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Uno de los fines que persigue Mammón, apoyado por su sacerdocio político, mediático o institucional, es la extensión de la desconfianza hacia el Estado. Pero no por sus deficiencias democráticas, sus rigideces burocráticas o su insuficiente aportación a la justicia socioeconómica. Lo que se busca, aunque se tenga buen cuidado de mantenerlo en secreto, es gripar su funcionamiento, impedir que ponga límites a los abusos y la arbitrariedad de los poderes económicos. La meta es manipularlo, moldearlo, jibarizarlo y, en último término, transformarlo en un adorno inútil, ya que las decisiones relevantes se tomarían fuera de él. En esta nueva etapa de acumulación acelerada de capital, las élites han decretado que una clase media amplia es un lujo que no quieren permitirse. Durante décadas los empleos fijos, los buenos salarios y el acceso al consumo operaron a modo de estabilizadores automáticos de la maquinaria. Pero la clase media ha periclitado, tanto material como ideológicamente. La demolición del Estado de Bienestar ha comenzado.
La cultura del esfuerzo es un bluff. Y sin embargo, conserva su atractivo incluso entre los desheredados
A pesar de que el riesgo de conflicto social está ahí, ya hay preparadas estrategias para conjurarlo. Si antes la crème se aseguraba el dominio a base de confort, real o soñado, ahora lo hace mediante el condicionamiento mental, el hipnotismo colectivo. En su afán de reforzar la domesticación, el Tinglado echa mano de las herramientas más sofisticadas: biopoder, tecnomisticismo, psicopolítica. Ha logrado canalizar en su provecho el resentimiento de una clase media frustrada en sus aspiraciones, bien de llegar a serlo, bien de ejercer como tal. En un país tras otro, está imponiendo su programa máximo en el campo electoral: que las dos fuerzas políticas decisivas sean la derecha conservadora y neoliberal, y la extrema derecha reaccionaria y neoliberal. A veces le será útil una coalición entre ambas, que se diferencian tan solo, si acaso, en los modos. En otras ocasiones, se servirá del miedo a la segunda para afianzar la hegemonía de la primera. Esa situación política le allanaría la consecución de su gran objetivo. Pues una economía extractiva y depredadora al estilo de la practicada por las élites únicamente puede mantenerse a través de la liquidación total a medio e incluso corto plazo del estado de bienestar. El sueño húmedo de Trilaterales, clubes Bilderberg y demás agrupaciones de gentes de bien, como Dios manda y peligrosamente forradas, es bailar sobre su tumba. Por eso es esencial reivindicar, por activa y por pasiva, una y otra vez, el Estado social, la necesidad de lo público y una fiscalidad redistributiva.
La precariedad es el fantasma que recorre hoy todos los sectores económicos, públicos y privados. No se trata de un acto gratuito. Permite al Capital dominar sin mayor dificultad al mantener a los trabajadores constantemente al borde del abismo, con la espada de Damocles del paro sobre su cabeza. Transformando el porvenir en un oscuro túnel sin atisbo de luz al final, hurta al individuo la confianza en sus capacidades y, por ende, lo priva no ya de la libertad de elegir, sino de la misma esperanza.
La leyenda urbana de que el éxito y el triunfo son el corolario lógico y necesario del tesón, el valor y el sacrificio ya no cuela. Los mecanismos cuantitativos y cualitativos para asegurárselos no se encuentran al alcance del común de los mortales. Las opciones de acceso a la cumbre están íntimamente relacionadas con la clase social de procedencia. La cultura del esfuerzo es un bluff. Y sin embargo, conserva su atractivo incluso entre los desheredados. Es uno más de los espejismos con los que se entretiene a los prisioneros de la caverna. Atenazados por el miedo, la ignorancia y la impotencia, se resignan a su suerte ante la sonrisa hipócrita de unas élites que han logrado alejar de sus mentes la urgencia de cambios estructurales profundos.
Pero la humillación permanente genera un malestar que exige ser canalizado. Y ahí hacen su aparición los profetas del odio. Esta peligrosa fe tiene la misión de calmar el sentimiento de debilidad y frustración, enmascarando el propio sufrimiento. Es el nuevo opio del pueblo. Individuos y colectivos se convierten en dianas ideales de la violencia verbal o física. Rizando el rizo, el Sistema señala a cualquiera que cuestione sus planes y métodos como objeto de menosprecio y aversión de las masas. Los desposeídos se revuelven con furia contra quienes protestan por la injusticia de esa desposesión.
La cólera de los imbéciles llena el mundo. Vuestro profundo error es creer que la estupidez es inofensiva […] pero una vez en movimiento, puede con todo. Ninguno de vosotros ignora de lo que es capaz el odio paciente […] y sembráis el grano en los cuatro puntos cardinales (Bernanos: Los grandes cementerios bajo la luna).
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www.nuevatribuna.es





