En mitad de ese mundo áspero de soledades y desapegos sociales, en el que los vecinos del mismo bloque ya ni se saludan y las franquicias avanzan imparables en su conquista de cada bajo comercial, resulta que la vida en comunidad sigue renaciendo una y otra vez por cada grieta, en formas viejas o renovadas. Simplemente, porque hace el día a día más agradable, más fácil, más seguro, probablemente un poco mejor. Así lo ve la profesora de Sociología de la Universidad Complutense Margarita Barañano, que lleva varios lustros estudiando los arraigos y las redes de cuidados en barrios de Madrid y de otras ciudades de España y el sur de Europa: “Aunque las cosas más llamativas estén cambiando ya, hay otras que permanecen y se transforman; siguen estando ahí. La vida en proximidad ha sido siempre importante, no ha desaparecido, para nada, y da unas sinergias muy fuertes”, asegura la investigadora. Por eso surgen resistencias a los procesos de gentrificación y turistificación que, en ondas concéntricas, van expulsando cada vez a más vecinos de muchas ciudades del lugar en el que un día, por lo que fuera, decidieron quedarse. “Si puedes vivir en proximidad, genial; si luego el mundo te lo impide, pues te tienes que montar la vida de otra forma”, añade Barañano, nacida en Madrid hace 70 años, codirectora del Grupo de Estudios Socioculturales Contemporáneos, y firme defensora de los servicios públicos, en general, y particularmente en la Universidad —fue vicerrectora de la Complutense de 2003 a 2011—.
¿Sigue funcionando el barrio, a pesar de todo, como unidad básica de arraigo geográfico?
Sí. Y no solo; es la referencia básica a algo propio. La gente habla de su barrio como de su pueblo, su casa, su familia… Aunque la mayor parte de las veces no se sabe exactamente cuáles son sus límites geográficos. Es verdad que los espacios cambian, pero eso no significa que el territorio ya no cuente, que te dé igual vivir en Madrid que en París, Nueva York o Bogotá. No te da igual desde el punto de vista social, emocional, vital… Otra cosa es que quieras vivir en una determinada zona y te veas obligado a ir a otra, lo cual, en nuestros días, por desgracia, es cada vez más frecuente. Pero mira de dónde venimos: según una encuesta del Ayuntamiento de Madrid de 2018, el 70% de la gente que cambiaba de casa se quedaba en el mismo barrio, el mismo distrito o en otro adyacente.
¿Por qué?
Porque en ese espacio tienes familiares, amigas, redes de personas, vínculos sociales, débiles o fuertes, que pueden suponer un apoyo diario importante. Primero, porque es agradable vivir en un sitio donde eres conocido y reconocido y tú conoces y reconoces. También es un espacio de seguridad. Lo decía Jane Jacobs en Muerte y vida de las grandes ciudades: la seguridad está en los ojos de la calle, en la gente que conoces y los otros saben quién eres. No digo que sean íntimos amigos, que te vayan a dar el dinero para comprarte la casa, pero es ese entramado cotidiano de microinteracciones diarias que te hace la vida más agradable y te supone un apoyo importante para hacer frente al día a día.
Entonces, ¿qué pasa con esas ideas tan repetidas de que en las ciudades hoy ya nadie conoce al vecino y da un poco igual dónde caigas?
Al menos en los barrios que hemos estudiado [entre otros, Embajadores, Entrevías y Bellas Vistas, en Madrid; Sant Antoni y Montbau, en Barcelona, y distintos vecindarios de Bilbao, Zaragoza, Valencia, Málaga, Sevilla, Bolonia…], la gente sigue hablando de esta noción de barrio como un espacio propio, donde conocen a los vecinos y a los comerciantes o a quienes trabajan en los servicios públicos, y se generan entramados de provisión de bienestar y cuidados. Esto es muy importante para la cohesión social, y mucho más en espacio urbanos donde, por ejemplo, contratar a una persona para que te ayude con los cuidados no suele ser posible y la ayuda a domicilio pública todavía no alcanza. Allí puede pasar que te dejen llevarte la compra aunque en ese momento no la puedas pagar, o que alguien deje a su hijo un momento en una peluquería que conoce de siempre mientras hace un recado. Si es un sitio anónimo, donde cada día hay un empleado distinto, nadie lo dejaría, ¿no? Por eso la gente echa mucho de menos el comercio local cuando cierra… Los barrios pierden mucha de su vida.
