Madrid nunca engaña. Podrá ser injusta algunas tardes, exagerada otras y desesperante casi siempre, pero nunca engaña. Las Ventas termina poniendo a cada uno delante del espejo y San Isidro 2026 ha dejado para la torería sevillana una fotografía tan amplia como contradictoria. Porque Sevilla … ha tenido presencia, nombres, cartel y protagonismo. Ha tenido figuras, toreros emergentes, veteranos respetados y hasta el gran gesto de la feria. Pero cuando se hace balance y se cuentan los triunfos, el resultado deja poco margen para la discusión.
Sólo Diego Ventura salió de Madrid con la sensación inequívoca del éxito. El rejoneador de La Puebla del Río volvió a demostrar que su relación con Las Ventas pertenece ya a otra dimensión. Primero cortó una oreja en su comparecencia junto a Andy Cartagena y Guillermo Hermoso de Mendoza frente a los toros de Ángel Sánchez y Sánchez. Y una semana después, ante el hierro de María Guiomar Cortés de Moura,volvió a abrir la Puerta Grande de Madrid por vigésima vez. Veinte. Una cifra que ya no admite comparaciones dentro del rejoneo moderno. Mientras el resto de los sevillanos buscaban abrir una rendija en la feria, Ventura volvió a derribar la puerta principal.
A partir de ahí comienza otra historia. La de una delegación sevillana que estuvo presente en casi todos los grandes argumentos del serial, pero que encontró muy poca recompensa.
Quizá el nombre que mejor resume esa sensación sea el de Borja Jiménez. El torero de Espartinas llegaba a Madrid convertido en una realidad incontestable del escalafón. Primero toreó la corrida de Jandilla y Vegahermosa y días después asumió el compromiso más fuerte de toda la feria: encerrarse en solitario en la Corrida In Memoriam de Ignacio Sánchez Mejías, anunciada con toros de Domingo Hernández y Toros de Cortés. Un gesto de los que construyen carreras. La apuesta era enorme. También el riesgo. Pero la tarde quedó prácticamente dinamitada desde el sorteo. Varios toros titulares no sirvieron, hubo devoluciones y tuvieron que salir sobreros, hasta convertir la encerrona en una corrida remendada y sin el argumento ganadero que necesitaba una cita de tanta dimensión. Borja puso voluntad, firmeza y valor, pero la tarde nunca terminó de coger vuelo. También la espada volvió a pasar factura. Se marchó sin el premio que merecía la magnitud de su apuesta, aunque Madrid también mide el valor de los gestos y pocos tuvieron más importancia que el suyo.
Tampoco consiguió despegar Pablo Aguado. El sevillano era uno de los nombres más esperados por la afición venteña y compareció hasta en tres ocasiones. Lo hizo con la corrida de Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto junto a Manzanares y Juan Ortega; volvió con los toros de Garcigrande; y cerró su ciclo con la de Juan Pedro Domecq. Tres tardes, tres oportunidades y demasiadas puertas que nunca terminaron de abrirse. Hubo toreo de capa de enorme sabor, muletazos que por momentos devolvieron a la plaza la ilusión de encontrarse con el mejor Aguado y destellos suficientes para recordar que su concepto sigue siendo uno de los más personales y esperados del escalafón. Pero la feria terminó escapándosele entre los dedos. Entre la polémica vivida en su primera comparecencia y una tarde marcada por los problemas con la espada y el descabello hasta escuchar los tres avisos, Aguado nunca logró encontrar la continuidad necesaria para construir una obra completa. Madrid sigue esperándolo. Quizá porque conoce de sobra el toreo que lleva dentro. Y precisamente por eso, porque sabe de lo que es capaz, la sensación que dejó su paso por San Isidro fue más de oportunidad aplazada que de fracaso consumado.
Algo parecido ocurrió con Juan Ortega. El diestro nacido en Triana compareció primero con los toros de Núñez del Cuvillo y posteriormente con la corrida de Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto. En ambas tardes dejó pinceladas de ese toreo pausado y profundo que lo ha convertido en uno de los nombres más personales del escalafón. Hubo muletazos de enorme aroma, momentos de quietud y naturalidad, pero Madrid no vive de pinceladas. Vive de obras completas. Y Ortega abandonó Las Ventas con la sensación de haber mostrado el camino sin llegar a recorrerlo entero.
Daniel Luque, por su parte, volvió a dejar una de esas ferias que explican perfectamente quién es. El de Gerena compareció con la corrida de El Parralejo junto a Sebastián Castella y David de Miranda y regresó la semana después con los toros de Fuente Ymbro. No encontró materia prima para grandes titulares, pero sí volvió a demostrar la capacidad, el oficio y la regularidad que lo han convertido en uno de los toreros más sólidos de los últimos años. Quizá nadie salió por la Puerta Grande, pero pocos mantuvieron tan intacto su prestigio como él.
