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El despiadado abuso especulativo de la vivienda habitacional que deja sin hogar a las nuevas generaciones

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La especulación inmobiliaria debería dar pie a una revolución social que reclame las viviendas habitacionales como un bien cívico esencial. El ensayo de Javier Gil titulado ‘Generación inquilina’ es un manifiesto humanista, que analiza la transformación del capitalismo productivo en otro financiero, regido por una especulación inmobiliaria que genera desigualdades inconmensurables.

Ante ‘La generación inquilina’ de Javier Gil, se tiene la impresión de leer a un tiempo al Rousseau más imprescindible y a ese Marx que tuvo la desgracia de verse identificado con el comunismo soviético. Me refiero a dos de las obras que han marcado nuestra modernidad: el ‘Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres’ del pensador ginebrino y ‘El Capital’ del filósofo social germano. Por supuesto los estudios de Thomas Piketty son aludidos profusamente, como no podía ser de otro modo, al tratarte de un economista preocupado por las desigualdades que propicia una visión económica considerada inatacable y por encima de las decisiones políticas.

No hace mucho en Berlín prosperó un referéndum que proponía expropiar a los grandes tenedores de su parque inmobiliario

Cuando quiere ilustrar su argumentación, Javier Gil proporciona tablas e informes plagados de datos que avalan su razonamiento. Pero también ilustra su relato con casos concretos de gente que se ha quedado sin hogar por tratar la vivienda como un bien de cambio y no de uso. Tener un techo bajo el que caerse muerto era una meta difícil pero realizable para la generación de los boomers. Era el sueño que te afianzaba como clase media y mantenía la ficción de que todo podía ir a mejor, si decidías esforzarte y trabajar duro para conseguir ese objetivo. Pero eso ya es historia.

Nuestro autor no se conforma con teorizar e intenta poner en práctica su análisis del problema, propiciando asociaciones de inquilinos y comunicando a los parlamentos una serie de medidas que podrían ser adoptadas desde la política. Su anhelo sería universalizar el modelo vienés, que se fraguó hace un siglo durante la denominada “Viena roja” y permite la convivencia de diversos estamentos en un mismo barrio, demostrando que se puede habitar una vivienda de alquiler con precios acordes al salario y una estabilidad similar a la de tener una casa en propiedad.

Dejar nuestros problemas políticos y sociales en manos de Crasos como Trump no parece convenir a la inmensa mayoría, pese a que no cueste mucho convencerle de lo contrario mediante patrañas populistas

No hace mucho en Berlín prosperó un referéndum que proponía expropiar a los grandes tenedores de su parque inmobiliario. En otros países en cambio se protege a los fondos buitre y se dan visas doradas a quienes compren casas por un valor de quinientos mil euros, mientras que las familias más vulnerables o personas mayores quedan desahuciadas del sitio donde han vivido desde siempre, porque suben las cuotas al hacer unas pequeñas reformas.

Entre nosotros para los más jóvenes resulta inviable aspirar a tener una casa en propiedad salvo que la hereden. Kant no era partidario de las herencias por la desigualdad que producían. Entendía que cada cual debía prosperar en función de su capacidad y empeño sin legar un patrimonio que lastra la equidad. Heredar activa el “efecto Mateo”, haciendo más rico a quien ya nada en la abundancia, mientras arrebata lo poco que tiene al indigente.

El precio de la vivienda no guarda proporción alguna con lo que percibe un asalariado. La gente debe dedicar un porcentaje inusitado de su magra nómina para hacer frente a un alquiler o una hipoteca en alza. Es como si los huevos o la leche costarán lo mismo que se cobra por el caviar y un costoso champán. Desde luego el salario mínimo resulta ridículo cuando se quiere acceder a un hogar propio. Se impone alquilar o incluso comprar una simple habitación y la oferta de viviendas va incorporando lugares considerados inhabitables por quienes trafican con ellos para lucrarse.

