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Entre las distintas corrientes cristianas evangélicas, los pentecostales se caracterizan por su conocido Don de Lenguas. El idioma en cuestión, revelada jerga, se escenifica en modo exaltado. Si hace décadas las tradicionales invocaciones concatenaban, ojos en blanco, fonemas más o menos ingeniosos, en nuestros días, se impone una revelación de carácter más rapero o reguetonero. De ramalazo pentecostal, la exaltada Paula White, consejera áurica de Trump, rapea por voluntad divina que es un primor; no se la pierdan en la Youtube. Gozando de hilo directo con la divinidad, White confirma a Trump y los suyos que Dios permanece con ellos en nombre de la Libertad y la democracia.
Un excelente baremo del grado de cuñadismo existente en cualquier sobremesa, sería preguntar por los actuales regímenes políticos allá donde, de un tiempo a esta parte, fuimos instaurando la Libertad. Centrándonos en Oriente Medio, repasemos algunos de los más connotados episodios. Así, a bote pronto, recordamos cómo en 1953 a Mohammad Mosaddegh, musulmán laico chiita y primer presidente democrático de Irán, se le ocurrió nacionalizar el petróleo de su país. No dispuestos a renunciar a sus jugosas resultas, británicos y americanos organizaron el golpe de Estado que lo derrocó elevando al poder a Reza Pahleví. Reprimiendo la voluntad popular y gobernando para sus auspiciadores, el Sah generó las bases del antioccidentalismo que terminó derivando en la revolución islámica de 1979.
Armado en sus tiempos mozos por los EEUU contra aquella revolución islámica, el iraquí Saddam Hussein era, sin embargo, un sunita laico. Como buen dictador, Saddam supo mantener a raya todo fundamentalismo religioso. Así, antes de la Guerra del Golfo, en Irak convivían un millón y medio de cristianos en paz con sus vecinos musulmanes, al punto que los matrimonios entre ambas confesiones llegaron a constituir una virtuosa distinción que el régimen pregonaba con orgullo. ¿Cabía mayor arma de destrucción masiva para Israel y unos EEUU cuyo siniestro PIB depende de crear guerras? Aquella masacre ilegal anunciada en Las Azores terminó con la entrega del poder al integrista chiita Muqtada al Sadr. Con el genocidio de turno, aquel millón y medio de cristianos iraquís que vivían en el laico Irak desaparecieron de la faz de la tierra sin que nadie denunciara su trágico destino; tampoco Aznar. Aún esperamos documental.
De carácter laico fue también el gobierno satélite impuesto por la Unión Soviética tras invadir Afganistán, si bien tratándose de los rusos todo es, claro, menos disculpable. Más allá de la comunista Reforma Agraria, niños y niñas afganas estudiaban en colegios mixtos y las mujeres trabajaban e intervenían en política. Al grito de “Antes muertas que rojas”, la CIA no tardó en reaccionar auspiciando el yihadismo. Llevaron a los muyahidines a la Casa Blanca a tomar café con Reagan; los armaron y financiaron hasta las trancas, y hasta Stallone dedicó su tercera entrega de Rambo a los valientes luchadores por la Libertadcontra el comunismo. Vencidos los malos, desaparecieron escuelas y emparedaron a las mujeres en sus cocinas. Lo de Afganistán lo tenemos aún fresco en la memoria gracias a la más reciente estampa de la gente enloquecida dejándose la vida en las ruedas de los aviones americanos en pleno despegue.
Suní, de sharía bastante más amable que el chiita al Sadr, amigo de Berlusconi, Aznar y Sarkozy, y en última instancia laico pragmático, recordamos también al libio Muamar el Gadafi. Tampoco él supo comportarse; de la noche al día empezó a hablar de panarabismo socialista, de unos Estados Unidos de África con gobierno y moneda común al estilo de la U.E y, peor aún, nacionalizó el petróleo y no pocas empresas energéticas de su país, dando con la puerta en las narices a franceses, británicos, americanos… Total, no nos quedó más remedio que liberar también al pueblo libio de su tirano. Ahora no queda ni pueblo ni Libia.
Cómo olvidar a Bashar al-Asad. Con base naval rusa en su litoral, protegido por Putin, también laico y perteneciente a la minoría alauita, hicimos lo propio en favor, eso sí, de uno de los diez terroristas más buscados por el Pentágono, el yihadista salafista Ahmed al-Charaa, también sunita. A este, lo vestimos con el fondo de armario de al-Asad y le recortamos la barba. Sabemos que aquellas iglesias cristianas en convivencia con las mezquitas, especial motivo fotográfico de los atardeceres de Damasco en sus postales, fueron bombardeadas. Nada más nos contaron a partir de entonces; se ve que están encantados en Siria.
En cuanto a Gaza, es este un genocidio en el que Jared Kushner, yerno de Trump, tiene depositadas grandes esperanzas. El marido de Ivanka es otro doctrinario del Shock que sueña, como su suegro, con su particular Franja convertida en gran resort del Mediterráneo. Junto a Gaza, Cisjordania y acaso partes de Líbano conforman los planes más inmediatos en el camino del gran sionismo. Ahora, en fin, la teocracia iraní, sueño húmedo de Israel. Trump, que por lo menos reconoce que lo de la democracia y la libertad es una milonga, reclama a White su sainete gnóstico acaso por aquello de mantener la apariencia entre sus bellos cristianos, como denomina a sus votantes.
Nunca han hecho otra cosa sino la guerra. Les queda el recurso al saqueo militar global y sus exigencias respecto a un vasallaje, el de la Unión Europea, justificadora de la versión más impostada de la política y al servicio –más allá de la especificidad iraní–, de dicha economía de guerra. Veremos.
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