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Por fuera parece una cárcel, pero por dentro lo es. Para ingresar en tan poco recomendable lugar, no es necesario haber cometido ningún delito, ni siquiera haber sido acusado. Quienes allí moran han sido privados de libertad y enjaulados por ser distintos o, mejor dicho, porque otros han decidido que lo son. Tenemos enfrente un CIE, uno de esos centros de reclusión para extranjeros repartidos por la piel de toro. La lógica de tal encierro es inexistente, casi tanto como su legalidad. Se fundamenta en el brumoso concepto de irregularidad, es decir, la carencia de documentación acreditativa. Ahora bien, de acuerdo con las leyes vigentes en España y en cualquier país democrático, eso constituye una falta, y no un delito. Luego es susceptible, a lo sumo, de sanción administrativa, sin reproche penal alguno. Topamos con una medida de internamiento desprovista de garantías judiciales, y absolutamente desproporcionada.
El verdadero meollo de la cuestión, retirados todos los fantasmas, es la incapacidad para conocer y entender al otro, y no digamos para aceptarlo
Uno de los aspectos más graves de este engendro ajurídico es el de marcar de modo injusto e ilegítimo a determinada población con el sello de indeseable. La pertenencia a ese colectivo, cuyo único nexo de unión es formar parte de los otros, encasilla en el poco agradecido papel de sospechoso. Si esta es la conducta de la Administración, podemos intuir cuáles serán las reacciones de los odiadores profesionales y su creciente feligresía. La intolerancia ante todo lo que huela a extraño se extiende cual mancha de chapapote, y parece difícil de atajar. Los otros son diferentes de nosotros, y por tanto peores, amén de indistinguibles entre sí. He aquí los endebles cimientos del instinto –que no pensamiento– xenófobo. Sobre ellos se construyen castillos en el aire de falsos mitos y creencias fake, desde que nos roban el trabajo a que generan inseguridad, son inasimilables y a priori delincuentes. El verdadero meollo de la cuestión, retirados todos los fantasmas, es la incapacidad para conocer y entender al otro, y no digamos para aceptarlo.
El refrán «Más vale malo conocido que bueno por conocer» explicita un sentimiento que anida en el fondo de toda intolerancia. Es cómodo atrincherarse tras las alambradas que señalan la frontera de nuestra zona de confort, y negarnos en redondo a traspasarlas. Asomarse al exterior, tener la voluntad y el valor de explorarlo, supone asumir riesgos. Y son legión los que, por recelo, no están dispuestos a alejarse de su terruño, así sea una letrina. La necesidad de rebaño lleva a los hombres a enrolarse en una comunidad enfrentada al resto, al que se ignora, rechaza, aísla, somete o extermina, según se tercie. Muchos no saben definirse más que en oposición, en contraposición. Su identidad es meramente reactiva, y no proactiva.
Degradar al prójimo a la condición de subhumano y adjudicarse la misión de llevarlo por el buen camino es el modo más sencillo de hacerlo explotable
La ciencia va dejando claro que el altruismo es altamente ventajoso para la especie. En su libro Does Altruism Exist?, David Sloan Wilson lo resume de esta guisa: «El egoísmo es más eficaz que el altruismo en el seno de un grupo, pero los grupos donde prevalece el altruismo triunfan sobre aquellos en los que reina el egoísmo». Cálculos matemáticos han demostrado que, en ciertos insectos sociales, los sacrificios –no necesariamente mortales– de unos cuantos individuos o de castas enteras facilitan el éxito de sus genes. A los datos de la evolución biológica se unen los del desarrollo cultural. Ya Darwin, en El linaje humano, intuyó que la selección natural no basta para explicar el auge de especies tan complejas como la nuestra. La respuesta fácil ante lo desconocido es la agresividad, demonizar al otro, deshumanizarlo y, así, no sentir reparo alguno a la hora de exterminarlo.
Los españoles que han venido a turbar su reposo semejaban tigres feroces, lobos, leones hambrientos. […] Durante 40 años no se han aplicado más que en masacrar a esos pobres insulares haciéndoles sufrir toda clase de tormentos y suplicios (Las Casas: Brevísima relación de la destrucción de las Indias).
Estas palabras sirven para toda empresa imperialista y colonial, por más que se escude en etiquetas rimbombantes, misión civilizadora, cristianización, carga del hombre blanco o injerencia humanitaria. Pero también reflejan los comportamientos agresivos frente a cualquier minoría. Se pretende ocultar las violencias y las injusticias más incalificables tras la coartada del mantenimiento del orden. «Méfiez-vous de celui qui veut mettre de l’ordre. Ordonner, c’est toujours se rendre le maître des autres en les gênant» [1] (Diderot: Suplemento al Viaje de Bougainville).
Degradar al prójimo a la condición de subhumano y adjudicarse la misión de llevarlo por el buen camino es el modo más sencillo de hacerlo explotable. De ahí que se pueda, sin cargo de conciencia, robar sus tierras, sus riquezas naturales o reducirlo a la servidumbre. El mismo guion es válido respecto de los demonizados interiores. Ayer los judíos, hoy negros y musulmanes. Argumentos similares a los esgrimidos a fin de justificar el expolio de las regiones sometidas se usaron para apoderarse de los bienes de los israelitas europeos a lo largo de los siglos. Y se usan para exigir la expulsión de los inmigrantes, o de sus descendientes nacidos y criados en el país y tan oriundos de él como quienes los insultan.
Más eficientes que la agresión son la integración, la tolerancia y la igualdad. Conocer al otro no equivale necesariamente a amarlo, pero sí a tener datos que permitan una toma de posición objetiva. Solo entonces puedes evaluar quién es cada cual y obrar en consecuencia, sin generalizaciones absurdas ni ideas preconcebidas. Yo, por ejemplo, siento gran afinidad con el aborigen australiano que pinta tranquilamente sobre corteza de árbol escenas del Tiempo del Sueño. En cambio, no siento ninguna con los voceros locales de la lepra moral, la rabia y el Imperio. Pertenecer a una misma comunidad ficticia no significa compartir nada real.
[1] Desconfíe de quien quiere poner orden. Ordenar es siempre hacerse amo de los demás molestándolos.
Fuente:
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