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¿Por qué ya no enterramos a los muertos en nuestras casas? Un original estudio revela las razones antropológicas

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Una urna con cenizas descansa sobre una estantería, junto a una fotografía y una vela que se enciende cada aniversario. En otra vivienda, un pequeño altar reúne objetos personales del difunto. En una tercera, un perfil digital sigue recibiendo mensajes años después de su muerte. Ninguna de estas prácticas requiere enterrar un cuerpo bajo el suelo y, sin embargo, todas comparten algo con sociedades que vivieron hace miles de años: la necesidad de mantener a los muertos cerca. ¿Por qué, si dejamos de enterrar en casa hace generaciones, seguimos buscando la manera de que nuestros difuntos no se alejen del hogar?

Un estudio reciente publicado en American Antiquity y firmado por Sabina Cveček, Timothy Earle, Carol Ember, Gary Feinman y William A. Parkinson, retoma esta pregunta desde la arqueología y la analogía etnográfica (el método que compara los restos materiales del pasado con las prácticas documentadas en sociedades vivas para inferir su significado social). La tesis central del trabajo se centra en el llamado entierro residencial. Tal práctica, que se caracteriza por enterrar a los muertos dentro o alrededor de la vivienda, nunca fue una rareza cultural, sino un patrón recurrente y funcional que la modernidad desmontó sin eliminar del todo la necesidad que satisfacía.

El llamado entierro residencial se caracteriza por enterrar a los muertos dentro o alrededor de la vivienda y nunca fue una rareza cultural, sino un patrón recurrente y funcional.

Interior de vivienda neolítica de adobe con suelo de tierra compacta y una plataforma elevada, luz cálida lateral, estilo doc

Cuando los muertos compartían los espacios con los vivos

Los antropólogos Ron L. Adams y Stacie M. King lo definieron en 2010 como «la práctica de enterrar a los difuntos dentro y en el entorno inmediato de las casas». El yacimiento de Çatalhöyük, en Anatolia central, por ejemplo, ofrece uno de los ejemplos mejor documentados. Ocupado aproximadamente entre el 7100 y el 5950 a.C., la gran mayoría de los enterramientos primarios aparecen bajo los suelos y las plataformas de las propias viviendas, vinculados a las «biografías» de las casas, es decir, a la historia acumulada de construcción, remodelación y abandono de cada estructura doméstica a lo largo de generaciones.

En algunos casos, los cráneos de los antepasados eran desenterrados, decorados y reintroducidos en la vida cotidiana de la vivienda antes de ser sepultados de nuevo. Esta costumbre sugiere que la relación con los muertos no terminaba con el enterramiento, sino que se prolongaba en el tiempo gracias a ciclos de exhumación y reinhumación. Este dato refuerza la idea de que la casa neolítica funcionaba como un organismo vivo cuya memoria material incluía literalmente a sus habitantes fallecidos.

Puesto que la evidencia procede de excavaciones dispersas en distintos continentes y de registros etnográficos parciales, y no de un censo sistemático de sociedades históricas, cualquier porcentaje global que se estimase no podría contar con el respaldo sólido de los datos. Lo que sí sostiene la evidencia acumulada es un patrón: desde Anatolia hasta los Andes precolombinos, pasando por comunidades del sudeste asiático estudiadas etnográficamente, enterrar bajo el hogar fue una solución recurrente, no una excepción exótica de comunidades aisladas.

En algunos casos, los cráneos de los antepasados eran desenterrados, decorados y reintroducidos en la vida cotidiana de la vivienda antes de ser sepultados de nuevo.

enterrar a los muertos en casa — imagen 2

Ancestros, propiedad y ritual: las tres razones de fondo

¿Por qué convivir literalmente con los huesos de los antepasados? La antropología de la muerte, que cuenta con Robert Hertz como referencia fundacional, identifica al menos tres funciones que explican la persistencia de esta práctica sin recurrir a la superstición como explicación fácil.

La primera es identitaria. Enterrar a los ancestros bajo el propio techo anclaba la pertenencia familiar a un lugar concreto, reforzando la continuidad del linaje generación tras generación. La segunda es casi jurídica: en sociedades sin registro escrito de la propiedad, los huesos de los antepasados operaban como una escritura de propiedad, prueba tangible de un derecho de ocupación y herencia sobre la tierra que ningún papel podía sustituir.

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La tercera se vincula al control ritual. Mantener al difunto dentro del recinto doméstico permitía a la familia gestionar el duelo y la memoria sin depender de instituciones externas, sacerdotales o estatales, algo especialmente relevante donde el acceso a un especialista religioso podía ser escaso, costoso o inexistente.

