De Peggy Guggenheim, la mítica coleccionista estadounidense, se cuenta que aparecía en público con un pendiente del pintor surrealista Yves Tanguy y otro del escultor abstracto Alexander Calder para demostrar su apoyo equitativo a ambas vanguardias. Patrizia Sandretto Re Rebaudengo (Turín, 67 años) conoce la anécdota. A menudo la han comparado con Guggenheim por su intensa labor de mecenazgo, y ella misma no rehúye el símil. “También tengo el coleccionismo en mi ADN, porque con 12 años ya acumulaba cajitas de pastillas”, recuerda. “En los ochenta descubrí las joyas, y en los noventa, visitando talleres de artistas en Londres, entré en contacto con el arte contemporáneo, que ahora es mi vida”. Si la sobrina de Solomon Guggenheim encargó joyas a medida a sus artistas, el caso de Patrizia es el inverso: de muy joven empezó a coleccionar piezas de bisutería norteamericana posteriores a la Gran Depresión de 1929, y de ahí saltó al arte contemporáneo.
Estamos en su nueva casa en la isla de San Giacomo, a una media hora en barco de Venecia, el día antes de la inauguración del tercer centro de arte de su fundación (los otros dos se encuentran en Turín y en la cercana Guarene), coincidiendo con los días de preview de la Bienal de arte que se celebra en la Serenissima en un ambiente político crispado por las movilizaciones contra la participación de Rusia e Israel. El nuevo centro implica un punto en común entre ambas mujeres, añadido al mecenazgo, el interés por las joyas poco convencionales y el cultivo de una imagen icónica, ya que Peggy Guggenheim compró un palacio inacabado que hoy alberga el museo que lleva su nombre, y Sandretto ha adquirido la isla para ese mismo uso. Otra coincidencia es que Patrizia también empezó coleccionando obra de sus coetáneos: “Mi colección es generacional, porque la empecé hace 30 años con artistas de mi edad. He crecido con ellos, sé sus necesidades. En 1995 decidí abrir la fundación para devolver a los artistas lo que he aprendido de ellos, produciendo sus obras y habilitando un lugar para exponerlas”.
La isla de San Giacomo, que fue un convento medieval y un polvorín napoleónico, pasó décadas en estado de abandono hasta que Sandretto y su marido, Agostino Re Rebaudengo, presidente y fundador de la compañía de energías renovables Asja Ambiente, se la compraron en 2018 al banco público Cassa Depositi e Prestiti. Desde 2022, en coordinación con la Superintendencia, órgano dependiente del Ministerio de Cultura italiano que se ocupa de la protección y restauración del patrimonio arquitectónico, lavaron y reutilizaron los 30.000 ladrillos de las ruinas de los antiguos polvorines para edificar un complejo donde destacan dos grandes naves destinadas al arte y también la propia residencia familiar, cuyo interiorismo ha corrido a cargo del cineasta Luca Guadagnino, viejo conocido de Patrizia desde que en 2002 ella lo invitó a participar en un festival de cine que organizaba en Turín.
Han construido además otros edificios para futuras residencias de artistas. También hay un jardín y un viñedo. La isla es autosuficiente en sus principales suministros, y obtiene la electricidad de paneles solares. De momento solo puede accederse por taxi acuático, aunque en el futuro parará en ella el vaporetto.
Guadagnino decoró la casa en un estilo art déco nuevo, con profusión de formas geométricas y colores intensos (el suelo es bermellón oscuro, y los alféizares se han pintado de dorado), y por todas partes está jalonada de obras de arte. El espacio parece en perfecto estado de revista, pero Patrizia explica que aún faltan detalles importantes, y su diseñador prohíbe hacer fotos hasta que esté terminada. “Si fuera por él, hasta entonces ni dormiríamos aquí, y menos aún invitaríamos a otra gente a entrar”, confiesa, entre resignada y divertida. “Pero nos parecía importante el gesto de recibir a los visitantes en nuestra casa, así que le dijimos que eso no podía ser. Por lo demás, hemos tenido una relación maravillosa con él”. Al día siguiente, el edificio estará abierto a las visitas como gesto de bienvenida, pero respetando los deseos de Guadagnino solo se podrá entrar previa imposición de una pegatina en la cámara del móvil.
A cambio, no hay límites a la hora de fotografiar el resto de la isla, donde destacan las espectaculares piezas de exterior de grandes nombres del arte contemporáneo internacional, como un cohete de Goshka Macuga, un árbol pintado de fucsia de Pamela Rosenkranz o una sirena de bronce de Thomas Schütte. También hay un letrero del colectivo Claire Fontaine que afirma PATRIARCHY = CO2 (“Patriarcado = CO2”), en referencia a las conexiones entre el cambio climático y la hegemonía masculina.

