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Un estudio pone en duda una de las ideas más repetidas sobre la caza prehistórica: los primeros Homo sapiens en Eurasia ya usaban estos objetos hace 40.000 años

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Durante décadas, la prehistoria europea ha contado una historia casi lineal sobre las armas de caza: primero la lanza de mano, después el propulsor y, solo mucho más tarde, el arco y la flecha. Pero esa secuencia, tan cómoda como extendida, acaba de recibir un golpe serio. Tal y como ha adelantado un estudio publicado en iScience, algunos grupos de Homo sapiens del Auriñaciense podrían haber utilizado sistemas de caza más diversos de lo que se pensaba, incluyendo tecnologías que hasta ahora se consideraban mucho más tardías.

La investigación, firmada por Keiko Kitagawa y otros especialistas de varias instituciones europeas, parte de un problema clásico de la arqueología prehistórica: las armas estaban hechas en gran parte con materiales perecederos. La madera de los astiles, las cuerdas, las varas y los propios arcos apenas sobreviven en el registro arqueológico. Lo que sí suele llegar hasta nosotros son las puntas fabricadas en hueso, asta o marfil, y ahí es donde se libra buena parte del debate.

Para poner a prueba la hipótesis tradicional, el equipo reprodujo decenas de puntas inspiradas en ejemplares del Paleolítico superior temprano hallados en yacimientos de Europa y el Levante. Después las sometió a un programa experimental exigente: 191 disparos en total, usando flechas, lanzas y dardos, y observando después cómo se fracturaban, cuánto penetraban y qué huellas de impacto dejaban. El objetivo era sencillo en apariencia, pero enorme en sus implicaciones: averiguar si una punta ósea puede delatar con seguridad el tipo de arma al que estuvo unida.

La respuesta, en esencia, es que no de una manera tan clara como se había supuesto. Tal y como indica el artículo científico, las marcas de rotura y desgaste de las puntas disparadas con arco se solapan ampliamente con las de aquellas montadas en armas lanzadas con propulsor. Es decir, una parte de las huellas que durante años se han interpretado como propias de dardos o lanzas no excluye, en realidad, el uso del arco.

El experimento que cambia la discusión

Uno de los datos más llamativos del trabajo tiene que ver con la eficacia de estas armas. Las pruebas mostraron que tanto los proyectiles lanzados con propulsor como las flechas podían producir penetraciones suficientemente profundas como para causar heridas letales en una presa. En promedio, las lanzas o dardos alcanzaron mayores profundidades, pero las flechas también mostraron una capacidad de penetración considerable, sobre todo cuando iban armadas con puntas más pequeñas.

Eso importa porque desmonta una idea demasiado simplificada: que las pequeñas puntas óseas solo podían cumplir funciones secundarias o que no eran lo bastante eficaces para la caza mayor. El estudio apunta, por el contrario, a que el tamaño de la punta, la materia prima empleada y el tipo de tejido impactado influyen tanto o más que el propio sistema de lanzamiento.

De hecho, una de las conclusiones más sólidas del trabajo es que los patrones de fractura dependen más del material —asta o hueso, por ejemplo— y de las dimensiones de la punta que del arma exacta con la que fue disparada. El asta mostró en muchos casos un mejor comportamiento frente al impacto, mientras que las piezas de hueso tendían a sufrir roturas más invasivas. Ese detalle no es menor: sugiere que los cazadores del Auriñaciense no solo elegían formas, sino también materiales con propiedades mecánicas distintas.

Los grupos de cazadores-recolectores del Auriñaciense podrían haber utilizado distintos tipos de armas arrojadizas
Los grupos de cazadores-recolectores del Auriñaciense podrían haber utilizado distintos tipos de armas arrojadizas. Foto: Wikimedia

La consecuencia es importante para la arqueología: muchas clasificaciones previas quizá han sido demasiado tajantes al vincular determinadas puntas óseas con un único sistema de caza. El nuevo trabajo no afirma que el arco fuera el arma dominante en la Europa de hace 40.000 años, pero sí obliga a aceptar que pudo formar parte del repertorio técnico desde mucho antes de lo que tradicionalmente se ha admitido.

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Una tecnología menos lineal y más flexible

El hallazgo encaja, además, con una visión más compleja de la expansión de Homo sapiens por Eurasia. Los grupos humanos que se asentaron en estos territorios no se enfrentaban a un solo paisaje ni a una única presa. Se movían por ambientes muy distintos, con bosques, estepas, relieves variables y animales de comportamientos también diferentes. En ese contexto, pensar en un único modelo de arma para todos los escenarios empieza a parecer poco realista.

Tal y como sugiere el estudio, es perfectamente posible que estos grupos combinaran varias tecnologías de caza al mismo tiempo: armas más pesadas para determinados animales o situaciones, y proyectiles más ligeros y precisos para otras. Lejos de una evolución en fila india —lanza, luego propulsor, luego arco—, el panorama que emerge es el de una caja de herramientas más rica, flexible y adaptada al entorno.

Eso también ayuda a explicar otro rasgo bien conocido del Auriñaciense: la notable diversidad de puntas y armaduras óseas documentadas en distintos yacimientos. Durante mucho tiempo esa variabilidad se interpretó sobre todo en términos tipológicos o culturales. Ahora gana peso una lectura funcional: quizá parte de esa diversidad respondía a formas distintas de enmangue, usos complementarios o sistemas de disparo diferentes.

Conviene, eso sí, no sobredimensionar el resultado. Los propios autores subrayan las limitaciones del trabajo. Sin arcos conservados, sin astiles completos y sin restos directos de cuerdas o emplumados, sigue siendo muy difícil identificar con certeza absoluta qué tipo de arma concreta usó cada comunidad o cada yacimiento. Pero precisamente por eso el estudio resulta tan relevante: no porque cierre el debate, sino porque obliga a reabrirlo con mejores preguntas.

Ejemplos arqueológicos procedentes de yacimientos auriñacienses de Vogelherd (Alemania), Isturitz (Francia) y Manot (Israel), comparados con piezas experimentales
Ejemplos arqueológicos procedentes de yacimientos auriñacienses de Vogelherd (Alemania), Isturitz (Francia) y Manot (Israel), comparados con piezas experimentales. Fuente: Keiko Kitagawa et al., iScience (2025)

Lo que cambia para entender a los primeros europeos modernos

La importancia del trabajo va más allá de una cuestión técnica. Saber con qué cazaban estos grupos ayuda a comprender cómo sobrevivieron, cómo se desplazaron y cómo lograron adaptarse con éxito a territorios nuevos. Una tecnología de caza más diversa implica también más capacidad de planificación, más especialización y, probablemente, una mayor flexibilidad económica.

En otras palabras, el arco y la flecha no serían aquí un simple detalle mecánico, sino una pieza más de una historia mayor: la de cómo Homo sapiens fue capaz de ampliar su nicho ecológico y asentarse con éxito en nuevos paisajes durante el Paleolítico superior inicial.

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Si el estudio tiene razón, una de las imágenes más repetidas sobre la prehistoria europea necesita matices urgentes. No porque todo lo anterior estuviera mal, sino porque la realidad, una vez más, parece haber sido bastante más sofisticada.

Referencias

Keiko Kitagawa et al. Homo sapiens could have hunted with bow and arrow from the onset of the early Upper Palaeolithic in Eurasia. iScience, published online December 18, 2025; DOI: 10.1016/j.isci.2025.114270


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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