Los edificios relucientes y futuristas del golfo Pérsico, promocionados en su día como símbolos de riqueza, estabilidad y ambición, aparecen ahora en las redes sociales envueltos en humo, con los restos de los misiles interceptados esparcidos al pie de sus fachadas de cristal.
De Riad a Abu Dabi y de Bagdad a Beirut, los conflictos que antes estaban bajo control se entrecruzan ahora para crear un amplio escenario de guerra que entraña el riesgo de extenderse por toda la región. Se trata de la primera vez que los países del Golfo se ven completamente arrastrados a un conflicto y esta conflagración, desencadenada por los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán y las aplastantes campañas de represalia de Teherán, podría convertirse en la Gran Guerra de Oriente Medio en la que convergerían numerosos conflictos y se produciría una reconfiguración irreversible del orden regional.
Para comprender hasta qué punto resulta insólita esta situación, conviene echar la vista atrás. A pesar de su brutalidad, los conflictos de la región en el siglo XX fueron de una naturaleza mucho más convencional. Las guerras árabe-israelíes acontecidas entre 1948 y 1973 consistieron en enfrentamientos de Egipto, Jordania y Siria contra Israel mediante combates que, en su mayor parte, se libraron entre Estados, con frentes y ejércitos bien definidos. La guerra entre Irán e Irak (1980-1988) destacó por ser un conflicto extenuante y de desgaste, caracterizado por la guerra de trincheras, bajas numerosas y un estancamiento prolongado, hasta convertirse en la guerra convencional más prolongada del siglo XX. La entonces recién creada República Islámica de Irán libró esa guerra en solitario, sin aliados internacionales, mientras que la URSS, Estados Unidos (EEUU), Francia y todos los países del Golfo optaron por apoyar al Irak de Sadam Huseín. Más adelante, en las guerras del Golfo de 1991 y 2003, Irak se enfrentó a coaliciones encabezadas por EEUU, con una gran potencia de fuego y ejércitos tecnológicamente avanzados. En su mayoría, estos conflictos consistieron en batallas entre Estados-nación con combatientes bien delimitados.
El presidente estadounidense Donald Trump promete que el conflicto llegará a su fin una vez transcurridas las “cuatro semanas” que pronosticó en un primer momento, pero cabe reconocer ya el conflicto actual como la tercera guerra del Golfo para EEUU. Cuatro semanas es mucho tiempo para una guerra en Oriente Medio. La guerra del Golfo de 1991 duró seis semanas, mientras que la guerra de Irak en 2003 acabó en menos de un mes. No obstante, la última guerra no terminó de verdad tras la declaración de “misión cumplida” de George W. Bush a bordo de un portaaviones frente a las costas de San Diego, puesto que estalló la insurgencia y apareció Estado Islámico, grupo terrorista aún en activo. Las consecuencias involuntarias de esta Tercera Guerra del Golfo ya se antojan nefastas y podrían derivar con facilidad en una Gran Guerra a un nivel regional más amplio, con participación de combatientes no estatales.
El motivo radica en la complicación del panorama a raíz de la evolución de las rivalidades regionales. Durante la guerra fría árabe entre las décadas de 1950 y 1970, el Egipto de Gamal Abdel Náser se enfrentaba con frecuencia a Arabia Saudí, Jordania, Siria e Irak, en muchas ocasiones mediante intervenciones directas –la más famosa, la de Yemen– y los combates se producían sobre todo entre gobiernos. Sin embargo, la “guerra fría” actual es diferente. Irán y Arabia Saudí pugnan por el poder a través de intermediarios, con Egipto desempeñando un papel más secundario. Las distintas milicias, facciones armadas y otros actores no estatales luchan ahora en nombre de potencias exteriores, por lo que el campo de batalla se ha convertido en un complejo entramado de guerra asimétrica. El conflicto ya no se reduce únicamente a fronteras y ejércitos, sino que consiste en una lucha fragmentada de múltiples facciones donde la influencia, la ideología y la supervivencia se entremezclan de un modo que dificulta que se pueda poner freno a la escalada bélica.
