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El héroe inmortal: un nuevo estudio rastrea cómo Gilgamesh sobrevivió 3.000 años y se coló en la literatura grecolatina

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En 1890, el asiriólogo Theophilus Pinches trabajaba en el desciframiento de una tablilla cuneiforme del siglo VII a.C. cuando dio con un hallazgo que cambiaría la historia de la literatura universal. Detrás de Izdubar, la misteriosa figura citada en los textos, se escondía un nombre bien distinto: Gilgamesh. Los textos no dejaban dudas. Los expertos habían leído de manera incorrecta los signos que denominaban al mítico rey de Uruk y, con el descubrimiento, se abría la puerta a un nuevo terreno de investigación. Uno en el que el héroe Gilgamesh atravesaba las fronteras mesopotámicas para conquistar el Mediterráneo.

Un nuevo estudio firmado por el asiriólogo Alexander Johannes Edmonds, de la Universidad de Münster, propone un recorrido sorprendente por la figura de Gilgamesh más allá de las fronteras de la escritura cuneiforme. Según el estudioso, el rey de Uruk, su nombre y sus ecos narrativos, viajaron durante milenios a través de distintas lenguas y culturas, hasta el punto de dejar huella en textos griegos, hebreos, siríacos y árabes desde el siglo III a.C. hasta el siglo XV d.C. El artículo de Edmonds se convierte casi en un ejercicio de microhistoria literaria forense en la que la figura de Gilgamesh trasciende la épica cuneiforme sumeroacadia.

En 1890, se descubrió el nombre de Gilgamesh. Hasta entonces, los expertos habían leído incorrectamente los signos que denominaban al mítico rey de Uruk.

Tablilla de Gilgamesh
Tablilla de Gilgamesh. Fuente: The Trustees of the British Museum

Un método detectivesco para recuperar un personaje literario

Edmonds distingue entre dos grandes enfoques en el estudio de las transmisiones literarias antiguas. El enfoque de arriba abajo parte de la premisa de que los intercambios culturales se produjeron efectivamente, ya fuese por razones ideológicas o imperiales, y busca pruebas a posteriori. Según el autor, este método ha generado paralelismos entre Gilgamesh y Homero difíciles de falsificar y, por tanto, de validar científicamente.

La alternativa que propone el investigador es un enfoque de abajo arriba: comenzar desde la microhistoria, identificar firmas filológicas (esto es, elementos como las transformaciones fonológicas, las confusiones de escritura y la metátesis de letras) y, a partir de ellas, construir redes modestas, pero sólidas. Cada eslabón debe ser verificable de forma independiente. Si uno falla, la red se reconfigura, pero no se derrumba: es el método propio de un detective lingüístico.

Esta aproximación ha llevado a Edmonds no solo a revisar las cuatro transmisiones reconocidas de la figura de Gilgamesh fuera del cuneiforme que el consenso académico acepta, sino también a proponer tres nuevas. Esas tres transmisiones adicionales serían la aparición de Gilgamesh en Flavio Josefo, en el Talmud babilónico y en la novela griega Babiloníacas de Jámblico.

Según un nuevo estudio, el rey de Uruk, su nombre y sus ecos narrativos viajaron durante milenios a través de los textos griegos, hebreos, siríacos y árabes desde el siglo III a.C. hasta el siglo XV d.C.

Cilindro-sello (2400 a. C.-2200 a. C.) con una posible representación de Gilgamesh
Cilindro-sello (2400 a. C.-2200 a. C.) con una posible representación de Gilgamesh. Fuente: The Trustees of the British Museum

Gilgamos vuela sobre Roma: el testimonio de Eliano

La transmisión más conocida es la del escritor romano Claudio Eliano. A comienzos del siglo III d.C., el autor relata en su De natura animalium la historia de un rey babilónico llamado Gilgamos. Arrojado desde una acrópolis siendo bebé, un águila lo rescata y lo deposita en el jardín de un horticultor. Según esta fuente, el niño acabaría convirtiéndose en rey de Babilonia.

El nombre no parece admitir dudas. Edmonds argumenta que la forma «Gilgamos» no proviene de una lectura directa del cuneiforme, sino de una confusión visual entre las letras arameas yod y waw, prácticamente idénticas en la escritura de la época. Una de las versiones arameas del nombre (glgmys) pudo haberse leído glgmws, que en griego equivaldría a Gilgamos. Según el estudioso, esto apuntaría a una fuente semítica occidental, quizás siria o levantina, como posible intermediaria.