Manuel Escribano y Pepe Moral
En el capítulo de las corridas duras aparecieron Manuel Escribano y Pepe Moral. El primero se anunció con los toros de Adolfo Martín, una ganadería que ha dejado momentos importantes en su carrera. Esta vez, sin embargo, no encontró el toro que le permitiera reeditar viejas gestas. El segundo afrontó la exigente corrida de José Escolar, uno de esos compromisos que pocos quieren y que él jamás rehúye. Tampoco encontró recompensa. Ni el de Gerena ni el de Los Palacios consiguieron tocar pelo, pero ambos volvieron a demostrar por qué siguen siendo dos de los toreros más respetados por el aficionado madrileño.
Y merece también un capítulo especial El Cid. El maestro de Salteras compareció primero en la Goyesca de la Feria de la Comunidad, con toros de El Pilar, una cita previa al ciclo isidril que tuvo más valor simbólico que repercusión numérica. Pero su presencia sevillana en Madrid no terminó ahí. Ya dentro de San Isidro volvió a hacer el paseíllo frente a los toros de La Quinta. A estas alturas de su carrera los balances ya no se miden únicamente en trofeos. Se miden también en respeto. Y pocos toreros pisan el ruedo madrileño con la autoridad moral que conserva todavía el sevillano. Su presencia fue uno de esos recordatorios de que algunas trayectorias trascienden los resultados de una tarde concreta.
Novilleros sevillanos en San Isidro
La Sevilla novilleril tuvo este año un único representante en San Isidro: Martín Morilla. El de Morón se presentó en la novillada de Montealto, una de esas tardes que Madrid convierte en examen sin previo aviso. Le tocó un encierro con emoción, exigencia y transmisión, de los que obligan a estar siempre colocado y no permiten esconder ninguna carencia. Mientras Álvaro Serrano acababa cruzando la Puerta Grande, Morilla se marchó de vacío en el marcador. Pero Madrid no siempre cuenta la verdad completa a través de las orejas. El sevillano conoció de primera mano la dureza de una plaza que no concede treguas a nadie, y menos aún a quien empieza a llamar a la puerta. No fue una tarde para disparar su nombre en los titulares, pero sí una de esas comparecencias que curten, enseñan y ayudan a entender por qué Las Ventas sigue siendo el doctorado del toreo.
Pero el balance sevillano tampoco puede entenderse sin analizar el momento que atraviesa actualmente Las Ventas. Madrid vive una de las épocas de mayor pujanza de público de los últimos años. Los llenos se han sucedido durante buena parte del serial y la plaza ha recuperado una fuerza social que parecía impensable hace apenas una década. Sin embargo, junto a esa magnífica noticia también ha aparecido una realidad cada vez más evidente: poner de acuerdo a Madrid resulta hoy más difícil que nunca.
Madrid sigue siendo la plaza que mide la verdad del toreo, pero también una plaza donde cada vez cuesta más encontrar consensos
Los tendidos viven instalados en una discusión permanente. Las protestas surgen con una facilidad asombrosa, los criterios chocan de un sector a otro de la plaza, las discrepancias se convierten en broncas y no han faltado tardes en las que alguna copa de más ha terminado elevando el ruido por encima del propio espectáculo. Da la sensación de que cada aficionado acude a Las Ventas con una corrida distinta en la cabeza. Y en medio de ese ambiente tan fragmentado han tenido que desenvolverse también los sevillanos.
Quizá por eso resulta todavía más complicado calibrar algunas actuaciones. Porque Madrid sigue siendo la plaza que mide la verdad del toreo, pero también una plaza donde cada vez cuesta más encontrar consensos. Sin embargo, cuando finalmente ocurre, cuando toro, torero y tendido se encuentran en el mismo punto y toda la plaza se rompe al mismo tiempo detrás de una emoción compartida, sigue produciéndose algo irrepetible. Existen muy pocas plazas en el mundo capaz de emocionar tanto cuando decide unirse.
Así termina el balance sevillano de San Isidro 2026. Una feria de grandes nombres y escasos triunfos. De muchas expectativas y pocas recompensas. De gestos más que de trofeos. Una feria donde Ventura volvió a hacer historia, Borja asumió el reto más grande y el resto chocó contra la dureza habitual de Las Ventas.
Porque Madrid sigue siendo exactamente lo que siempre fue. La plaza donde los sueños cotizan más alto que en ninguna otra parte. Y también la plaza donde más caro se pagan los fracasos. Sevilla regresará el próximo año al ciclo isidril. Lo ha hecho siempre. Pero esta vez se marcha con más preguntas que respuestas.
Fuente:
www.abc.es