Así que defender el comercio local no es solo una cuestión sentimental.
Se debe cuidar porque es muy importante para mantener la vida de barrio, porque es un espacio de intercambio y socialización, con nombre y apellido, porque es útil para muy distintos aspectos de la vida diaria, incluso en momentos de necesidad, y porque es también relevante para sentirse seguro y en casa. En un momento puntual de necesidad, dejar a tu hija con un cuaderno y unas pinturas con la señora de la tienda que conoces desde hace 20 años o en la casa de unos vecinos es bastante más sencillo que hacer venir a un pariente que vive lejos o contratar a alguien, y desde luego es mejor que dejarla sola en casa. Estamos hablando de muchas microinteracciones… Durante la covid o la nevada de Filomena [que en enero de 2021 colapsó Madrid], mucha gente estuvo pendiente de la vecina del cuarto que estaba sola, para dejarle la comida en la puerta. Los comerciantes les subían la compra o los medicamentos…
¿Y esto ocurre en todos los barrios?
Sobre todo, como decía, en contextos sociales en los que el bienestar es difícil de conseguir por otras vías. Desde luego, sigue estando más presente en los barrios periféricos obreros; no estamos hablando de barrios marginales en absoluto, sino de espacios urbanos que tienen ciertas precariedades. Pero, al mismo tiempo, han sabido mantener una vida asociativa, una vida en la calle, y una cantidad de intercambios nada desdeñables. Y ello pese al impacto de procesos como la turistificación, la gentrificación o la entrada de fondos financieros comprando viviendas, que están llegando por ondas concéntricas a casi todo Madrid y a otras grandes ciudades. Es cierto que su impacto es mucho más intenso en los centros históricos, pero incluso allí, donde es cada vez más difícil contar con familiares que vivan cerca, se configuran otras redes de relación, de personas amigas y conocidas, de vecinos del edificio, de personas que habitan en la misma manzana o que coinciden en los mismos bares… Estos entramados suelen combinarse con el mantenimiento del contacto a distancia, mediante grupos de WhatsApp, por ejemplo.
¿Y cómo se forman esas nuevas redes?
Muchas veces, alrededor de espacios públicos, los parques, el colegio, incluso los centros de salud, las asociaciones de vecinos… La cuestión es que tienes que organizarte en un mundo de cuidados. Y esas relaciones son fundamentales para la provisión de los cuidados cotidianos, en definitiva, para sostener la vida. Los sectores de clases favorecidas, si lo necesitan, recurren al mercado privado: España es uno de los países de Europa con más trabajadoras domésticas. Pero, claro, mucha gente no puede hacer eso y, entonces, aparte de ciertas contrataciones puntuales e informales y de la ayuda pública, si la hay, se apoyan en un conjunto de microintercambios construidos alrededor de esos espacios públicos. O en iniciativas comunitarias como las que proliferaron durante la covid, las despensas comunitarias o iniciativas como Somos Tribu [red de apoyo mutuo nacida en Vallecas, en Madrid]. En ocasiones, la ayuda mutua se vincula a nuevos activismos más institucionalizados, o de clases medias que disponen de más recursos, más nivel económico, más tiempo libre… Y, en otras, aporta un carácter más informal, vinculada a la propia vida cotidiana, en la que se van creando redes de relación y de intercambio. Estas redes no han acabado de desaparecer del todo, y se recrean sin cesar alrededor de la gente que conoces, la gente de tu barrio…
¿La covid fue un punto de inflexión?
