Llego a casa de noche y Carlos me hace la cena. Me ducho con prisa y me acuesto. Suena el despertador. Un café y corro al autobús. Diez horas de trabajo, porque dos son a turno partido. Vuelvo a casa. Y mañana, otra vez. Casi se me olvida que muchas de esas horas extra ni cotizan y que la ducha la pagué con dinero prestado. Tengo 25 años y soy mujer. Se espera que dé las gracias por trabajar y que no me quede embarazada, no vaya a ser que me reduzcan las horas. La hostelería es la gran olvidada, bajo el prestigio de grandes multinacionales se normalizan prácticas laborales que nunca debieron considerarse aceptables. Si denunciar injusticias es ser de cristal, quizás el problema nunca fue nuestra generación.
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Fuente:
elpais.com



