¿Qué tienen en común Emma Bovary, de Madame Bovary, Ana Ozores, de La Regenta y una concursante de La isla de las tentaciones? A primera vista, muy poco. Las primeras viven atrapadas entre matrimonios burgueses, confesiones, salones, cartas y rumores provincianos. Las segundas se exponen ante cámaras, fogatas, tabletas con vídeos y tentadores en bañador.
Sin embargo, y a pesar de la distancia, todas participan de una misma pregunta cultural: ¿qué pasa cuando una mujer desea fuera del lugar que le han asignado?
La literatura del siglo XIX y la televisión actual nos ofrecen dos respuestas muy diferentes. En las novelas realistas, el adulterio femenino era una tragedia. En los programas de telerrealidad contemporáneos, es contenido audiovisual viral y material para memes.
Antes: casarse para existir
Antes de Emma Bovary o Ana Ozores, la cultura ya había imaginado mujeres incómodas: la malcasada de los romances, atrapada en un matrimonio infeliz; las mujeres de agua, bellas e imposibles de poseer; la Serrana de la Vera, mujer sin amo ni hogar; Fedra, marcada por el deseo prohibido, y Medea, convertida en monstruo por no aceptar la traición masculina. La novela del siglo XIX hereda esta antigua figura y la traslada al salón burgués.
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El siglo XIX, con la novela realista y naturalista, entra en la conciencia de la adúltera: su aburrimiento, sus fantasías y su frustración. Las mujeres burguesas tenían poca autonomía económica, escasa libertad afectiva y casi ningún proyecto vital propio fuera del matrimonio.
Mary Wollstonecraft ya había denunciado que la educación femenina preparaba a las mujeres para complacer, no para ser autónomas; Simone de Beauvoir lo formularía más tarde como una condena a una vida encerrada en funciones asignadas por otros. El adulterio es una mala solución a un problema real: pasar de ser un objeto mirado a un sujeto que actúa.
El adulterio femenino combina diversos factores: tedio, frustración afectiva, falta de autonomía, deseo de reconocimiento, sexualidad reprimida, matrimonios desiguales e imaginario romántico. La sociedad no juzga igual la infidelidad masculina y la femenina. Cuando un hombre es infiel, su conducta puede ser tolerada, minimizada o incluso interpretada como una debilidad previsible. Cuando lo es una mujer, se considera una amenaza para la familia, el honor, la maternidad y el orden social.
Esta doble moral también tenía una traducción legal. En el Código Penal español de 1870, el adulterio castigaba sobre todo a la mujer casada, mientras que la infidelidad masculina solo era penalmente relevante en casos concretos, como tener una amante dentro de la casa conyugal o mantener una relación escandalosa. Esta asimetría revela que el cuerpo de la esposa estaba sometido al derecho simbólico del marido.
Por todo ello, las adúlteras literarias solían pagar un precio altísimo: exclusión, convento, enfermedad, muerte, pérdida de los hijos o destrucción simbólica. La novela realista y naturalista muestra el deseo femenino al mismo tiempo que lo castiga.
Ahora: la exigencia de una felicidad constante
Hoy en día las mujeres disponen, en muchos contextos, de derechos, movilidad, independencia económica y libertad sexual impensables para una burguesa del siglo XIX. Esto no hace que la infidelidad desaparezca ni que sea fácil de explicar. En las mujeres, algunas investigaciones recientes subrayan la importancia de la insatisfacción relacional, la falta de comunicación, la falta de tiempo de calidad y la pérdida de intimidad dentro de la pareja. El matrimonio burgués les exigía obediencia. La pareja contemporánea exige felicidad constante. Y esta exigencia también puede agobiar. La televisión ha convertido este malestar en espectáculo.

Joan Limona y Enrique Gómez Polo/Wikimedia Commons
La isla de las tentaciones separa a las parejas y las hace convivir con personas solteras en un entorno diseñado para intensificar el deseo, los celos y la comparación. El programa fabrica la infidelidad como espectáculo: una mirada, un baile, una conversación íntima, un beso o una noche compartida se convierten en pruebas públicas. La Vetusta que murmuraba en los salones de La Regenta es ahora una audiencia masiva que comenta en directo.
El programa muestra a mujeres que también miran, juzgan, deciden, comparan, abandonan, desean y verbalizan lo que no funciona en su relación. En muchas ocasiones, la tentación es una versión alternativa de ellas mismas: más libre, más escuchada, más validada, menos atrapada en una relación deteriorada. Por tanto, la crisis es anterior a la aparición del amante.
Ahora bien, esta mayor capacidad de acción no elimina el juicio social. Las mujeres siguen teniendo que enfrentarse a una opinión pública especialmente severa: si son infieles, se las cuestiona moralmente; si no lo son, se las critica por dependientes o ingenuas. Hagan lo que hagan, el relato tiende a convertirlas en objeto de examen. La audiencia, los comentarios de Instagram, los vídeos de TikTok y los debates televisivos dictan la sentencia.
Después de la infidelidad: clandestinidad o puertas abiertas
La gran diferencia entre las adúlteras literarias del siglo XIX y las mujeres infieles representadas en el audiovisual actual es el marco de posibilidades. Antes, la mujer infiel a menudo no podía imaginar una ruptura clara, una separación socialmente viable o una reconstrucción autónoma de la vida. El adulterio era una salida clandestina porque no había otras puertas abiertas.
Hoy la infidelidad convive con otras opciones: romper, negociar, abrir la relación, ir a terapia, redefinir los límites o empezar de nuevo. Por eso ya no se puede explicar solo como una huida de una institución opresiva. También puede ser una respuesta mal gestionada a la insatisfacción, una búsqueda de intensidad o una manera de precipitar una ruptura que no se atreve a formularse.
Quizás por eso seguimos leyendo novelas de adulterio del siglo XIX y viendo programas de telerrealidad de parejas. Porque, detrás de la pregunta morbosa –“¿quién ha sido infiel?”–, hay otra que nos interesa mucho más: ¿qué formas de amor, de deseo y de libertad permite cada época a las mujeres?

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Fuente:
theconversation.com



