica, por donde desfilan McEwan, Martin Amis y el propio Coe (disfrazado de un incipiente escritor llamado Thomas Cope, a quien sus amigos universitarios le llaman Thommy), también Rushdie o Barnes.

«La novela de Coe no deja de retratar a una serie de personas que constituyen “la gente más peligrosa del mundo”

Y dominándolo todo, como quien no quiere la cosa, suena algo, “una antigua canción folclórica inglesa (o quizás escocesa, o a lo mejor de la zona fronteriza entre los dos países) titulada Lord Randall”.

Pero no olvidemos que el horror auténtico al que quiere acercarnos la novela no es sino que existan seres humanos cuyas tesis consisten en decir que “se habían exagerado los peligros de la pandemia del covid de 2020, que el confinamiento había supuesto un golpe inaceptable para la economía inglesa, y que todo aquel asunto se podría haber evitado si la gente hubiese sido un poco menos quisquillosa con respecto a la muerte de miles de pensionistas que habrían muerto de igual manera unos meses después”; que “el problema de la sociedad británica, lo que la estaba paralizando y retrasando de verdad, era el progresismo”, entendiendo que lo progre era…

“La BBC era progre. No cabía la menor duda. La Iglesia de Inglaterra era progre. Eso estaba clarísimo. La judicatura era progre. No había ni que decirlo. Prácticamente toda la prensa era progre, casi todos los medios digitales también, y obviamente (de hecho, resultaba demasiado evidente para que hiciera falta comentarlo) todo el mundo académico era profunda, terrible, irremediablemente progre. Pagar el canon televisivo era progre. Vacunarse era progre. Querer volver a unirse a la Unión Europea era progre. Poner tu basura en contenedores de diferentes colores era progre. Salvar el planeta era progre. Dar dinero a los sintecho, acoger a los inmigrantes y querer pagar a los sanitarios un sueldo decente era todo progre. Arrodillarse para protestar era progre, coger el tren era progre (sobre todo cuando la alternativa consistía en viajar en avión), comer verdura era progre, comprar aguacates era progre, y leer novelas era progre. […] Dejarse aconsejar por expertos era progre. Creer en la ciencia era progre. […] Trabajar desde casa era increíblemente progre, tal vez lo más progre que podías hacer”.

La novela de Coe no deja de retratar a una serie de personas que constituyen “la gente más peligrosa del mundo”, que no es otra que “la que sabe exactamente lo que quiere y está decidida a conseguirlo”. Ese tipo de gente que lo que propone, y trata de imponer (diríase que toda costa), es “una sociedad basada enteramente en el principio de la supervivencia del más fuerte”, dado que, según ellos, el que es pobre lo es porque es tonto al no ser capaz de aprovechar las oportunidades que una sociedad librereparte por igual a todos. Gente que considera que cuanto hay que saber en la vida es cómo conseguir dinero… y cómo conservarlo.

“Le echas mano a todo el dinero de otra gente que puedas y te arriesgas con él, especulas”.

Y, por supuesto, bajo ningún concepto, entregando nada a, gobierno “para que pueda derrocharlo”.

Como Coe está siempre al loro, en esta maravillosa novela no puede faltar, y no falta, la guerra esa entre generaciones que alguien ha creado o facilitado para que no se hable de lo que de verdad importa: la creación de riqueza y su redistribución.

“En un mundo donde todos los esfuerzos por contar la verdad con palabras o imágenes están contaminados y en peligro, la ficción tiene algo único. Algo auténtico, algo de lo que te puedes fiar”.

Por cierto, ¿te acuerdas de quién fue Liz Truss?

Las pruebas de mi inocencia. Jonattan Coe. Anagragama. Barcelona, 2026. COMPRA ONLINE

JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALASEditor, escritor y crítico literario.
JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALASEditor, escritor y crítico literario

Fuente:

www.nuevatribuna.es

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