Durante años, no tuvo nombre ni rostro, solo un número, un número temible, eso sí. El inspector de policía 81.067 llegaba a la Audiencia Nacional con el traje gris y el maletín negro de los juicios, seguido de unos cuantos hombres y mujeres jóvenes, los agentes de su unidad especializada en delitos económicos, y cuando el juez o la jueza de turno reclamaban su testimonio, se acercaba tranquilamente, colocaba sus folios y su ordenador portátil sobre la mesa y en el banquillo de los acusados alguien creía escuchar la banda sonora de La muerte tenía un precio.
Desde que, allá por 2008, el inspector jefe Manuel Morocho empezara a investigar el caso Gürtel —la mayor trama de corrupción política, económica y policial vinculada al Partido Popular (PP)— ha visto cómo un centenar de sus investigados han sido condenados a penas de cárcel. No es de extrañar por tanto que, la semana pasada, los abogados de quienes desde la cúpula del Ministerio del Interior intentaron boicotear las investigaciones del inspector Morocho buscaran por todos los medios desacreditarlo. Pero la situación ha cambiado. Mucho.
Aquellos políticos y policías —Jorge Fernández Díaz, Francisco Martínez, Eugenio Pino, Marcelino Martín Blas— se sientan ahora en el banquillo de los acusados, y el inspector jefe Manuel Morocho sigue siendo quien era, el agente con la placa 81.067, un tipo corriente —ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco— cuya principal arma no era la pistola, sino la honradez. Sus jefes ahí sentados intentaron por las buenas y por las malas –ofertas de puestos muy bien pagados en embajadas, presiones, escuchas, seguimientos, amenazas—que dejara la investigación, pero, como ya contamos aquí mismo hace cinco años, el inspector Morocho ni se calló ni se fue. Siguió trabajando, cada vez con menos medios, pero siempre con la misma determinación. Un policía, un fiscal, un juez no necesitan un coro de periodistas que los defiendan en las redes sociales ni les hagan entrevistas a medida, más bien al contrario. Por eso, si ponemos en X los nombres del juez Pablo Ruz —quien desde la precariedad de su puesto de juez sustituto en la Audiencia Nacional emprendió la investigación al PP— o de Manuel Morocho apenas aparecen.
Hace unos meses, ya entrada la madrugada, me encontraba en el periódico como redactor jefe de cierre. La última edición impresa del diario estaba lista, pero, antes de irse, Ricardo de Querol, aquel día subdirector de guardia, me había alertado de una pequeña errata en la página 47 que, aunque se había corregido en las primeras ediciones, volvía a salir. “Debe de ser un fallo del sistema”, me había dicho, “no hace falta que retrases el cierre por eso, pero dímelo mañana para avisar a informática”. Efectivamente, la maldita errata volvía a aparecer como un fantasma. Se lo dije vía a WhatsApp a Julián Hernández, el responsable esa noche de control de producción: “Ya tenemos el periódico listo. No hace falta que nos retrasemos por la errata de la 47”.
—No te preocupes, la corrijo. Ya es por pundonor, para que el periódico salga bien.
La RAE dice que pundonor es el sentimiento que impulsa a una persona a mantener su buena fama y a superarse. Sus sinónimos hablan muy bien de ella: dignidad, orgullo, honor, honra, decoro. Hay una red invisible de hombres y mujeres con pundonor que sostienen sin darse importancia sus familias, sus empresas, su país, sin esperar más recompensa que la satisfacción del trabajo bien hecho. Ya sea desarticular una red de políticos y policías corruptos o cazar erratas al filo de la madrugada.
Fuente:
elpais.com



