Unidos por la inercia de la juventud y del repertorio homogéneo del ocio, consistente en juntarse en un parque a beber o a fumar, o a beber y a fumar y, sobre todo, a criticar a los que no fuman o no beben, somos amigos. A Tino, a mí y a los demás nos gusta decir que somos amigos de toda la vida. Pero es mentira. Aunque sí nos conocemos desde que empezamos a decir las primeras palabras, nuestro lenguaje no ha sido siempre común. No solo ha habido intermitencias, también hubo desconocimientos completos durante largos periodos de tiempo, en donde algunos de los miembros que formamos ahora el grupo no pensaba ni siquiera en el nombre de los otros. Pero nos gusta decirlo porque, con la simple formulación, se crea una convicción extraña de que existen cosas en esta vida que pueden perdurar si se quiere, que pueden atravesar las peripecias y los años. Llevamos existiendo poco menos de dos décadas, y esa afirmación, “somos amigos de toda la vida”, extravagante por su corta duración, nos otorga un poder extraño: alza verjas preventivas, pero también excluyentes. Nos guarda de que vengan extraños a cuestionar nuestras formas, a destruir los encantamientos de este mundo forjado íntima y cautelosamente. También nos condena a una especie de grupo sectario, paranoico. En nuestras risas, en nuestros juegos, en nuestras miradas colgamos un cartel de cerrado. Tampoco es que sepamos hacerlo de otra forma: la amistad necesita de elecciones, de ignorancias estratégicas, de lealtades injustas. Más todavía, nos gusta decir que todos somos mejores amigos, y aunque es verdad que ninguno de nosotros cree en que exista algo así como un único gran amigo, en el fondo todos sabemos que nuestra amistad está repleta de jerarquías. Son jerarquías ingenuas, de algún modo orgánicas e inevitables, pero formas de poner a los unos por encima de los otros, al fin y al cabo. Tino, tú eres mi mejor amigo.
Discutimos sobre la importancia de nuestra primera experiencia sexual. Alguien dice que otras cosas acabarán siendo igual e incluso más fundamentales. Tú te enfadas, estás seguro de que las primeras veces son siempre importantes
Hemos construido a la vez, el uno junto al otro, un gusto particular que nos hace creernos especiales. Nos hemos conocido y hemos crecido a través del formato mp3, canción tras canción, que uno le pone al otro, que tú me mandas o descargas exclusivamente para mí, canciones que yo rastreo en internet como si fuera un gran baúl, mirando y rascando al fondo, esperando sorprenderte. Creo que esta te encantará, me dices, entusiasmado, y me la regalas. Yo vuelvo a casa repitiéndola una y otra vez en los auriculares, la atesoro. Luego busco la letra en inglés, me la aprendo escribiéndola en el cuaderno. A nadie más de nuestro grupo le gusta, o quizás hemos hecho para que no les guste, y que entonces sea una especie de secreto entre tú y yo. En algún momento, mezclamos nuestras escasas bibliotecas fantásticas, el dinero y los cigarrillos que le robamos a nuestros padres, que se han vuelto intercambiables, y revolcamos nuestras identidades. En el batiburrillo de la amistad y la juventud, empezamos a ensayar la adultez. Nos preguntamos sobre nuestros posibles y futuros hijos, nuestras casas, nuestros trabajos. Afirmamos con rotundidad que creemos en el amor para siempre. Discutimos sobre la importancia de nuestra primera experiencia sexual. Alguien dice que nos queda mucha vida, que otras cosas acabarán siendo igual e incluso más fundamentales. Tú te enfadas, estás seguro de que las primeras veces son siempre importantes. La primera palabra, el primer “te quiero”. Creemos decir la verdad en todo, pero con los años nos daremos cuenta de que estábamos mintiendo, o quizás nuestros deseos se habrán modificado, indefensos al paso del tiempo, a las condiciones que nos impedirán imaginar de esa forma tan abrupta y ambiciosa. Algunas amigas del grupo se ausentan durante horas a besarse con chicos, después vuelven, con frecuencia aburridas, al parque donde nos reunimos. Nosotros hemos aprovechado y hemos cantado nuestra canción unas cuantas veces. No nos cansamos de ella, no nos cansamos el uno del otro. Tino, yo creo que somos mejores amigos.
