Donald Trump está perdiendo la batalla de los mares en la guerra de Irán. La abrumadora superioridad militar estadounidense no ha servido para doblegar al régimen teocrático de los ayatolás, que ha conseguido bloquear el estrecho de Ormuz y estrangular la economía global. Tras más de un mes de guerra, Teherán sostiene el pulso y mantiene incluso opciones de escalada, con los hutíes de Yemen amenazando también con cerrar el estrecho de Bab al Mandeb en el mar Rojo.
Esa pinza marítima está siendo por el momento más efectiva que el ejército más poderoso del mundo. Ahora el tiempo corre en contra de Washington. Cada día que pasa crece la división dentro del trumpismo, la gasolina se encarece y el fantasma de una nueva recesión global crece. Trump necesita reabrir el estrecho de Ormuz urgentemente, pero sigue buscando cómo hacerlo sin asumir un fracaso. De ahí las continuas contradicciones en sus pronunciamientos públicos: ha afirmado que la guerra acabará “en dos o tres semanas” al mismo tiempo que amenaza con bombardear las plantas eléctricas iraníes, destruir sus desalinizadoras o tomar la isla de Jarg, el corazón petrolero del país persa.
Sin embargo, mientras el magnate republicano da alas a las negociaciones con Irán, el Pentágono ha ordenado el envío de unos 10.000 soldados estadounidenses más a Oriente Próximo. En consecuencia, el escenario de una invasión terrestre cobra fuerza: el despliegue de marines y tropas de élite especializadas en misiones paracaidistas apuntan a una posible operación en Jarg o las islas del estrecho de Ormuz. Sin embargo, lejos de liberar el flujo de hidrocarburos, un ataque sobre cualquiera de las dos ahogará todavía más al mercado energético y activará muy probablemente a los hutíes. Sin salidas militares garantizadas, el imperialismo de Trump empieza a hacer aguas en los mares de Irán.
La pinza marítima iraní: de Ormuz a Bab al Mandeb
Después de cuatro semanas de bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz, la temida recesión económica global ya está sobre la mesa. Con la interrupción del flujo del 20% del gas y el petróleo, los estragos sobre la economía ya son evidentes, especialmente en Asia, muy dependiente del flujo energético del golfo Pérsico. El precio del gas en la región se ha disparado un 90%. Bangladés, Filipinas, Myanmar, Nepal o Pakistán ya han impuesto topes al consumo y han cerrado instituciones públicas para sortear la crisis. Europa y Estados Unidos, menos dependientes del Golfo, han sorteado mejor el impacto, pero también lo notan. El precio del gas natural licuado se disparó hasta un 60% en el continente europeo antes de moderarse y la inflación en Estados Unidos ya apunta al 4,2% este año, el dato más alto de toda la OCDE.
Los otros grandes afectados son los países productores del Golfo, que no ven salida a sus exportaciones salvo a través de dos oleoductos en Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Kuwait y Catar exportan todo su petróleo por el estrecho, Irak el 97%, Arabia Saudí el 89% y Emiratos el 66%. A esto se le suman los ataques de Irán a sus infraestructuras energéticas: Catar ya ha perdido el 17% de su capacidad de producir gas natural licuado en los próximos cinco años. De alargarse el bloqueo, las petromonarquías de la región se verán obligadas a frenar su producción, ahondando en el desabastecimiento global y abriendo una crisis interna por problemas de abastecimiento de otros recursos clave para sus economías, desde alimentos hasta turistas.

Más allá de Ormuz, Irán se guarda otro as bajo la manga que sacaría a relucir tan pronto Estados Unidos decida invadir su territorio. Se trata de Bab al Mandeb, el estrecho opuesto a Ormuz situado en la península Arábiga, entre Yemen y Yibuti. De apenas veintiséis kilómetros de ancho en su punto más angosto y puerta de acceso al mar Rojo, por Bab al Mandeb pasa el 14% del comercio mundial y el 30% del tráfico de contenedores.