—Podría pensarse de usted que es una mujer burguesa con ideas conservadoras. ¿El arte ha abierto sus perspectivas? ¿Es feminista?
—En cierto modo, todas las mujeres lo somos. A través de mi fundación ayudo a las artistas a ser más conocidas y a trabajar en la misma situación que los hombres. Así que sí, sin duda. Cuando compro una obra nunca es pensando en colgarla sobre mi sofá, siempre he puesto más atención al arte que trata temas políticos y sociales.
—¿Qué opina de la atención que se está prestando a la política en la Bienal?
—Me parece una lástima que se esté hablando tanto de política y casi nada de arte. Hay una fantástica exposición central y muchas otras maravillosas en los museos venecianos. Pero todos los días se habla de lo que ha dicho el presidente de la Bienal, de que el jurado ha dimitido, etcétera. ¡Hablemos también de las obras!
—Pero, se quiera o no, el arte tiene una dimensión política.
—Sí, eso es verdad. Por supuesto, el arte debe ser político, no solo estético o tener belleza. Y los artistas deben ser libres para expresarse. En mi colección puede apreciarse.
Una colección que incluye a las escultoras españolas Teresa Solar y June Crespo, pero también al estadounidense Ian Cheng, interesado en el uso de la inteligencia artificial como herramienta artística. “No creo que la IA pueda sustituir al talento y la creatividad de los artistas”, afirma. “Es al revés, el artista puede utilizarla como un medio más. Es bueno que la tecnología más avanzada sea parte del arte”.
—¿Y en la creación literaria o periodística? Cada vez se ven más textos que parecen escritos con ChatGPT.
—Es cierto, pero siempre se nota que no salen de la mente de un escritor o periodista. Yo lo tengo claro. Estoy segura de que los periodistas seguiréis escribiendo: un texto hecho por IA no puede sustituir a uno real.

Otro de los artistas que han recibido el encargo de instalar una obra monumental en la isla es Hugh Hayden (Dallas, 42 años). Huff and a Puff es una iglesia de madera con una inclinación de 40 grados que remite a la historia de la casa de los tres cerditos y el lobo que sopla para derribarla. Mientras monta el crucifijo que preside el interior, Hayden alaba la libertad con la que ha trabajado en esta producción: “Era un gran reto, pero Patrizia es una apasionada. No me puso ningún límite. No hay tanta gente que haga eso”.
“Ella es una rareza por la libertad que te da”, coincide Matt Copson (Oxford, 33 años), joven artista que presenta una de las exposiciones inaugurales de la isla (la otra es una colectiva de artistas presentes en la colección de Patrizia), una instalación que pinta las paredes de la nave con rayos láser. “Ahora el medio artístico es más conservador que hace 10 años, cuando yo empecé. Así que poder hacer esto es un sueño para un artista. ¡Y además en esta isla!”.
De “sueño” habla también la propia Sandretto cuando se refiere al proyecto: “Es una palabra recurrente en mi vida. Me gusta soñar despierta. Y mi próximo sueño es Madrid”. Se refiere al centro de arte que tiene previsto abrir en la capital española, el cuarto de la fundación y el primero fuera de Italia. Su vinculación con España se remonta a la infancia, porque su padre, el industrial Dino Sandretto (fallecido en 2022), tenía una filial en Cataluña, y compró en Cadaqués una casa donde la familia pasaba los veranos. Después se enamoró de Madrid —“algún día tendré también una casita allí”— y se hizo asidua de Arco. Desde 2020 organiza exposiciones en distintas ubicaciones a la espera de abrir un espacio permanente. Ese espacio ya estuvo a punto de hacerse realidad hace nueve años, cuando llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento para adaptar una nave del centro cultural Matadero. El plan se frustró a última hora por motivos patrimoniales que hacían inviable la reforma. “Espero que muy pronto podamos anunciarlo. Tenemos el lugar y la arquitecta y sabemos qué queremos hacer, pero prefiero comunicarlo cuando estemos seguros. Después de lo de Matadero, no puede volver a suceder lo mismo, o dirán que no es que sea una soñadora, sino que estoy loca. Pero soy muy optimista”.

Lo que hace quiere hacerlo bien, afirma. Otra prueba de ello: en 2020, en la feria de arte de Mónaco, pronunció un discurso escrito por el artista catalán Oriol Vilanova —que ahora ocupa el pabellón de España en la Bienal—, una performance en la que un coleccionista declara su amor a su propia colección de arte. Lo han leído coleccionistas de varios países del mundo en su lengua original, siempre aportando matices. Ella estuvo preparándose un mes con una actriz a la que contrató como coach. “Fue una experiencia maravillosa, aunque el texto era complicado. Una no dice habitualmente en la vida cosas como te quiero, colección mía”.
Por su tono, da la impresión de que no le importaría hacerlo.
Fuente:
elpais.com



