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Arte y tatuaje sevillano contra el cliché andaluz

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A Jorge el del Llorón (Sevilla, 36 años), los más punkis le dicen que es un moderno, y los modernos, que es “un pejiguero”. Es el peaje a pagar por revisitar el andalucismo desde una estética anarca y contemporánea. Por poner a la Virgen de la Macarena a dialogar con tribales, por querer llevar la imaginería de la Semana Santa a las manifestaciones sociales, y por insistir en que al folclore hay que darle una vuelta, secularizarlo, politizarlo, para que sea de todos y no solo de unos.

Sus flamencas no son dóciles, ni bailan, y apenas sonríen. Sus melenas azabache parecen el mantón de una virgen, pero en lugar de rosarios sostienen cuchillos, cócteles molotov o el rostro descarado de la muerte. Dibuja claveles y mantillas que huelen más a río que a feria, al estilo del tattoo de los años noventa. Y hay muchas lágrimas en sus composiciones, y galgos, lunas y llamas, que cuelgan en su estudio compartido, Lucero Tatuajes, en el casco antiguo de Sevilla.

El artista no sabe cuándo comenzó a dibujar todo aquello. Fue hace muchos años, antes de que las comunas del campo andaluz o La Desbandá se convirtieran en temas recurrentes en redes. Intuye que le nació de una rabia interna. De tenerle un cariño tan fuerte a lo suyo que le exasperaba ver cómo afectaban los prejuicios a su gente. “Frente a toda esta cosa de la Andalucía festiva, de los lunares, el calor o lo graciosos que somos, hay una frustración interna de que no se nos toma en serio”, dice. Ese coraje abrió paso a una exploración de las dicotomías que encierra el folclore andaluz. La pasión, que puede ser de sed de vida o de desgarro. El flamenco, que tiene mucho humor pero es dramático. O la Semana Santa, que es sagrada y a su vez una fiesta de borrachera.

Se aficionó al grafiti con 12 años, a los 18 comenzó Bellas Artes en Sevilla, y con 19 se largó. En Inglaterra echó de menos el flamenco. En Bilbao retomó la carrera y terminó en un colectivo de acción artística y política. Allí entendió, por vez primera, el arte como herramienta social y política. Terminó la carrera, tonteó con las exposiciones y se cansó de intentar convencer a los galeristas de que lo suyo merecía ser colgado en una pared. “Me pareció mucho más honesto el tatuaje. Tú quieres esto, yo te lo hago, fin”. Irónicamente, ha llevado el tatuaje a un terreno más artístico y sus dibujos, además de grabados en la piel de músicos y artistas, se han convertido en portadas de discos, videoclips, carteles de protestas y cuadros.

La distancia con su tierra le dio otra perspectiva sobre la misma. “Yo no respeto todo lo que define y pasa en Andalucía. El clasismo no es solo de Despeñaperros pa arriba. Por mí, ojalá una Andalucía vegana, anticlasista y feminista. Pero ves que la forma de representar Andalucía ha sido devastadora”. Dice que, en realidad, él se dedica a conversar con sus clientes para representar las historias que le cuentan, la de quien perdió el acento para poder acceder a un trabajo, o la de la abuela que tuvo que exiliarse y cuyo nieto ha vuelto al pueblo del que ella se marchó. Mientras, en su cabeza revolotean los carteles de feria, los llaveritos de flamenca, Triana, Lole y Manuel, por supuesto, Camarón, y un universo en blanco y negro, de formas afiladas y oscuras. “La identidad andaluza debería ser una herramienta para un cambio social, resumirla en una sería un paso en falso”. Su empeine lo ocupa una vela larga por Triana —el único dibujo que se ha hecho a sí mismo—, y cerca hay tatuadas dos palabras: “Bro”, tachada, y cabesa, en cursiva.


Fuente:

elpais.com

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