Su orilla este está amenazada por los hutíes, un movimiento armado chií alineado con Irán. Son parte del Eje de la Resistencia, la red de alianzas entre Irán y milicias regionales de Oriente Próximo, muy debilitada tras la guerra de Israel contra Hamás en Gaza y Hezbolá en Líbano y de la caída en 2024 de Bashar al Asad en Siria. A pesar de ello, los hutíes son una de sus últimas bazas de resistencia regional y los que más daño pueden infligir a la economía global en el contexto actual.
Inmersos en una guerra civil por el control de Yemen, los hutíes atacaron con misiles docenas de buques mercantes mientras atravesaban el estrecho de Bab al Mandeb en 2023 y 2024, en respuesta al genocidio de Gaza. Su amenaza obligó a desviar por África las rutas comerciales que se internan en Europa a través del canal de Suez, alargando los tiempos de viaje y encareciendo el transporte marítimo de mercancías.
Los ataques hutíes provocaron el lanzamiento de una operación militar conjunta entre Estados Unidos y varios países europeos, Guardián de la Prosperidad, para asegurar el flujo comercial del mar Rojo. Además, en 2025, Estados Unidos bombardeó posiciones hutíes para debilitar su capacidad de actuación. Sin embargo, la milicia chií sigue teniendo el cierre del estrecho de Bab al Mandeb al alcance de su mano: basta con incendiar un puñado de barcos para sembrar el caos y ahuyentar a las aseguradoras de las navieras. De ese modo, los hutíes pueden abrir un segundo frente inasumible para Estados Unidos.
Centrado en el golfo Pérsico, Washington no podría desbloquear Ormuz y Bab al Mandeb a la vez, al menos sin la colaboración de otros países. Por mucho que bombardeara desde el aire, los hutíes seguirían lanzando ataques fugaces y dispersos desde la costa yemení. Por esa razón, la pinza marítima a través de ambos estrechos es la gran baza militar que se reserva Irán en caso de una escalada mayor en la guerra contra Estados Unidos e Israel.
Si finalmente los hutíes entran en el conflicto —ya lo han hecho en cierta forma al lanzar varios misiles contra Israel en días recientes—, Irán cercenaría el comercio entre Europa y Asia, como pasó con el encallamiento del buque portacontenedores Ever Given en el canal de Suez en 2021. También restringiría aún más el suministro petrolero del golfo Pérsico a Asia, ya que el oleoducto saudí acaba en el mar Rojo y Riad sólo podría redirigir sus envíos a Europa.
El dilema de Trump
Trump no tiene opciones buenas para salir de esta crisis. Y se le nota. Según pasan los días, el tono del presidente denota cada vez más nerviosismo. Ha pasado de afirmar que los iraníes están “suplicando” por un acuerdo a plantear que Estados Unidos puede dar la guerra por concluida en cualquier momento. En este sentido, el Wall Street Journal afirmaba el pasado 31 de marzo que el presidente estadounidense se estaba planteando dar carpetazo al conflicto sin reabrir Ormuz. Unas horas después, Trump volvía a cargar contra los países europeos por su negativa a participar en una misión para desbloquear Ormuz, infiriendo que a Estados Unidos no le afectaba el corte de su suministro: “Pueden comprarnos petróleo, que tenemos mucho, o mandar su propia misión”.
Abandonar la guerra sin arreglar el desaguisado de Ormuz es una mala idea por dos razones. La primera es que supone reconocer la victoria de Irán. Por mucho que Trump lance el mensaje de que ellos ya han ganado, no resultará creíble con el régimen iraní que dijeron que cambiarían todavía en pie y la economía global en riesgo de recesión. La segunda razón, precisamente, es que si Estados Unidos abandona Irán, Teherán no tiene por qué reabrir Ormuz. De hecho, puede usar el bloqueo para obtener concesiones de Israel, los países del Golfo o el propio Estados Unidos. Anunciar una retirada de Oriente Próximo para luego verse forzado a sentarse a negociar con los iraníes aceptando sus términos sería una demostración de debilidad por parte de Trump.
