Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) tiene el tamaño de una montaña y la biografía de un país. Hizo la revolución en Nicaragua, ayudó a derrocar al dictador Anastasio Somoza y fue vicepresidente con Daniel Ortega, el hombre que luego se convirtió en dictador y que … acabó retirándole la nacionalidad y condenándole al exilio y la muerte civil. Desde entonces, Ramírez vive en España, donde ha echado raíces y ha recibido premios. El último, su elección como nuevo académico de la RAE, donde ocupará la silla que dejó vacante Mario Vargas Llosa, otro escritor que quiso cambiar el mundo y fracasó. Acaba de publicar ‘La maldición de Ramfis’ (Alfaguara), donde recupera al inspector Dolores Morales, que ahora está exiliado en Costa Rica y tiene que resolver un misterio en un barco.
—Vuelve a escribir sobre el exilio… ¿Hasta qué punto le sigue doliendo esa herida?
—Cinco años de exilio es un periodo que marca mucho la vida. Yo estuve exiliado durante el régimen de Somoza, pero fue un exilio diferente. Era un exilio muy dinámico, porque yo era parte de la fuerza de la resistencia contra Somoza, me gustaba mucho la conspiración, que ahora reflejo en los libros… Hoy el exilio es distinto. La primera idea que campeé era la de no regresar nunca a Nicaragua. No sé cuánto va a durar esta dictadura ni sé cuánto voy a vivir yo. Y esa es la marca de mi exilio. Por otro lado, la opción de vivir definitivamente en España me trae un proceso de readaptación. De readaptación social, ciudadana. Me estoy haciendo cargo de otro tipo de existencia, en otro ambiente muy distinto al de Nicaragua. Y eso es un aprendizaje también.
—No deja de volver a Nicaragua en sus libros.
—Es una nostalgia literaria. Hace poco me puse a escribir un cuento, a inventarme un regreso clandestino a Nicaragua. Esos ejercicios de la mente, de la ficción, de la memoria, son una especie de pago a la nostalgia. Nostalgia por el país que no he vuelto a ver, un país donde el lenguaje va cambiando, obviamente, y yo estoy ausente de esos cambios [deja un silencio]. El tema de esta serie de novelas es qué fue de la revolución, en qué se transformó aquel sueño de hace tantos años, si no en una dictadura donde campea la corrupción. Ahí puedo reflejar en la ficción todo lo que es la realidad del país. Es decir, para mí lo primero es el acercamiento es periodístico a esa realidad.
«No sé cuánto va a durar la dictadura en Nicaragua ni sé cuánto voy a vivir yo: esa es la marca de mi exilio»
—Va a ocupar la silla de Vargas Llosa en la RAE. ¿Qué relación tenía con él?
—Tuve una relación muy cercana tanto con García Márquez como con Vargas Llosa. Ninguno de los dos habló del otro ni mal ni bien delante de mí [ríe]. A Mario lo conocí en el año 79, en Dinamarca. Yo andaba con Ernesto Cardenal buscando solidaridad con la revolución y fuimos a un congreso de escritores del PEN Club en Elsinor. Mario, que era entonces el presidente del PEN Internacional, estaba allí. Después él vino a Nicaragua a escribir reportajes para ‘The New York Times’ y también a grabar un programa en los primeros años de la revolución…
—Ambos fracasaron en política…
—Sí, es curioso… En el año 90 perdimos las elecciones en Nicaragua, y él se presentó también a la presidencia del Perú y fracasó. La revista ‘Granta’ me pidió luego que escribiera un artículo largo sobre mi experiencia tras la derrota electoral, y en el mismo número que se publicó había otro texto Vargas Llosa sobre su derrota. Su narración se convirtió en ‘El pez en el agua’, y la mía en ‘Adiós, muchachos’. Y, bueno… No sé qué hubiera pasado si Mario hubiera sido presidente del Perú. Ser presidente del Perú me parece que es la tarea más difícil del mundo [ríe otra vez]. Quiero dedeicar mi discurso de ingreso en la RAE a la obra de Vargas Llosa, a lo que significó y lo que significa su obra en la literatura hispanoamericana.
—Dicen que la Academia sigue dividida entre escritores y lingüistas. ¿Cómo lo ve?
—El error empieza por dividir a los académicos entre solo lingüistas y solo literatos. No es así. Las palabras del idioma ejercen una fascinación igual para lingüistas y para escritores. Yo estoy fascinado por las palabras. Por asociarlas, por buscar su origen. Sobre todo viniendo de una lengua como el español que se habla en Nicaragua, que está tan mezclado de términos mexicas, chorotegas, mayas, donde hay regiones en el país donde todavía se habla como del Siglo de Oro, regiones aisladas que se quedaron perdidas en el tiempo y donde la lengua es arcaica. Es un idioma muy rico. Estoy siempre comparando los términos que se usan en Nicaragua y que ya no se usan en la península, o los términos con los que me encuentro aquí en la vida diaria y que allá son ajenos.
—¿Echa de menos esa música?
—Sí, sí, sí… Oírla me hace falta. Y he encontrado una ventana para escucharla, que es a través del TikTok [ríe]. Es fascinante el mundo del TikTok, me he dado cuenta ahora: hay gente de los ámbitos populares, de los barrios, del campo, que se vuelven lo que se llama ahora creadores de contenido. Y ahí estoy viviendo el idioma de todos los días, ese idioma que está envejeciendo en mi mente, y ahí puedo renovarlo y rejuvencerlo. Es como tener unas antenas puestas sobre el país.
—¿La lengua es una patria o eso es una exageración?
—En el español me parece que es muy cierto. Yo siempre recuerdo el caso de Milan Kundera, que se exilió en Francia. Sus libros fueron prohibidos en checo, y él se vio obligado a pasarse a escribir en francés, que es una lengua más universal… Mis libros están prohibidos en Nicaragua, y yo estoy exiliado, pero no he perdido nada en cuanto a la lengua. Crucé la frontera a Costa Rica y seguí hablando el mismo idioma. Atravesé el Atlántico y sigo hablando el mismo idioma. Me voy a Buenos Aires o a la Tierra del Fuego y es el mismo idioma. La lengua ha sido una verdadera patria para mí.
Fuente:
www.abc.es