Hay muchos tipos de vínculos, incluidos los que son a distancia, digitales, porque puedes tener a tu familia lejos, a los amigos de la infancia en otro país… Pero los vínculos en presencia han continuado siendo fundamentales. Y la pandemia nos volvió a demostrar que necesitamos tener gente cerca, escucharnos, vernos y hablarnos. Podríamos haber tenido esta conversación por teléfono o por internet, pero no habría sido igual… Necesitamos tener relaciones mucho más encarnadas, mucho más situadas en territorios concretos donde te encuentras con otras personas.
¿Cómo afecta a esos ecosistemas de vínculos el hecho de que mucha gente ya no puede permitirse vivir donde lo ha estado haciendo hasta ahora?
El problema de la vivienda es hoy en España realmente una emergencia social. El enorme despliegue de oferta pública de educación y sanidad que se hizo con la democracia no se llevó a cabo con la vivienda. La vivienda social apenas alcanza un minúsculo 2%. Y creo que cada vez hay más conciencia de que el de la vivienda se extiende al problema de la localización. No vale con hacer cinco barrios nuevos en las afueras, porque habrá quien quiera ir, por supuesto, pero habrá muchos otros para los que suponga un gran trastorno. Hay que tener cuidado con estas expulsiones que producen movilidades forzosas.
¿Por qué?
Porque tienen consecuencias, a mi entender, muy negativas. Al desplazarse lejos de sus redes de apoyo, se produce un desarraigo que conlleva graves costes sociales, emocionales y vitales, dificultando la conciliación y el cuidado de los mayores y también de los niños. Se resiente, además, ese espacio de seguridad del que hablábamos. Es cierto que esos procesos afectan a un segmento del 20% o 30% de la población. Y que en España se han producido históricamente grandes movilidades forzosas por motivos laborales, del campo a la ciudad, y luego ha habido procesos de rearraigo en los lugares de destino. Pero creo que deberíamos ver el tejido social, el tejido comunitario, los vínculos, las redes de apoyo como un patrimonio inmaterial fundamental que hay que proteger, para hacer posible la vida, para tener además una mejor calidad de vida. Y para garantizar el bienestar y la seguridad de las personas que viven en esos espacios, con sus comerciantes y sus vecinos y vecinas. Creo que en España esos vínculos sociales no se han llegado a perder del todo y tienen que ver con eso que tantos investigadores y psicólogos llaman felicidad; o algo parecido a la felicidad. Tampoco se trata de negar las tensiones y conflictos que los suelen atravesar, pero, en conjunto, creo que suponen un importante soporte social frente al individualismo rampante extendido en nuestra época.
¿Y por eso mucha gente se resiste a dejar su barrio aunque cada vez se lo pongan más difícil?
Efectivamente, hay resistencias, que en muchos casos se dan en forma de nuevos activismos, pero también mediante los activismos clásicos; las asociaciones de vecinos en general han desempeñado un papel muy importante y lo siguen haciendo. No se trata además de movimientos sin relación entre sí: por el contrario, hay cierta permeabilidad entre ellos, porque suelen estar arraigados en los barrios, con iniciativas situadas en territorios concretos; no hablamos de grandes megaproyectos, grandes partidos, grandes organizaciones… Son personas concretas que colaboran.

Pero esas estructuras informales surgen a veces para paliar la ausencia o escasez de servicios públicos y pueden ser una excusa para no ofrecerlos.
Los servicios públicos deben estar ahí y, si no están, deben exigirse; son derechos. Pero, además, podrían ser más eficaces apoyando a estas estructuras informales —dándoles espacios— y trabajando con ellas. ¿Cómo? Identificando y colaborando con esas redes de la comunidad, con esas personas concretas que te pueden informar de quién está realmente en situación de emergencia social, de cuáles son las necesidades sociales reales. Y actuando en consecuencia de forma flexible. En 2003, después de una brutal ola de calor en Chicago, el sociólogo Eric Klinenberg llegó a la conclusión de que en unos barrios vulnerables habían muerto menos personas que en otros similiares porque en ellos se habían movilizado inmediatamente estas infraestructuras sociales de relaciones de barrio, lo que condujo, por ejemplo, a abrir durante todo el día los colegios y las bibliotecas, que disponían de aire acondicionado.