Nos quedan pocos veranos hasta que llegue aquel en el que empecemos a conocernos menos, en el que necesitaremos, de verdad, usarlo para descansar
Nos quedan pocos veranos hasta que llegue aquel en el que empecemos a conocernos menos, en el que necesitaremos, de verdad, usarlo para descansar. Ahora mismo estamos llenos de promesas que en algún momento concreto de nuestras vidas, cuando nos dé de frente un viento de calor, cuando escuchemos una canción tan concreta, descubriremos que son difíciles de cumplir. Pero es verano. Estamos rebosantes de cuentos oscuros y tristes que hacemos por sacudirnos, por olvidarlos. Pero es verano, y nos tocamos alegres y a veces incluso nos reímos enloquecidos por el presente o por el sudor. Parecen suficientes las temperaturas elevadas y el tiempo extendido y el estar así de arrimados para armar desvíos emocionantes. Es verano, y entre las rocas que dan al mar, los edificios copiados de ladrillo barato y el olor a jacaranda seca, entre los hielos y los vasos sudorosos y la música de verbena, entre ese repertorio de los éxitos de los últimos años, esa colección de recuerdos instantáneos que bailamos burdamente con la timidez de las primeras veces, estamos nosotros. En medio de la fiesta, en medio de todo el mundo, estamos tú y yo, Tino, y creo que cuando empiece a sonar, por sorpresa, nuestra canción favorita, no podremos disimular más que somos mejores amigos.
Así que entras por algún lugar, primerizos, en el cruce de miradas hincadas ágilmente, tímidamente tocas mis deseos rizados, racimos de huecos que desearíamos llenar
Así pasa. Cuando empezamos a escuchar la canción que llevamos cantando todo el verano, una fuerza se nos mete en el cuerpo. Aunque estemos en medio de la fiesta, en el centro del mundo. Somos jóvenes, Tino, y yo creo que porque tenemos toda la vida por delante creemos que solo importa lo que tenemos en las manos. Apenas un preámbulo. Ahora no estamos ensayando la adultez, ahora la estamos haciendo, nos abrimos hacia la posibilidad cuando estamos tan juntos, tan inquietos. Tan inevitablemente mostramos la conexión que hemos negado varias veces a los demás. Nos están viendo cadera con cadera, sueños con sueños. En una de nuestras miradas jerarquizantes, te pones la mano en el pecho, como si se te fuera a salir el corazón salvaje o un pensamiento indebido o una verdad indescifrable. O quizás esa es tu forma de bailar, ridícula y enternecedora. Yo te veo y lo sé. Es la primera vez que quieres a alguien de esta forma.
Un amago borroso y preciso que resume nuestros años entrelazados, la coordinación que hemos aprendido, después de todo, nos lleva desde la fiesta en el centro del mundo hasta tu habitación. Viajamos entonces al calambre esporádico y alegre, inverosímil traqueteo entre los dedos índices, que indican hacia el cielo, abierto de par en par, de par en par las puertas, las vueltas de uno sobre otro, como juegos infantiles. Sueltas de repente un regocijo eléctrico, esterilizas las emociones, entras por algún lugar. Pienso: el corazón tiene tantos recovecos. Así que entras por algún lugar, primerizos, en el cruce de miradas hincadas ágilmente, tímidamente tocas mis deseos rizados, racimos de huecos que desearíamos llenar. Entre horcajadas y arcadas, arqueo el cuerpo y siento las caderas encajando por fin, entre las jaleas y los jaleos, shhh, nos reímos cómplices, tus padres o mis padres están durmiendo en la otra habitación. Retraso la luz última, trazo un atajo, un atajo triste. Ahí la certeza del principio y del final, tu mirada de miedo dulce, de animal enfermo de aullidos llanos, y ya está. Pegajosos los sueños y los cuerpos, brillantes el sudor y tus ojos, salivas hacia mi salida, huyo de mí por un momento. Huyes de lo que quieres, te alejas de lo que podrías ser: ese es el único camino hacia la felicidad, estás convencido. Se te escapa un amago de futuro alegre en la cara. Se crea aquí un pensamiento que será recurrente el resto de mi vida: no me puedo creer que alguien que deseo me pueda desear también de vuelta.
Después, como un hechizo deshecho, nos convertimos en dos extraños. Yo sé que esto se convertirá en mitología personal. Tú crees que podrás olvidarlo. Cuando me rozaste así el muslo. Pero algún día, quizás de vuelta del trabajo, en una casa muy distinta a la que imaginamos juntos, una brisa de calor te dará en la cara. Sonará la primera canción que me aprendí de memoria para que la cantáramos los dos. Recordarás el cosquilleo eléctrico en las manos, la animalidad de la mirada, las posibilidades de las promesas que casi se nos escapan de la boca. La primera y la última vez. Y cuando te pregunten por mí en algún momento, ya habrás dejado de decir, por inercia adulta, que somos amigos de toda la vida, que soy tu mejor amigo. Quizás éramos demasiado pequeños para estas emociones tan grandes, Tino. ¡No nos adelantemos tanto!, ¡qué rápido va todo!, ¡cómo se nos escurre de las manos! El verano ya casi acabado, pero seremos felices. En algunos momentos, yo creo que seremos felices. No te preocupes, no le contaré a tu madre que su hijo es un mentiroso.
Juanpe Sánchez López (Alicante, 32 años) es escritor, editor e investigador. En septiembre publicará Gran manual del fracaso. Desmontar el éxito, la identidad y el amor (Anagrama). Autor de los poemarios Desde las gradas y Tonterías (Letraversal).
Fuente:
elpais.com



