Esa mañana me había bañado recién frente a la Isola Bella, el diminuto y fascinante istmo que ya hipnotizó al fotógrafo alemán Wilhelm von Gloeden en el siglo XIX. Él contribuyó con sus placas de vidrio al álbum de imágenes románticas que hicieron de Taormina un oscuro objeto de deseo turístico: conocido por sus desnudos de jóvenes pueblerinos que posan frente a ruinas arqueológicas, fue quien invitó a Oscar Wilde a esta localidad donde las vacaciones son religión, arte, fantasía. Oteando el horizonte jónico desde una orilla hecha de ardientes cantos rodados, me los imaginé juntos, adentrándose sobre una chalana en la grotta azzurra para refugiarse del sol.
Tal vez para darse un beso furtivo. Y me pregunté si ellos también pasaron este calor demoledor que a mí me estaba impidiendo disfrutar alegremente de uno de los veraneos con mejor reputación del mundo, el italiano. Sabía que Sicilia es calurosa y que, de hecho, en 2021 en una de sus localidades, Siracusa, se registraron las temperaturas más altas de la historia de Europa. 48,8 grados Celsius (hasta entonces el récord lo tenía Atenas). Lo que no sabía es que incluso cuando el aire pesa sobre el alma como cinco hectolitros de blandiblub, la mímica de la vacación no puede parar: pídete un helado cremoso, trepa callejuelas medievales, cómete unos involtini di pesce spada de primero, zámpate dos canoli de postre, sigue caminando hasta el mirador, hazte una foto con el Etna humeante al fondo. Haz como que no sabes que la posidonia muere a marchas forzadas en ese lecho azul allá abajo. Eros y Tánatos, orgasmo y desmayo. Tu alma está ahora al borde de un cráter, a punto de entrar en combustión, pero en las imágenes todo parece normal. Excepto porque no lo es. Ya al atardecer me subí a una van en la que viajaba con otros periodistas. Hablamos del tiempo, pero no como recurso socorrido, sino como lamento descarnado. Una de las presentes dijo: “Es que, además, las bombas de los conflictos que hay ahora en el mundo contribuyen de forma desmedida al calentamiento global”. La miré incrédula. Le pregunté si hablaba en serio. No solo lo decía en serio: aseguraba que la ciencia la respalda. Podría haber comprobado en aquel preciso instante si decía la verdad, pero pospuse el dolor.

Muchas noches, muchos kilómetros y muchos kilos de dióxido de carbono liberados a la atmósfera después, sentada en la galería de mi piso madrileño, me dispuse al fact-checking, siempre bajo la sombra de la ecoansiedad y su consecuente culpa. “Cada consulta a ChatGPT puede consumir entre 0,32 mililitros y 20 litros de agua”. Era una de esas madrugadas de insomnio y doomscrolling que también ha traído consigo el cambio climático. En aquel rincón de mi cotidianidad la temperatura seguía siendo igualmente agobiante, pero en la lontananza no veía el Mediterráneo, sino los bloques de ladrillo suburbanos y un banco público en el que cada noche se sientan dos muchachos jóvenes que, como yo, dejan avanzar las horas tras la medianoche pasando stories de Instagram. Los degluten con apatía y gula. Corroboré que el uso de aviones de combate, tanques, barcos y la detonación de bombas libera toneladas de contaminantes a la atmósfera; que los bombardeos provocan incendios forestales incontrolados e incendios en infraestructuras (como depósitos de petróleo) que a su vez libran grandes reservas de carbono natural; y además me enteré de lo siguiente: que los océanos del mundo volvieron a alcanzar una temperatura récord en 2025. Almacenaron más calor que en cualquier otro año desde que existen registros: el equivalente a la energía de más de 365 millones de bombas atómicas como la de Hiroshima (lo ha confirmado el Bulletin of the Atomic Scientists, el mismo que controla el famoso “reloj del fin del mundo”). ¿No es acaso el sol una bomba de fusión nuclear controlada? Desde abajo me llega la musiquita de un meme viral. Los chicos del banco no saben que ya les tengo cariño y que los he bautizado como Wilhelm y Oscar.








Fuente:
elpais.com