Barañano conoce muy bien los movimientos vecinales; en uno de sus primeros trabajos, entrevistó a más de 50 asociaciones para ayudar a redactar el Plan de Acción Inmediata del Distrito de Vallecas-Mediodía para el Coplaco, el organismo público creado en los años sesenta para coordinar el desarrollo urbanístico de Madrid. Pronto empezó a dar clases en la universidad, formando parte de esa generación de penenes (profesores no numerarios) que supuso un enorme impulso para la transición democrática y la mejora de la enseñanza de los campus españoles. Ella los reivindica —“la Universidad necesitaba abrir puertas y ventanas; no solamente democratizar, sino reforzar su relación con la sociedad”— y, de hecho, junto a ellos —con un grupo encabezado por el economista Carlos Berzosa— aceptó implicarse en la gestión de su campus. Ya en la recta final de su carrera —el curso próximo pasará a ser profesora emérita— recuerda satisfecha los trabajos que hizo como vicerrectora de la Complutense, primero, para medir la desigualdad social en el acceso a la educación superior y, luego, para reducirla. Sigue defendiendo, si cabe con más fuerza, la Universidad pública como derecho básico.
Hoy parece estar en horas bajas, frente al enorme crecimiento de las universidades privadas.
La educación superior no puede ser un lujo. La Universidad es fundamental para muchos de los empleos actuales, para la formación de la ciudadanía y para generar conocimiento y cultura críticas. Y tengo la impresión de que la gran mayoría querría tener su plaza pública, pero puede suceder que no la encuentren porque la demanda ha aumentado, y la última universidad pública se creó en 1998. Tendríamos que haber hecho un mapa [con las necesidades] de titulaciones hace tiempo. Pero, a partir de ahí, se debe favorecer que quien quiera ir a la pública tenga una plaza. Sobre todo, en los títulos que dan acceso a profesiones reguladas [ingenierías, Medicina, Arquitectura, Abogacía…], y también en todas las carreras que tienen una gran demanda, no solamente universitaria, sino social. Eso no se lo podemos dejar a la privada. El problema es que en la Universidad pública estamos viviendo una asfixia económica insostenible e injustificada, sobre todo en algunas comunidades autónomas.
Está muy extendida la desconfianza hacia los servicios públicos, en particular hacia la Universidad. No se confía en que se gaste bien el dinero invertido.
Y, sin embargo, los indicadores sitúan, por ejemplo, a la Complutense entre las mejores universidades de Europa, cuando nuestra financiación, en fin… No tenemos ni la cuarta parte de dinero que tienen centros extranjeros. Y, ojo, encima [en la Comunidad de Madrid] el precio de las matrículas es de los más elevados de Europa, sobre todo en el máster. Viena, por ejemplo, es prácticamente gratuita… Es evidente que la pública, en general, tiene muy buena calidad y, por tanto, creo que es la que más garantiza la igualdad social y el aprovechamiento del talento, lo cual es bueno para toda la sociedad. Insisto: la privada no puede crecer a costa de la pública, porque no garantiza la equidad, sino todo lo contrario. Porque lo que no podemos es permitir las expulsiones. Como en los barrios, la capa expulsada será la más vulnerable.
¿Cómo ve el futuro de la Universidad pública?
El lenguaje de nuestra época es el científico, esto no tiene vuelta atrás y, por tanto, la Universidad sigue siendo central. Si nos quitan la Universidad pública nos pueden hacer mucho daño. Igual que con las ciudades: si a la gente la expulsan de su ciudad, de su barrio, esos espacios urbanos perderán buena parte de su vitalidad. Aunque quiero pensar que, pese a todo, tanto nuestros barrios como nuestras universidades públicas conseguirán superar esta difícil situación, salir adelante, pese a este contexto de ataques, porque han sido muy importantes para las oportunidades vitales de muchas personas, y lo van a seguir siendo.
Fuente:
elpais.com



