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Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es el toreo… moderno

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La corrida celebrada en la tarde/noche de ayer sábado en la plaza de El Puerto de Santa María fue de las que invitan a tirar la libreta, el boli y el móvil y unirse a la fiesta de más de 10.000 personas presas de una locura colectiva, felices y embriagadas de una desmedida agitación por lo vivido en el ruedo.

Ciertamente, Morante, Talavante y Ortega, con la inestimable colaboración de los toros de Álvaro Núñez, protagonizaron una tarde muy especial, centrada en principio en el cabeza de cartel, que apareció con un vendaje en su mano derecha tras la herida sufrida el jueves en Palma, y extendida, después, a Talavante, que triunfó ante un toro de bondad infinita, y al embrujo capotero de Ortega.

Invitaba la corrida, sin duda, a unirse a la fiesta… o no. Invitaba, también, a separarse de la algarabía y hacer una honesta reflexión sobre lo vivido.

Joselito el Gallo dejó la frase para la historia: “Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros”.

Eso lo dijo cuando lo dijo. Habría que haberle preguntado si, después de lo visto anoche, seguía pensando igual.

Pero tampoco hay que ser aguafiestas. La corrida celebrada en El Puerto fue un espectáculo, con el cartel de ‘no hay billetes’ en las taquillas, y el público se lo pasó en grande. Recibió a Morante como si fuera el hijo pródigo, con una ovación de época por su decisión de hacer el paseíllo con la mano derecha herida, y el sevillano respondió después con una entrega desmedida; y los espectadores disfrutaron de verdad con el buen toreo de Talavante y las pinceladas preñadas de belleza de Ortega con el capote.

Más que oponentes, los toros fueron amistosos acompañantes a los que solo les faltó sacar a hombros a los toreros

Junto a los tres toreros hubo seis toros de Álvaro Núñez, elegidos con mimo, que más que oponentes fueron amistosos acompañantes a los que solo les faltó sacar a hombros a los toreros en lugar de los capitalistas habituales.

Ya dijo una vez el padre del ganadero, Joaquín Núñez del Cuvillo, que él criaba toros para que triunfaran los toreros, y su hijo ha aprendido la lección. Sus toros están seleccionados, criados y elegidos para que triunfe Morante, que es su íntimo amigo, y quienes tengan la suerte de acompañar al sevillano.

Es decir, la fiesta de los toros se ha convertido hoy en la fiesta de los toreros, lo que desvirtúa la frase famosa de Joselito el Gallo.

A pesar de lo dicho, Morante no acabó de cogerle el aire a su primero, de escasas fuerzas en principio, pero que se vino arriba en el tercio final, y sorprendió a todos; en primer lugar, al torero, que solo pudo esbozar muletazos aislados ante la movilidad incansable del toro. Le concedieron una oreja porque el público aplaudía lo bueno, lo malo y todo lo que surgiera de las manos del torero de La Puebla, pero no la mereció. Por el contrario, el que sorprendió a la plaza ante el cuarto fue el matador. El toro se le había frenado en el capote y evidenció un carácter incierto que invitaba a la desconfianza. Estaba claro que Morante no se complicaría la vida con tal regalo…, pero se la complicó, y, en lugar de abreviar, insistió en un derroche de entrega hasta el dominio de la situación que le permitió dibujar muletazos de inesperada categoría. Se la jugó, ganó y volvió a errar con la espada a causa de su dolorida mano derecha.

El entusiasta público portuense pidió el indulto del toro quinto, Ponderoso, de 485 kilos, que pasó de puntillas y sin ganas por el picador, y embistió de verdad e incansable a la muleta de un confiado Talavante, —desigual ante noble segundo— que lo toreó a placer y de salón entre el júbilo general. Un toro bendito, para colocarlo encima de un televisor antiguo y disfrutarlo toda la vida; un santo nacido para que otros triunfen a su costa sin molestia alguna. Y Talavante lo hizo bonito, pero tanta dulzura suele carecer de emoción.

Y, quizá, lo más hondo —lo que son las cosas— salió de las muñecas de Juan Ortega. Le plantó cara a su primero, el único que desarrolló rasgos de brusquedad, y salió en el sexto dispuesto a triunfar y compartir la conmoción protagonizada por sus compañeros. Recibió a ese toro de rodillas en el tercio con una larga afarolada, continuó con tres verónicas con una pierna flexionada a la manera de Ordóñez, lances a la verónica después, un garboso galleo por chicuelinas para llevar el toro al caballo y un quite final por verónicas abrochado con una larga interminable… Toreo del bueno que después no pudo culminar ante la manifiesta sosería del animal.

Se han dicho y se dirán, se han escrito y se escribirán muchas exageraciones sobre la corrida de El Puerto. Es fácil contagiarse del entusiasmo, pero siempre es bueno volver la vista a la raíz. En este caso, a Joselito el Gallo. ‘Un día de toros…’ dijo el rey, y no de los toreros, acompañados por fieles y almibarados colaboradores… Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es el toreo… moderno.

Núñez/Morante, Talavante, Ortega

Toros de Álvaro Núñez, justos de presentación, mansurrones en varas, nobilísimos y colaboradores bondadosos con los toreros. El tercero desarrolló asperezas y al quinto se le concedió la vuelta al ruedo tras una fuerte petición de indulto

Morante de la Puebla: pinchazo y estocada trasera, perpendicular y caída (oreja); _aviso_ pinchazo y estocada contraria y baja (oreja).

Alejandro Talavante: estocada tendida, descabello y el toro se echa (ovación); estocada tendida _aviso_ (dos orejas).

Juan Ortega: estocada caída (ovación); dos pinchazos _aviso_ y tres pinchazos (silencio).

Morante y Talavante salieron a hombros.

Plaza de El Puerto de Santa María (Cádiz). 1 de agosto. Lleno de ‘no hay billetes’.


Fuente:

elpais.com

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