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Trump y la línea roja del lenguaje político

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La amenaza de destruir una civilización entera no es solo un exceso retórico, sino un punto de quiebre en los límites del discurso político, que redefine la legitimidad del poder en el escenario internacional

Donald Trump ha cruzado una línea que no es militar ni geopolítica, sino discursiva. Al afirmar que Estados Unidos podría destruir una civilización en una noche, ha afectado los límites mismos de lo que resulta legítimo decir en el ejercicio del poder.

Los fines no cumplidos

La prolongación del problema

La línea roja discursiva

De la intimidación al efecto inverso

El futuro

Las guerras siempre han estado acompañadas de retórica, pero existen umbrales discursivos que, una vez superados, transforman la naturaleza del conflicto. El caso de Irán parece inscribirse precisamente en ese punto de inflexión.

Si la andanada discursiva de Trump continúa, el escenario internacional podría dejar de ser uno en torno a Estados Unidos y convertirse en uno definido por la necesidad de contenerlo

Los fines no cumplidos

La ofensiva impulsada por Estados Unidos junto con Israel partía del objetivo principal de debilitar el régimen iraní y propiciar un cambio de poder, con la expectativa de producir un efecto de desestabilización interna. Siguiendo la lógica de lo ocurrido en Venezuela, esto abriría el campo a nuevos negocios para estados unidos y consolidaría el poder estratégico de Israel en la zona.

Sin embargo, los resultados han sido distintos a los esperados. El régimen iraní no colapsó. Tras la eliminación de figuras clave, reorganizó rápidamente su estructura interna, mantuvo el control del territorio y conservó su capacidad de respuesta. Lejos de desmoronarse, mostró resiliencia.

Al mismo tiempo, Irán activó una estrategia paralela de ataques contra aliados de Estados Unidos que albergan bases militares, y consolidó la presión sobre el estrecho de Ormuz, mostrando que puede más el poder geográfico que el de los misiles. El impacto económico fue inmediato. El precio del petróleo reaccionó y la incertidumbre energética se trasladó a los mercados globales.

La prolongación del problema

El conflicto se prolongó, impactando la economía mundial y generando, al interior de Estados Unidos, un creciente sentimiento de rechazo por parte de la población frente a una guerra iniciada por ese país, atizada por Israel, y en un contexto en el que se aproximan las elecciones de noviembre.

Con esta prolongación, Estados Unidos comenzó a evidenciar límites en su capacidad de poder. A medida que el problema crecía, también aumentaban las contradicciones en el discurso de Donald Trump, que buscaba justificar las prórrogas concedidas a Irán, todo ello en medio del rechazo de aliados a respaldar la estrategia estadounidense. La coherencia discursiva también es una forma de autoridad, que se ha desmoronado en Trump.

La relación con los aliados se ha resentido. Europa ha mostrado reservas, algunos países han limitado su apoyo logístico y los aliados ahora no lo son tanto.

El mundo ha comenzado a percibir que Estados Unidos lo ha metido en un problema global con efectos económicos a largo plazo, y que puede escalar el conflicto hacia escenarios de mayor alcance internacional

La línea roja discursiva

En este contexto, la afirmación de que se puede destruir una civilización entera marca un punto de quiebre, por su contenido simbólico.

Irán no es solo un Estado contemporáneo. Es heredero de una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad, la civilización persa. Hablar de su destrucción implica introducir en el discurso político la posibilidad de aniquilación civilizatoria. Ese es el salto discursivo que tiene en el abismo a la moral política universal.

Las reacciones no se han hecho esperar. Diversas voces en el ámbito político, académico e incluso religioso han comenzado a señalar que una amenaza de esa naturaleza no solo es políticamente cuestionable, sino moralmente inaceptable.

La reacción moderada del Congreso estadounidense y de diversos sectores internacionales, ha comenzado a señalar un problema mayor, el de la pérdida de autoridad moral de Estados Unidos. Surgen entonces preguntas inevitables: ¿Es moral destruir una civilización entera para eliminar un liderazgo autocrático y teocrático? ¿Es moral lesionar deliberadamente a la población civil? ¿Es aceptable que un líder político enuncie semejante amenaza?

De la intimidación al efecto inverso

La lógica de esta declaración parecía la de intimidar a Irán. Sin embargo, el efecto ha sido distinto, porque la amenaza no se percibe solo como dirigida a un Estado, sino como una advertencia que afecta al conjunto del sistema internacional. Con ella se erosiona la legitimidad de quien lo emite. El poder contemporáneo no es únicamente material, es también narrativo. Y en ese plano, el daño es significativo.

En este escenario la culpabilización es ahora la reacción social y política. Sectores dentro y fuera de Estados Unidos comienzan a atribuir a la Casa Blanca la responsabilidad por la escalada del conflicto y sus consecuencias económicas y geopolíticas. La guerra comienza a ser interpretada como una decisión equivocada. El foco del conflicto se traslada desde el adversario hacia quien lo inició, condicionando los poderes constitucionales de Trump.

El futuro

Todo esto ocurre en el contexto de la transformación del orden internacional, porque el sistema surgido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en normas, instituciones y equilibrios relativamente estables, muestra hoy signos de agotamiento. Las potencias actúan cada vez más mediante decisiones directas y demostraciones de fuerza. La guerra contra Irán no es una excepción. Es un síntoma.

El mundo comienza a contemplar un escenario distinto, con alianzas energéticas alternativas, procesos de autoabastecimiento, acuerdos comerciales por fuera de la órbita estadounidense y una reconfiguración del sistema internacional.

Si la andanada discursiva de Donald Trump continúa, el escenario internacional podría dejar de ser uno en torno a Estados Unidos y convertirse en uno definido por la necesidad de contenerlo.


Fuente:

www.nuevatribuna.es

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