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La demolición total de la democracia

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Creo que a todos nos gustaría escribir un artículo, un reportaje, un relato en el que todo fuese maravilloso, un cuento realista que describiese como los hombres, siguiendo la línea de la evolución humana que marca el Derecho, habían conseguido organizarse de tal manera que ni las pistolas ni las bombas, ni siquiera internet, podían ser utilizados como armas de destrucción masiva. Estoy seguro de que ese momento llegara, de que el dominio de los brutos que vemos reverdecer será el canto del cisne de un pasado que quiere morir matando, destruyendo cuanto pueda. No hay otro camino, los salvajes han tomado casi todas las atalayas del poder y están en disposición de sustituir la democracia imperfecta de que hemos gozado hasta hace unas horas, por una oligocracia tecnocrática ajena al ser humano, supremacista y devastadora. 

Están sustituyendo la Democracia por una tiranía más propia de El Cuento de la Criada, de Margaret Atwood, que de lo que el Ser Humano se merece

Imaginemos por un momento algo que ya ha pasado muchas veces. A Donald Trump se le ocurre liquidar a un señor que vive en Puente Tocinos (Murcia) que habló muy mal de él un día mientras el resto de tertulianos lo ponían por las nubes. Hasta hace poco para hacer desaparecer a ese señor o a cualquier otro elemento disconforme, había que enviar a unos sicarios, a la policía secreta o al tonto del pueblo con cuatro copas de más. Ahora no pasaría absolutamente nada. Donald Trump llamaría Peter Thiel o Alex Karp y en cuestión de segundo el individuo molesto habría desaparecido del mapa sin dejar más huella que la de sus deudas.

Tal es el mundo creado por los niñatos del Valle del Silicio, un mundo financiado con miles de millones de dólares de la Casa Blanca, el Pentágono y la CIA para crear un imperio perfecto en el que nadie pueda sentirse seguro ni libre, tan solo aquellos que se conforme con comer pizza, ir al gimnasio, ver una serie, trabajar y callar. El poder alcanzado en las dos últimas décadas, pero sobre todo desde la pandemia de 2020 por las multinacionales tecnológicas californianas ha llegado a tal extremo que todo el sistema político nacido de la Ilustración y la Revolución Francesa está a punto de saltar por los aires. 

Son muchos los escritores, periodistas y científicos que alaban el progreso que traerán los nuevos avances tecnológicos y eso que llaman inteligencia artificial, pero ningún avance conseguido a lo largo de la historia ha sido beneficioso para el hombre sin la regulación estatal e internacional que así lo estipulase. El silencio aplastante y temible de la inmensa mayoría de personas, instituciones y organizaciones de derechos humanos, está posibilitando que esos niñatos regados de cantidades inimaginables de dinero estén escribiendo sin molestias las páginas más amargas y destructoras de las últimas décadas. Narcisistas insaciables, carentes de cualquier atisbo de ética, defensores del supremacismo blanco y masculino, los tipos de las Tecnológicas, con el apoyo del ejército más poderoso del planeta, han decidido que la democracia no sirve para nada, que es un sistema ineficaz e ineficiente que lleva a su nación a la ruina, que la decadencia de Occidente de que hablaba Oswald Spengler ha llegado de nuevo y definitivamente. Es la hora de los hombres hechos a sí mismo, de los que pueden saber en un nanosegundo donde vive el ser humano más desconocido, en qué lugar su madre y en qué otro sus hijos, y matarlos a todos mientras ríen a mandíbula batiente en presencia de una torre de langostas bañadas en caviar iraní.

Cierto es que la democracia nunca ha llegado a ser un sistema perfecto, ni mucho menos. Como se ha dicho tantas veces nació como instrumento de la burguesía para liquidar el antiguo régimen, para crear un marco legal que acabase con el poder de la sangre y la herencia dándole paso al del dinero. Con el tiempo, la reunión de los trabajadores en grandes fábricas propició la aparición del Movimiento Obrero, las huelgas y las grandes revoluciones que amenazaban con engullir al capital. Fue en ese momento, después de dos guerras mundiales imperialistas y de otras muchas de carácter regional, cuando la democracia tuvo que elegir el mal menor de conceder derechos cada vez mayores a los explotados. Pero eso empezó a desaparecer pronto, cuando la oligarquía empezó a comprobar que la presión de los trabajadores desaparecía, que la gran potencia creada por Stalin tenía los pies de barro y que los obreros europeos ya no hacían huelgas ni eran solidarios: Ahora eran burgueses medrosos, orgullosos de su dueño, recelosos del que viene de fuera, individualistas, mansos y conscientes de que el mundo en el que se habían criado y prosperado se estaba desmoronando ante sus ojos y ante su pasividad.

Es posible que haya mucha gente que piense que los logros económicos, sociales, culturales y de otro tipo que disfrutamos en algunas partes del mundo desde hace ochenta años, surgieron porque así lo decidieron los patrones y los grandes burgueses. Un día se levantaron después de acudir a los oficios religiosos, oír un sermón sobre la encíclica De Rerum Novarum de León XIII y decidieron subir el salario a los obreros, construir viviendas asequibles y crear la seguridad social. Sin embargo, no fue así, todo lo conseguido por las clases trabajadoras a lo largo del siglo XX fue gracias a su esfuerzo, a la movilización mundial de millones de ellos, a la muerte y la tortura de sus dirigentes. Desde un primer momento se nos debió enseñar eso y también que no hay ningún derecho perpetuo, porque al igual que sucede con las leyes de la naturaleza, los derechos que no se defienden desaparecen. 

Llevamos años viendo como merman los presupuestos destinados a los servicios públicos esenciales, como la política genera rechazo en sectores cada vez mayores de la población, como aumenta la corrupción y la indiferencia. Llevamos años, tal vez tres décadas, disfrutando de las nuevas tecnologías, esperando la novedad que está a punto de aparecer, el nuevo estreno mundial de otra serie para muñecos de cera, sorprendiéndonos con los razonamientos de Alexa. Entre tanto, mientras todo esto sucede y vivimos entusiasmados dentro de nuestro teléfono móvil, convertido en el santuario de nuestro tiempo, unos señores de California, con el apoyo del ejercito más mortífero han decidido poner fin a todo lo conseguido durante años de luchas por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sin miedo a nada, sin amenazas, sin críticas, los superhombres del capitalismo, los que no temen a nada ni se han preocupado en su vida por el sufrimiento ajeno, los que consideran la empatía como un signo supremo de debilidad que además genera infinitas pérdidas económicas, están sustituyendo la Democracia por una tiranía más propia de El Cuento de la Criada, de Margaret Atwood, que de lo que el Ser Humano se merece después de miles de años de sufrimiento y destrucción. Consentir que esos tipos sigan actuando fuera de la Ley, imponiendo su dictadura mundial, es el camino más directo a la desaparición de nuestra especie.


Fuente:

www.nuevatribuna.es

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