A finales del siglo XIX, el remoto terreno a orillas del río Guadiana en el que se encuentra esta vivienda fue cedido al Cuerpo de Carabineros para vigilancia y control del contrabando. El problema en la zona viene de lejos. El hecho de que hubiera habido un pequeño cuartel y puesto de vigilancia facilitó a su nueva propietaria, Olga Sánchez (Huelva, 65 años), reconvertir sus ruinas en una vivienda gracias a una justificación histórica de su preexistencia digna de un guion. Sin estos vestigios no hubiera sido posible, al encontrarse en terreno rústico.
Olga Sánchez compró el terreno a Blanca Ojeda Montes, cuya familia tiene un largo y azaroso vínculo con la zona. Su tatarabuelo, Martín Montes, había podido comprar tierras en Sanlúcar de Guadiana durante la segunda desamortización, que después repartió entre sus habitantes para que pudieran ser propietarios. Sin embargo, algunos los vendieron, caso de este terreno. A finales del siglo XIX, el nuevo dueño lo cedió al Cuerpo de Carabineros. Disuelto en 1940, la Guardia Civil usaría el puesto para vigilancia hasta 1966.


En los años noventa, los padres de Blanca recompraron el terreno, un poco por nostalgia familiar y otro poco por coser propiedades dispersas que tenían en la zona. Al morir sus progenitores lo heredó, así como una casa en el pueblo de Sanlúcar de Guadiana donde un día, por una humedad en una pared, descubrió que había una habitación secreta tapiada. En ella aparecieron todo tipo de documentos históricos sobre el pueblo: manuscritos, escrituras originales, diarios y alrededor de 250 libros. El marido de Blanca, Antonio Mantero, que es antropólogo forense, se ocupó de su clasificación y donación a los archivos provinciales de aquello con relevancia histórica. Entre toda esta documentación se halló un mapa de 1896 en el que aparecía dibujado el cuartel, lo que permitió a Sánchez justificar que las ruinas del terreno tenían más de 40 años, junto con vuelos cartográficos.

Se trata de un lugar verdaderamente apartado y secreto, perfecto para sus antiguas funciones, al que se llega tras casi media hora por un camino estrecho y sinuoso, entre acebuches, encinas y el poderoso perfume de varios tipos de jara. Los ruiseñores cantan intensamente. Rabilargos y familias de perdices rojas cruzan el camino con total tranquilidad, pues apenas pasa nadie. La señal se pierde. Cuando reconecta, la franja horaria se ha vuelto portuguesa. “Poder trabajar online está muy bien, pero también cansa mucho que todo sea constantemente a través de un ordenador. Cuando estábamos haciendo la obra, venía una vez por semana, porque está a dos horas de Sevilla. Me volvía más feliz, más calmado. Es un sitio con una energía muy especial”, recuerda el arquitecto Manuel Silva Zurita (Sevilla, 32 años), autor del proyecto de reconversión junto con Simone Lorenzon y Valeria Polato.


Silva Zurita es uno de los mejores amigos de uno de los hijos de Sánchez. De pequeños, habían pasado mucho tiempo de vacaciones juntos en esta zona, que ella había descubierto en barco en 2005. Cuando compró el terreno, justo antes de la pandemia (y de jubilarse), confió en él para el proyecto, pues los vínculos entre ellos y con el lugar eran profundos.
Tuvieron que plantear hasta tres diseños distintos, porque desde el Ayuntamiento de Sanlúcar de Guadiana les requirieron incorporar ciertos rasgos de la vivienda típica andaluza, como el enfoscado y encalado en blanco o la cubierta de teja. Sin embargo, sí que pudieron elevar la altura, lo suficiente como para ganar un segundo nivel y dotar al volumen de una geometría contemporánea. Al elevarlo no solo ganaban en vistas al río; también conseguían, como medida pasiva, que la cubierta adoptara una orientación en la que por la tarde recibiera la menor cantidad de sol posible. Para ocultar la imposición de la teja, levantaron un peto.


Con respecto a la ruina, se esforzaron por dejar visible al máximo la herencia de la preexistencia, aspilleras incluidas. Por eso, en las zonas bajas se aprecian las capas de la antigua mampostería y los sucesivos enfoscados, mientras que la parte alta es más homogénea. “La arquitectura contemporánea ha sido mucho de diferenciar de una manera muy evidente lo que es la intervención moderna de la preexistencia, con una junta muy clara o un cambio radical de materialidad. En este caso ha sido un proceso más de continuidad que de ruptura. No hay una gran evidencia entre lo antiguo y lo nuevo”, apunta Manuel Silva Zurita.

Por su capacidad para generar una arquitectura contemporánea abierta al entorno, que mantiene la memoria del lugar empleando sistemas constructivos y materiales tradicionales, en 2025 este proyecto fue reconocido con el galardón Arquitectura y Preexistencia en la categoría de Uso Residencial de los Premios COAS que entrega el Colegio de Arquitectos de Sevilla.
Fuente:
elpais.com



