Necesitamos tu ayuda para seguir informandoColabora con Nuevatribuna
Nacemos solos, morimos solos… ésta es una más de esas sentencias que hacen fama porque, conteniendo parte de verdad, son un refugio de inexactitudes que visten nuestras carencias reflexivas, disimulan nuestro letargo.
Dado el carácter misantrópico de la condición humana, parece que nos regocijamos en la tenebrosidad de la imagen de una vida que transcurre en la más inmisericorde soledad de la cuna a la tumba, impotentes por adscripción. Pero no es así, diga lo que diga la máxima nacemos muy cerquita de otros, al menos de nuestras madres, en un alto tanto por ciento también de familiares y conocidos que aguardan el resultado feliz del evento, cada día está más extendido el auxilio de médic@s, matron@s y otro personal sanitario… en fin, que de acto solitario el nacimiento tiene tan sólo el relato de los agoreros.
De la muerte no sé qué decirte, afortunadamente aún no dispongo de información directa, lo más parecido que encuentro en mis registros es una pérdida de conciencia debida a un accidente de carretera. Al recobrarla me vi rodeado de un número nutrido de personas que trataban de ayudar, médicos y sanitarios de nuevo incluidos… y ya sé que esto no es morir, pero si lo hubiera sido, estoy seguro de que esa fracción de la población hubiera estado de todos modos allí, o sea que de acto solitario tampoco.
Creo que excepto en una interpretación fenomenológica del nacer y el desaparecer, lo de acto íntimo y apartado es solo una metáfora, que como tal aporta valor poético, pero comporta errores de larga duración, como lo es la aceptación de lo inevitable. Digo todo esto porque en el enjuiciamiento del nacimiento y potencial desaparición del fenómeno fascista veo formas de resignación similares a las de la bienvenida y deceso a la vida biológica.
En algunas interpretaciones del surgimiento del fascismo observo esa clase de aceptación de un destino que, bárbaro e inhumano, no queda otra que rumiar para que de su brutalidad surja algo mejor: su extinción.
Una interpretación ésta que se desentiende de la lucha personal frente al fascismo, una suerte de derrotismo conectado a una patológica convicción de hallarse solos ante un desafío superior a las fuerzas propias. Es la actitud del lobito que entrega su cuello al jefe de la manada otorgando servilismo y solicitando piedad. Según esta interpretación el auge de la extrema derecha se debe al desgaste social inherente al ejercicio democrático y a la divertida comedia de imitar al payaso Trump.
El nacimiento de las personas no es un acto solitario como he defendido más arriba, y la de movimientos anti humanistas como el fascio, tampoco. Se producen en medio de un torbellino de acciones que eclosionan trayendo una nueva vida a la que su devenir clasificará como valiosa y ética o como indigna y execrable, pero dese luego envueltas en un coctel de carácter social.
A la extinción le ocurre lo mismo, sea una larga y tortuosa afección la que acabe con la vida del individuo, sea un sorprendente e inesperado trallazo, la vida desparece en un medio cargado de actores y de bastidores. Las pautas y los ritos que hemos institucionalizado para dar cobertura a este par de actos determinantes, vida y muerte, están perfectamente ordenados, casi nada escapa a la improvisación, excepto la aceleración que lo accidental introduce en los caso más extremos.
Si no me creéis ¿cómo se explica entonces que haya series tan afortunadas en la descripción de vida y muerte como parecen en las entregas hospitalarias (caso vida) o en Dos metro bajo tierra (caso muerte)? Creedme, el surgimiento y el deceso son fenómenos colectivos, como lo es el nacimiento y desaparición del fascismo.
Lo que cabe es adoptar las medidas que aíslan los sucesos antihigiénicos del nacimiento indeseado e inadvertido y favorecer su salida acelerada de la escena. Digamos que se trata de promover los mecanismos de aborto de la situación y los de eutanasia de la misma una vez entre nosotros. Y ello es factible porque dar a luz y presentar condolencias son acciones de la comunidad, de todos nosotros, no es la causa de un único y solitario organismo.
Los individuos no nacemos por generación espontánea, se requiere un trabado orden social con reglas de parentesco, familia, cuidados, educación… Tampoco morimos solos, excepto deseo propio o accidente. Las lágrimas, el duelo, el recuerdo, el luto y otras formas de acompañar el tránsito así lo establecen. Ahora lo que necesitamos son ritos sociales de verificación de la entidad fascista, y sobre todo de acompañamiento a su óbito.
Fuente:
www.nuevatribuna.es