La crisis más reciente pone de relieve el funcionamiento de estas redes de intermediarios en la práctica. El 7 de octubre de 2023, Hamás lanzó un ataque a gran escala contra Israel que provocó una rápida respuesta militar de Israel y EEUU. Se culpó abiertamente a Teherán de orquestar el atentado, a pesar de no existir pruebas concluyentes de que hubiese dado órdenes directas. Esa es una de las características distintivas de las guerras por procuración del siglo XXI, puesto que la influencia se ejerce a través de intermediarios en vez de recurrir a la actuación de ejércitos convencionales. Esta dinámica recuerda a la Guerra Civil Libanesa, donde numerosos países apoyaron a las distintas facciones que combatieron en ese único conflicto. Sin embargo, las crisis actuales se extienden por zonas mucho más amplias y provocan una destrucción sin precedentes. De Libia a Yemen, de Siria a Irak y de Gaza a Israel, el coste humano y económico ha sido inmenso.
El fantasma de una “Gran Guerra”
En su conjunto, estas crisis superpuestas evocan el fantasma de una “Gran Guerra” en Oriente Medio y recuerdan a las guerras mundiales con epicentro en Europa, donde los conflictos individuales que se entremezclan por toda la región acaban conformando un escenario de combate extenso y caótico. Nunca ha habido tanto en juego. Los países del Golfo están plenamente involucrados y los centros urbanos se han convertido en zonas de combate, con peligro directo para la población civil. El abanico de actores es igual de diverso, desde milicias y monarcas a jeques, presidentes y comandantes militares, muchos de ellos haciendo gala de un silencio cauteloso, atentos al desarrollo de los acontecimientos mientras se modifica el equilibrio regional.
Además de las batallas convencionales o por procuración, el conflicto cada vez incluye más elementos de guerra de 5ª generación, con frentes difusos y la extensión del conflicto al ámbito cibernético, los medios de comunicación y las redes sociales. Las plataformas sociales, los contenidos de influencers y las herramientas de inteligencia artificial (IA) aceleran la propagación de desinformación y propaganda que sesga las percepciones, aviva las tensiones confesionales y oculta la verdad sobre los ataques y las muertes. Los deepfakes, las imágenes generadas por IA y los relatos engañosos permiten que los adversarios proyecten su influencia más allá de los campos de batalla convencionales, lo que complica la respuesta tanto de la población como de dirigentes regionales y potencias externas. El campo de batalla digital e informativo ha llegado a tener tanto peso como el físico.
En este contexto, instituciones tradicionales como la Liga Árabe y el Consejo de Cooperación del Golfo se encuentran bajo una enorme presión a raíz de esta prueba de fuego para su relevancia y su capacidad de mediación en el conflicto. De hecho, cada vez resulta más posible que sucumban a la presión y que su capacidad de resistencia se vea modificada conforme la arquitectura política de la región se vaya reconfigurando.
En la actualidad, Oriente Medio podría estar ante su primera Gran Guerra con una superposición de conflictos, intermediarios y rivalidades a través de distintas fronteras y ciudades. Al igual que en la Europa de las guerras mundiales del siglo XX, esta vorágine podría enquistar las diferencias a durante generaciones, o bien sentar las bases de un nuevo orden de convivencia. Su conclusión podría derivar en el equivalente regional al Tratado de Versalles, con un acuerdo integral que redefina las fronteras, la autoridad política y los mecanismos de gestión de controversias o bien que asiente las bases constitutivas de una organización capaz de preservar la paz. Al final, o la región se ve abocada a un caos irresoluble o acaba por lograr esa paz duradera que le ha sido esquiva durante tanto tiempo.
Lo trágico es que la primera opción parece la más probable. La Conferencia de Paz de París contaba con la figura de Woodrow Wilson, un presidente estadounidense que pretendía crear la Liga de Naciones y asentar una estabilidad duradera de forma sincera, mientras que en la coyuntura actual no se aprecian perspectivas similares. Con su carácter impredecible y su instinto transaccional, el actual presidente de EEUU tiene la sartén por el mango en esta situación. Algunos analistas especulan con la paradoja de que el caos y el desorden a nivel regional podrían responder a determinadas metas estratégicas. Un panorama de fragmentación podría encumbrar a determinados interlocutores, al tiempo que socavaría las restricciones sistémicas. En ese contexto, la región de Oriente Medio podría verse abocada a una coyuntura en la que el desorden no sería un efecto colateral sin más, sino, como opinan algunos, una característica deliberada del nuevo orden regional.
Autores: Tanya Goudsouzian, Ibrahim al-Marashi.
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Fuente:
www.realinstitutoelcano.org