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No existe en la literatura cuneiforme ningún relato similar que narre el nacimiento de Gilgamesh. Sin embargo, el motivo del águila protectora sí aparece en el arte sirio-anatólico de la Edad del Hierro. Según sostiene la investigación, la fábula podría corresponder a una tradición oral independiente que circuló durante siglos en el Mediterráneo oriental antes de llegar a Roma.

La forma «Gilgamos» que cita el escritor romano Claudio Eliano no proviene de una lectura directa del cuneiforme, sino de una confusión visual entre las letras arameas yod y waw.

Maza dedicada a Gilgamesh
Maza dedicada a Gilgamesh en el Museo del Louvre. Fuente: Rama/Wikimedia

Rastros inesperados del rey de Uruk en el Talmud y en Josefo

En el Talmud babilónico, compilado entre los siglos III y VI d.C., aparece una misteriosa madera denominada gôlāmîš, mencionada con relación a la construcción del Arca de Noé. Aunque su etimología nunca ha quedado clara, su proximidad fonética con el término Gilgamesh (héroe asociado al cedro y al diluvio en la épica cuneiforme) resulta difícil de ignorar.

El investigador propone que el nombre de Gilgamesh pudo filtrarse en la erudición talmúdica a través de las transcripciones arameas de textos médicos y léxicos acadios, en los que el signo cuneiforme giš, que forma parte del nombre del héroe de Uruk, se utilizaba como determinativo para identificar distintos tipos de árboles y maderas. Tal confusión pudo haber hecho que Gilgamesh entrara, de incógnito, en el Talmud bajo la forma de un árbol.

Aún más sorprendente resulta su aparición en las Antigüedades judías de Flavio Josefo, escritas en Roma en el año 94 d.C. En una lista de descendientes del patriarca Jacob figura el nombre Golgomēs en lugar del bíblico Gersón. La forma coincide con la escritura aramea de Qumrán y sugiere que la comunidad judía de Roma conocía a Gilgamesh como un ancestro mítico mesopotámico. Este argumento encajaba con la tesis de Josefo sobre el origen mesopotámico del pueblo judío.

El autor propone que el nombre de Gilgamesh pudo filtrarse en la erudición talmúdica a través de las transcripciones arameas de textos médicos y lexicales acadios.

Figura del héroe que lucha con las fieras
Figura del héroe que lucha con las fieras. Fuente: Osama Shukir Muhammed Amin FRCP(Glasg)/Wikimedia

El tirano de Babilonia: Gilgamesh en la novela griega

La propuesta más audaz de Edmonds pasa por identificar a Gilgamesh con Garmos, rey de Babilonia, antagonista en Babiloníacas, la novela griega del siglo II d.C. de Jámblico. Garmos es un déspota caótico y libidinoso que persigue a los amantes Rodanes y Sinonis.

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El nombre Garmos carece de etimología griega convincente. Edmonds propone que podría derivar de una forma similar a gôlāmîš. Tal forma habría experimentado rotacismo bajo la influencia iraní, que habría transformado la l en r. Además, existe un corpus de cartas ficticias firmadas por un tal Garmos, rey de los babilonios, que aparece en la correspondencia atribuida a Apolonio de Tiana. Según el estudioso, esto sugiere que el personaje existía como figura literaria independiente antes de que Jámblico lo incorporara a su novela.

El rey de Uruk llegó a Roma, al Talmud y al Mediterráneo oriental, antes de convertirse en demonio en un grimorio egipcio del siglo XV.

Figura heroica con león Museo del Louvre
Figura heroica con león, Museo del Louvre. Fuente: Jastrow (2006)/Wikimedia

Vivir más allá del cuneiforme

La conclusión de Edmonds reorienta el debate sobre la influencia de la literatura mesopotámica en el mundo antiguo. De acuerdo con el estudio, la épica de Gilgamesh no parece haber cruzado el Éufrates en su forma íntegra. Lo que viajó fue algo más humilde: una fábula sobre un bebé rescatado por un águila, un nombre confundido con un árbol, un ancestro casi mítico.

Es probable que fueran los textos menores del currículo escolar de los escribas (los ejercicios de escritura, las listas lexicales) los que actuaron como vehículos de transmisión, no las grandes obras de prestigio. Gilgamesh sobrevivió gracias a escolares descuidados y burócratas aburridos, como señala Edmonds con ironía. Y así, fragmentado e irreconocible, el rey de Uruk llegó a Roma, al Talmud y al Mediterráneo oriental, antes de convertirse en demonio en un grimorio egipcio del siglo XV.

Referencias

Edmonds, A. J. 2025. «Gilgāmeš Beyond Cuneiform. Ancient Literary Transmission and the Role of Empire Reconsidered». Journal of Ancient Civilisations, 41. DOI: https://doi.org/10.17879/31918538765


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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