La presencia de restos humanos dentro de los espacios residenciales obliga tanto a una consideración particular del papel del difunto en la vida de los vivos como a reexaminar las relaciones entre los pueblos prehistóricos y sus antepasados fallecidos. El muerto no desaparecía de la vida cotidiana, sino que seguía formando parte activa de la organización social de la casa, presente en cada comida, cada nacimiento y cada decisión sobre el uso del espacio familiar.

Desde Anatolia hasta los Andes precolombinos, pasando por comunidades del sudeste asiático estudiadas etnográficamente, enterrar bajo el hogar fue una solución recurrente.

enterrar a los muertos en casa — imagen 3

La ciudad, el Estado y la salud pública sacan a los muertos de casa

Si el entierro doméstico cumplía funciones tan sólidas, ¿por qué se abandonó de forma tan amplia? La respuesta remite a tres macroprocesos que el historiador Philippe Ariès documentó para el caso europeo: la urbanización creciente, la formación del Estado moderno y la regulación sanitaria.

La densidad demográfica de las ciudades hizo inviable enterrar bajo cada vivienda. El suelo urbano se volvió un recurso escaso y disputado, mientras que las casas empezaron a apilarse en altura en lugar de extenderse alrededor de un patio familiar. Paralelamente, la consolidación del Estado moderno introdujo el registro civil y el catastro, instrumentos que sustituyeron la función simbólica de los huesos como prueba de propiedad: ya no hacía falta enterrar al abuelo bajo el patio para demostrar que la tierra era de la familia, bastaba un documento firmado y sellado por una autoridad reconocida.

Composición con una lápida de piedra, una estatua semisumergida y ruinas de un templo al fondo.

¿Cuánto sabes sobre cómo enterraban a los poderosos?

A ello se sumó la normativa sanitaria de los siglos XVIII y XIX. Las nuevas leyes empujaron los cuerpos hacia espacios autorizados y alejados de la vivienda por motivos de higiene pública, en un contexto de epidemias urbanas que asociaban, con mayor o menor fundamento científico, la proximidad de los cadáveres con el contagio. Ya en el siglo XX, la consolidación de un mercado funerario profesionalizado, con funerarias, morgues y servicios de embalsamamiento, terminó de desplazar la gestión de la muerte fuera del ámbito doméstico y la convirtió en un servicio contratado a terceros.

En sociedades sin registro escrito de la propiedad, los huesos de los antepasados operaban como una escritura de propiedad, prueba tangible de un derecho de ocupación y herencia sobre la tierra.

enterrar a los muertos en casa — imagen 4

Una desaparición incompleta

Con todo, el entierro doméstico persiste, de forma irregular, en zonas rurales donde la normativa urbana pesa menos, en comunidades indígenas que mantienen vínculos rituales con la tierra familiar y en comunidades de la diáspora que buscan reproducir prácticas de origen aun a distancia de su territorio ancestral. Reaparece también, de forma más forzada, en contextos de crisis. Los conflictos armados o los desastres naturales impiden el acceso a los cementerios formales y obligan, de facto, a improvisar enterramientos junto a la vivienda, como se ha documentado en distintos episodios bélicos y catástrofes recientes.

Aunque no existen estadísticas globales fiables sobre la magnitud de esta persistencia, el consenso académico apunta a algo más modesto, pero significativo. La necesidad de mantener a los muertos cerca no desapareció con la urbanización, el Estado moderno o la salud pública, sino que se transformó, buscando nuevos vehículos (la urna, la fotografía, el perfil digital) para seguir cumpliendo las mismas funciones de identidad, memoria y continuidad que antes cumplía el suelo de la propia casa.

Referencias

Ariès, Philippe. 2024. Morir en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días. Adriana Hidalgo Editora.

Cveček, S., Earle, T., Ember, C. R., Feinman, G. M. y Parkinson, W. A. 2026. «Funerary Placement in the Past and Present: Uses of Ethnographic Analogy for Archaeological Interpretation». American Antiquity. DOI: 10.1017/aaq.2026.10208

Hertz, Robert. 2025. «A Contribution to the Study of the Collective Representation of Death», en Death, Loss, Memory and Mourning in the Long Nineteenth Century, 1780–1914, pp. 93-101. Routledge.

Tarlow, Sarah y Liv Nilsson Stutz (eds.). 2013. The Oxford handbook of the archaeology of death and burial. OUP Oxford.


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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