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Starmer anuncia que dimitirá como líder del Partido Laborista para dar paso a Andy Burnham

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Redacción — Este asunto vuelve a estar en el foco informativo.

En la vida hay que hacer a veces llamadas telefónicas muy difíciles, pero para un político británico ninguna lo es tanto como pedir a la centralita de Downing Street que le pongan con el Castillo de Windsor para informar al rey de su dimisión como primer ministro. Eso precisamente es lo que ha tenido que hacer esta mañana Keir Starmer, después de patalear, llorar y gritar como un niño pequeño desde la madrugada del pasado viernes, cuando su enemigo Andy Burnham ganó la elección de Makerfield y se convirtió en el nuevo héroe del Labour.

Con el laborismo hundido en las encuestas con solo un 19% de apoyos, el partido ha visto en el alcalde de Manchester a su Sigmundo, la única persona que en el Anillo de Wagner es capaz de sacar la espada de la piedra en la que está clavada. O su Sigfrido, que consigue reconstruirla a partir de los fragmentos que le ha dejado su padre, y la utiliza para matar al dragón Fafnir (que en este caso sería el líder de ultraderecha Nigel Farage) y obtener el Tesoro de los Nibelungos (una nueva victoria en las elecciones generales).

Un detalle de la rueda de prensa de Starmer la mañana del lunes. (Photo by Dan Kitwood/Getty Images)Dan Kitwood / Getty

El tiempo dirá si Burnham -que llevaba nueve años retirado de Westminster y exilado en Manchester- es efectivamente el héroe que busca el Labour. Pero hoy es el día del adiós de Starmer, que le ha dejado paso en un podio instalado a la puerta del 10 de Downing Street en una mañana calurosa y soleada más propia de Barcelona que de Londres, acompañado de su mujer Victoria y su guardia pretoriana, con ojeras, cara triste, voz entrecortada y aspecto de haber dormido muy poco. “Ahora me voy a dedicar a lo más importante en mi vida –dijo-, que es mi familia”.

Starmer admitió la realidad de que “el Labour ha decidido que no soy la mejor persona para liderarlo”, y anunció que otro (con casi toda seguridad su némesis Andy Burnham) estará al frente cuando el Parlamento regrese de vacaciones el 1 de septiembre, para presentar su programa ante el congreso del grupo ese mismo mes. Si el alcalde de Manchester no tiene oposición, será coronado el mes que viene. Si alguien le planta cara, el relevo se producirá a finales de agosto.

El que ha sido primer ministro desde Julio del 2024 tendrá, por tanto, tiempo para hacerse a la idea, analizar los motivos de su espectacular fracaso a pesar de haber disfrutado de una mayoría absoluta con más de 400 diputados, disfrutar un último fin de semana en la residencia campestre de Chequers, hacer la mudanza y acondicionar la casa familiar del barrio de Kentish Town, en el norte de Londres. Y también para tirarse de los pelos por haber desperdiciado una oportunidad al alcance de pocos.

En su breve discurso de despedida, Starmer presentó con su habitual falta de gracia una lista de sus logros como primer ministro, que son más bien pocos: “una economía más fuerte (discutible), sueldos que suben más que la inflación (a duras penas), construcción de nuevas infraestructuras (escasas), inversión (mucha menos que antes del Brexit), disminución de las listas de espera para operaciones en la sanidad pública (que siguen siendo larguísimas), mejora de los derechos de los trabajadores e inquilinos (reformas aguadas), el mayor gasto en Defensa desde el final de la II Guerra Mundial (el ministro del ramo dimitió hace unos días por considerarlo insuficiente para garantizar la seguridad nacional), la disminución de la inmigración tanto legal como ilegal, la prohibición del acceso a las redes sociales de los menores de 16 años, el acercamiento a Europa, el apoyo a Ucrania…”

“Ofrecimos cambio, luchamos por el cambio y lo hemos logrado”, proclamó Starmer, como empaquetando su desastroso mandato con un papel bonito, una cinta y un lazo, aunque dentro la caja del regalo esté vacía. Eso es lo que han dictaminado los votantes laboristas (y de otros partidos), que no han visto mejorar su calidad de vida sino más bien todo lo contrario, con los mismos políticos de siempre y el mismo establishment de siempre, hacienda las mismas promesas vacías de siempre.

Desde el punto de vista particular de Keir Starmer, “el Reino Unido ha recuperado su reputación en el mundo, defendiendo la decencia, el respeto y la primacía de la ley”. Cada uno se engaña a sí mismo como quiere y puede, y el primer ministro saliente no es una excepción. La realidad es que entró con mal pie en Downing Street aceptando regalos y entradas gratis a los partidos del Arsenal de mecenas, y cortando la ayuda a los jubilados para el pago de la calefacción en invierno, y a partir de ahí su mandato fue una sucesión de tumbos, trompos y marchas atrás, sin ningún tipo de visión, sin el carisma mínimo para presentar un relato creible, constreñido por la camisa de fuerza de un manifiesto laborista que aceptaba los límites de gasto público de los conservadores y descartaba la subida de los principales impuestos (sobre la renta y el IVA). Pronto descubrió que en ese escenario sus oportunidades para emprender el cambio prometido eran muy limitadas, y encima se complicó la vida con el error de párvulo de nombrar a Peter Mandelson (amigo del pedófilo Jeffrey Epstein) embajador en Washington. Eso le dio la puntilla.

El Reino Unido va a tener su séptimo primer ministro en diez años (la maldición del Brexit), y en Andy Burnham a un mejor comunicador y a un líder más empático que, igual que su predecesor, ofrece “cambio”. Pero que se va a encontrar con el mismo problema de un país endeudado hasta el tuétano (100% del PIB), que paga más en intereses que Grecia, Italia o España, un Estado de bienestar embotado con un presupuesto de casi 500.000 millones de euros anuales, una población envejecida donde cada vez menos gente trabaja y más vive de los subsidios, unas Fuerzas Armadas a las que se les rompen los portaviones y submarinos, y los impuestos más altos en setenta años. Si quiere ser un héroe y matar con su espada al dragón de la decadencia, el pesimismo y el nacionalismo étnico, el Sigfrido del Labour ya se puede ir poniendo las pilas.

Ring, ring. “Buenos días, Majestad. Soy Keir Starmer, para informarle que dentro de un rato presentaré al país mi dimisón”.El primer ministro británico, Keir Starmer, ha anunciado este lunes que dará un paso al lado para facilitar la llegada de un nuevo liderazgo, presumiblemente el de Andy Burnham, el actual alcalde de Manchester.

Rafael Ramos

Abogado y periodista. Corresponsal de ‘La Vanguardia’ en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.


Fuente:

www.lavanguardia.com

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