Hay una fotografía que Iñaki Gómez Álvarez (Madrid, 1968) reproduce en su ensayo ‘Escaparate’ (Páginas de Espuma). Es de 1911, está tomada en Washington y muestra a un niño de seis años dentro de un escaparate enseñando a los transeúntes a hacerse el nudo … de corbata. Empieza su jornada a las nueve de la noche, cuando la multitud se arremolina en la acera, igual que décadas después se reunirá ante el televisor. El escaparate es la piel de la ciudad, sostiene Gómez Álvarez. No solo vende productos: entrena una forma de mirar.
Esa mirada –la que pasó del cristal al televisor– es la misma que hoy nos mantiene enganchados a la pantalla del móvil. «El teléfono móvil es el peor de los escaparates posibles», resume. «Es un escaparate negro, muy profundo». Detrás de él hay grandes compañías cuyo negocio consiste tiempo de atención. Las pantallas comparten con los escaparates la proyección del deseo y la promesa de una vida mejor. «Es un salto grande porque la tecnología lo permite, pero el nervio de la mirada se mantiene».
Premio Málaga de Ensayo por este libro, Gómez Álvarez sostiene que la ciudad puede estudiarse a través de sus escaparates: «A través de su transparencia y de las imágenes que van componiendo a lo largo de la calle, como una secuencia fílmica». Habla de una ‘cinta de cristal’. «Igual que esos fotogramas que están divididos por unos ligeros montantes, como los de los escaparates. Nosotros somos transeúntes que hacemos un travelling y vamos viendo cómo funcionan la sociedad y la economía».
El cierre de ‘Tipos Infames’
Gómez Álvarez describe un espacio que tiende hacia la homogeneización. Las marcas globales han absorbido al comercio local y los escaparates de Madrid se parecen hoy a los de Berlín o Seúl. «Con los murales led ya no estás viendo la tienda ni el género, sino lo que ellos quieren proyectar desde algún otro sitio. Hay un poco de ocultamiento», advierte.
El concepto de escaparate está íntimamente ligado al de paseante, al ‘flâneur’ que recorre la ciudad sin prisa y aprende de ella, aunque es una figura cada vez más escasa. «Quizá estamos más acelerados y no bajemos a la calle a hacer esa contemplación. Ahora la hacemos más estática y más en privado», señala. «Ojalá se conservara la idea del paseante, especialmente por los niños. Que pudieran tener más tiempo en la calle, más tiempo para el paseo y ver qué es lo que está ocurriendo».
Un niño muestra desde dentro de un escaparate cómo anudarse el nudo de la corbata.
(Lewis hine)
Al hilo de lo que plantea Colin Ward en ‘El niño en la ciudad’, Gómez Álvarez sugiere que existe una suerte de lucha de clases entre niños y adultos. La ciudad ha ido expulsando a los menores del espacio abierto, confinándolos primero en parques prefabricados, luego en urbanizaciones cerradas. «Por eso los niños se rebelan contra la reducción del espacio, contra el confinamiento en unos rediles específicos donde tienen unos juegos que no siempre han elegido».
El último confinamiento es el de la pantalla, el «chupete digital». «He visto niños que apenas pueden andar con el teléfono en la mano, trastabillando. Ver eso es angustioso, es horrible». El escaparate tradicional –la vida del niño en la calle– actuaba como pedagogía involuntaria. El niño recibía una educación visual y social. Había un cierto espacio compartido, una interacción con lo inesperado. Aprendía a mirar. «Ahora pueden pasarse horas en un scroll infinito del que no van a recordar nada».
‘Escaparate’

Las redes sociales intensifican ese efecto. «Ha proliferado la figura del influencer, personas que construyen una vida ficticia que tú no vas a poder alcanzar porque no tienes a toda la gente que te esponsoriza ni los recursos para hacerlo. Pero ese es el modelo que se ofrece. Todo el mundo quiere estar en el escaparate», explica Gómez Álvarez, que como profesor de educación secundaria es un espectador privilegiado. Este escaparate moderno es «muy negro, muy profundo».
Gómez Álvarez invoca a Diderot, que estudió el caso de ciegos de nacimiento que, al recuperar la vista, no lograban completar ciertos procesos mentales. Si la ausencia de estímulo visual marca la formación cerebral, argumenta, la sobreexposición a un estímulo empobrecido y repetitivo también tendrá consecuencias. «Estar constantemente delante de una pantalla va a afectar a la formación del cerebro, de la personalidad y de la identidad». Y detrás de esas aplicaciones diseñadas para retener al usuario no hay vocación pedagógica, sino cálculo empresarial.
«Ojalá se conservara la idea del paseante, especialmente por los niños. Que pudieran tener más tiempo en la calle»
En ‘Escaparate’, el autor reflexiona además sobre la idea de la ciudad como museo, una exposición permanente al aire libre, con su reverso negativa: «A veces musealizamos las ciudades y no permitimos que los ciudadanos las vivan, sino que las exponemos para el turismo. Esta comercialización va en contra de vivir en la ciudad, se impone al ciudadano y en ese sentido es rechazable».
Gómez Álvarez describe la ciudad como una realidad cambiante. «El escaparate cambia cada temporada. Esa mutación constante es la que potencia el efecto de caleidoscopio y el efecto del collage». Los letreros y azulejos que sobreviven a los negocios desaparecidos «son trocitos de historia», explica. «Se va componiendo un palimpsesto de rótulos e imágenes que, con el tiempo, puede crear un collage fascinante, histórico».
«Estar constantemente delante de una pantalla va a afectar a la formación del cerebro, de la personalidad y de la identidad»
«La ciudad cambia más rápido que el corazón de un hombre», afirma el autor del ensayo. «Es muy triste. Saber que va a una velocidad de vértigo, que nunca nos vamos a adaptar del todo, que siempre la vamos a perder un poco, que nos tenemos que acostumbrar a esa fugacidad. Constantemente llegan personas nuevas a las ciudades, llegan nuevas ideas y todo se acelera». Como la vida misma.
Fuente:
www.abc.es