La única forma que tiene Estados Unidos para evitar unas negociaciones que beneficien a Irán es abrir Ormuz por la fuerza. El despliegue de miles de soldados estadounidenses adicionales entrenados para tomar y retener territorio apunta a que la operación podría tener lugar en los próximos días. La incógnita es cómo y cuál será el alcance del ataque. Dos islas pueden ser su objetivo: Abu Musa, estratégicamente ubicada en el estrecho, o Jarg, la puerta de salida del crudo iraní.
La geografía de Ormuz lo convierte en una especie de desfiladero en el que los soldados iraníes utilizan la irregularidad de los montes Zagros para lanzar ataques relámpago y esconderse. Por eso Estados Unidos ha sido incapaz de desarticular a la Guardia Revolucionaria iraní desde el aire y la conquista del estrecho requiere controlar el territorio también desde el suelo. Si Washington pretende escoltar a los petroleros, primero debe establecer un perímetro de seguridad que le permita detectar amenazas y repeler misiles antes de que lleguen al mar.
Las islas Abu Musa y sus vecinas Tumb Mayor y Tumb Menor son ideales para ello. Primero, porque su propiedad, disputada entre Irán y Emiratos Árabes Unidos, crea un vacío legal que la Casa Blanca puede instrumentalizar para justificar una operación terrestre. Y segundo, porque están pegadas al estrecho de Ormuz y los canales de navegación que se internan en el Golfo discurren paralelas a su costa. Esa ubicación privilegiada las convierte en un centro de operaciones idóneo para asegurar un radio en torno al estrecho.
Por su parte, la alternativa de Jarg es más directa pero también más drástica. Al contrario que Abu Musa, la isla está lejos de Ormuz, en el norte del golfo Pérsico junto a la costa continental iraní. Su importancia reside en sus puertos: a través de ellos Teherán canaliza hasta el 90% de sus exportaciones petroleras.


Trump sopesa invadir o bloquear la isla para congelar las arcas públicas iraníes, que han seguido haciendo caja con el petróleo durante la guerra al permitir el paso de sus propias exportaciones. La idea de la Casa Blanca es que ese movimiento dejaría a Teherán indefensa y la obligaría a reabrir Ormuz. El gran inconveniente es que, por muy rápida que pueda ser la operación para tomar la isla, el gran reto sería resistir al asedio o los bombardeos con los que respondería Irán.
Asimismo, la toma de Jarg pondría en jaque a la producción petrolera iraní pero, por extensión, ahogaría todavía más el mercado global. Al cortar el grifo del petróleo iraní, que supone el 5% de todo el crudo del mundo, Estados Unidos empeoraría la crisis que intenta solucionar.
Por tanto, ninguna de las dos operaciones asegura una intervención rápida y exitosa. Irán puede resistir y atacar las posiciones estadounidenses en Jarg y Abu Musa desde las costas. La República Islámica podría lanzar drones, lanchas rápidas y minas desde el entramado de cuevas y túneles con los que cuentan por los cientos de kilómetros de costa, aumentando considerablemente el número de bajas en el Ejército norteamericano. Por no hablar de Bab al Mandeb, cuyo cierre podría complementar o sustituir al de Ormuz.
Aunque un cierre total de los dos estrechos es improbable, el aumento de la conflictividad en la región reduciría aún más el tránsito de barcos, lo que supondría un golpe histórico a la economía global. Esa es la gran carta geopolítica de Irán, a quien su situación de vulnerabilidad e incluso amenaza existencial le empujan a llevar la guerra hasta las últimas consecuencias. Así, Trump no sólo se dirige hacia una derrota internacional que le puede costar las elecciones de medio mandato de noviembre, sino que por el camino puede arrastrar a una crisis al planeta entero.
Fuente:
elordenmundial.com



