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El turno partido, ese fósil laboral que algunos siguen llamando flexibilidad

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Hay especies que sobreviven contra todo pronóstico: el celacanto, el ornitorrinco, el cuñado que lo sabe todo y el turno partido en la hostelería. 

Algunas patronales hablan del turno partido con el mismo cariño con el que un coleccionista se refiere a una reliquia. Lo defienden con pasión, lo justifican con solemnidad y lo envuelven en palabras como “flexibilidad”, “necesidades del servicio” o la siempre socorrida “organización empresarial”.

El problema nunca fue la falta de trabajo efectivo, el problema es cómo se reparte, el problema es la comodidad o la falta de capacidad de organizar bien los turnos

Traducido, viene a significar algo parecido a esto: “Preferimos organizarte la vida a ti antes que organizarnos nosotros”. 

Mientras el mundo habla de inteligencia artificial, digitalización, eficiencia energética y turismo sostenible, todavía hay empresas convencidas de que la mejor forma de organizar el trabajo consiste en decirle a una persona: “Ven cuatro horas, desaparece otras cuatro y vuelve otras cuatro para terminar la jornada”. Como si la vida pudiera ponerse en pausa y reanudarse cuando conviene a la empresa. Como si la conciliación familiar fuera una criatura mitológica.

Hay escusas de todo tipo. Algunas empresas presentan el turno partido como una necesidad organizativa inevitable. Otros la venden desde el prisma catastrofista, de que se terminaría la hostelería si algún día se limita su utilización.

Pero resulta que la realidad tiene la mala costumbre de desmontar algunos discursos, porque si hay un lugar donde el turno partido empieza a ser una broma sin gracia es en los hoteles de todo incluido. Establecimientos con servicio de desayunos, almuerzos, snacks, cafeterías, piscinas, bares y cenas funcionan prácticamente durante todo el día. Donde hay clientes consumiendo desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche, donde la actividad no desaparece a mediodía por arte de magia. ¿De verdad alguien puede defender seriamente que la implantación del turno partido es justificada por falta de trabajo efectivo o la existencia de tiempo ocioso entre servicios? Evidentemente NO.

Se consigue que una jornada de ocho horas ocupe doce, trece o incluso catorce. Un auténtico milagro de la productividad para quien no tiene que sufrirlo. 

El problema nunca fue la falta de trabajo efectivo, el problema es cómo se reparte, el problema es la comodidad o la falta de capacidad de organizar bien los turnos. 

El turno partido ha servido durante años para trasladar al trabajador el coste de una organización poco eficiente o envejecida. Se les pide que abandonen el centro de trabajo durante varias horas, conviertan ese tiempo muerto en algo supuestamente útil y regresen después para completar la misma jornada.

Pero esas horas no sirven para descansar, no sirven para conciliar, no sirven para cuidar de los hijos, ni para verlos. No sirven para ir a la playa, no sirven ni siquiera para echar una siesta decente cuando se vive a cuarenta minutos del hotel. Son horas cautivas, horas que pertenecen oficialmente al trabajador, pero que, en la práctica, siguen secuestradas por la jornada laboral.

El resultado es brillante: se consigue que una jornada de ocho horas ocupe doce, trece o incluso catorce. Un auténtico milagro de la productividad para quien no tiene que sufrirlo. 

Lo curioso es que las mismas empresas que hablan constantemente de productividad y “absentismo” parecen olvidar algo elemental: las personas descansadas trabajan mejor y caen enfermas con menos frecuencia. Una persona trabajadora que entra una sola vez, desarrolla su jornada de forma continua y vuelve a casa a una hora razonable, suele cometer menos errores, atender mejor al cliente, enfermar menos y, una cosa sin importancia, tener vida fuera de su centro de trabajo.

El futuro de la hostelería pasa por organizar mejor el trabajo, pasa por atraer profesionales y fidelizar el talento, pasa por ofrecer condiciones que hagan que alguien quiera quedarse en el sector

¿Qué extravagancia verdad? Y sin embargo, seguimos escuchando que eliminar los turnos partidos sería, poco menos, que el apocalipsis empresarial. Lo llamativo es que muchos hoteles ya han demostrado exactamente lo contrario: cuando existe voluntad organizativa aparecen los turnos continuos, cuando se planifican bien las plantillas aparecen los turnos continuos y cuando se deja de considerar que el tiempo de la plantilla vale menos que el de cualquier directivo, aparecen los turnos continuos. ¿Casualidad? ¿Utopías de rojos extravagantes y come gambas?

Nadie discute que puedan existir determinados establecimientos, servicios muy concretos o circunstancias excepcionales donde un turno partido tenga sentido. La hostelería es diversa y no todas las realidades son iguales pero, convertir la excepción en norma ya no responde a necesidades productivas, va más a una cultura empresarial que hace tiempo dejó de tener sentido, a una cultura medieval que no ha avanzado con las propias necesidades del sector. Y va a unos balances de cuentas que engordan a costa de perjudicar la conciliación familiar y tener personas trabajadoras descontentas. El empresario tendrá que medir si sus balances de cuentas son más importantes que tener trabajadores y trabajadoras que quieran trabajar en su empresa. La respuesta hasta ahora es que sí. 

Por eso el debate ya no debería ser si el turno partido puede existir, la pregunta correcta es otra: ¿por qué sigue existiendo allí donde ha dejado de ser necesario?

Y se nos ocurre una idea absolutamente revolucionaria: regularlo. 

Regular el turno partido no significa prohibirlo de manera indiscriminada. Significa limitarlo a aquellos supuestos donde esté objetivamente justificado, compensarlo adecuadamente y evitar que se convierta en la solución fácil para resolver problemas de planificación.

El futuro de la hostelería no pasa por exprimir más horas invisibles. Pasa por organizar mejor el trabajo, pasa por atraer profesionales y fidelizar el talento, pasa por ofrecer condiciones que hagan que alguien quiera quedarse en el sector.

Quizá entonces descubramos un secreto ancestral: el mejor servicio al cliente empieza por respetar el tiempo de quienes hacen posible ese servicio. 

Y quién sabe, a lo mejor, dentro de unos años, el turno partido acaba compartiendo rincón polvoriento con el fax, el disquete y las cabinas telefónicas. Todos ellos fueron útiles en su momento, pero no morimos cuando se quedaron obsoletos.

Frente a los discursos ya incrustados en el ADN de patronales de “absentismo y productividad” y la llantina trimestral de “no hay personas trabajadoras y las jóvenes son unas vagas”, es necesario que un sector tan importante para este país madure y progrese para tener unas condiciones buenas, respetuosas para las personas que hacen y harán posible el sostenimiento de esta industria. 

Sabemos cómo hacerlo y tenemos la voluntad, solo falta que las patronales se quiten la armadura medieval y busquemos soluciones.

Borja Suárez | Secretario General de CCOO Servicios Canarias.


Fuente:

www.nuevatribuna.es

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