En su paso por la presidencia uruguaya, José Mujica nos enseñó que hay otra forma de hacer las cosas en la cancha política

Para consumir hace falta que la gente disponga de dinero. Pero eso no sucede con el endeudamiento. Los bancos no tienen dinero y lo generan con la deuda que contraemos al hipotecarnos. Las reservas mundiales de oro son una minucia comparada con este ficticio valor financiero conferido caprichosamente al parque inmobiliario para exprimir a quienes menos tienen. Su deuda hace ricos a los crasos de turno. Dicho sea de paso, el Craso histórico se hizo con los bienes inmuebles de Roma, utilizando un cuerpo de bomberos que solo apagaban el fuego, si el propietario decidía vender a buen precio su casa incendiada. De lo contrario, ardía y luego el magnate compraba el solar por una bagatela.

La bancarrota de 2008 nos hizo ver cómo se repartían dividendos con el dinero recién depositado por los nuevos accionistas, hasta que se descubrió el fraude y todo se vino abajo como un castillo de bailes. Presos de una codicia sin límites, algunos bancos norteamericanos concedieron préstamos hipotecarios a quienes no podían pagarlos. Daba igual. Se cobraban las comisiones y quienes perdían su vivienda eran los incautos a quien habían decidido engañar.

Cuando se reparten beneficios a mansalva, como sucede ahora mismo en España, los indicadores macroeconómicos van viento en popa y a toda vela, pero esa riqueza no impacta en la vida cotidiana del común de los mortales. Aunque si lo hace, al contrario. Al venirse abajo Bankia, con Rodrigo Rato al frente, todo un ex vicepresidente económico del gobierno de Aznar y expresidente del Fondo Monetario Internacional, el desaguisado lo pagamos entre todos los contribuyentes, porque se socializan las pérdidas, más no la cuenta desaguisado resultados positiva.

Había que salvar al sistema financiero a toda costa, para que volviese a las andadas con otros responsables, después de haberse llevado el botín. Ojalá fuera cierto aquello de que Hacienda somos todos, porque a la hora de pagar impuestos parecen hacerlo religiosamente asalariados y autónomos, mientras empresarios como Aldama debe casi doscientos millones por sus oscuros tejemanejes. De los áticos mejor no hablar, por la superstición de no ir p’alante. 

¿Cómo se pueden pedir alquileres que superan con mucho el salario mínimo? ¿Dónde se supone que han de vivir quienes no cobran otra cosa y no están resguardados por el patrimonio familiar? La solución, como subraya Javier Gil, no es construir más viviendas, liberando suelo para que los promotores inmobiliarios hagan su agosto. Ahora se quejan de que han subido los costes e igual no pueden acabar las obras en marcha, pidiendo ayudas al Estado para seguir con sus pelotazos. Hay que impedir la proliferación de viviendas turísticas y promover que resulte atractivo alquilar con todas las garantías para quien lo hace, sin dejar de proteger al mismo tiempo los legítimos derechos del arrendatario, para que se le trate como una persona y no como a una vaca lechera. 

Estamos ante un libro de lectura obligatoria para la ciudadanía en general y en particular para quienes han decidido dedicarse a la política con vocación de servicio público. La vivienda no es un tema de izquierdas o derechas, es un bien primario que debería verse garantizado por las instituciones públicas, al igual que sucede o debería suceder con la educación y la sanidad, la energía y las comunicaciones. Lo malo es que ahora gestionan la esfera pública quienes aspiran a privatizarla con mayor o menor entusiasmo, creyendo que la lógica del negocio es lo único eficaz. Dejar nuestros problemas políticos y sociales en manos de Crasos como Trump no parece convenir a la inmensa mayoría, pese a que no cueste mucho convencerle de lo contrario mediante patrañas populistas. En su paso por la presidencia uruguaya, José Mujica nos enseñó que hay otra forma de hacer las cosas en la cancha política.


Fuente:

www.nuevatribuna.es

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