La Biblioteca de Alejandría no debería interesarnos solo por lo que ardió, sino por las condiciones que hicieron que esa pérdida dejara de importar. Una cultura no se destruye únicamente con fuego: también se vacía cuando las instituciones que deberían custodiar el conocimiento empiezan a tratarlo como un estorbo. Cuando el profesorado sostiene huelgas indefinidas, cuando se banalizan las condiciones materiales de los centros o cuando el calor en clase se despacha con una broma sobre camisetas de manga corta, no hablamos de anécdotas. Hablamos de una pérdida de respeto hacia la educación como institución cultural. La escuela no es un aparcamiento de adolescentes ni una oficina de gestión de molestias. Es uno de los pocos lugares donde una sociedad decide si todavía merece la pena leer, pensar, discutir con rigor y transmitir algo más que consignas. No hace falta quemar libros para empobrecer un país. Basta con deteriorar la escuela, desprestigiar el conocimiento y acostumbrarnos a llamar exageración a cualquier defensa seria de la cultura. Alejandría no se pierde solo cuando arde. También se pierde cuando dejamos de creer que había algo que salvar.
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Fuente:
elpais.com



