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Trump quiere retirar los soldados norteamericanos de Europa, enfadado por la falta de colaboración de sus aliados en su insensata guerra contra Irán. A golpe de represalias, como en él es habitual, la ha emprendido con el socio mayor, Alemania, pero ha advertido con hacer lo mismo con Italia (decepcionado con Meloni) y con España (a la que no tolera las críticas del gobierno sobre sus decisiones en Oriente Medio).
“YANKEE, COME HOME”
CAMBIO DE ERA
UN REARME SIN PRECEDENTES
Aunque las decisiones de Trump no suelen ser fiables debido a sus continuos cambios de humor y opinión, lo que ha dicho de momento es que quiere que vuelvan a Estados Unidos unos 5.000 soldados de los cerca de 40.000 que tiene Estados Unidos desplegados en una treintena de bases e instalaciones militares alemanas.
Friedrich Merz se permitió decir que Estados Unidos había sido “humillado”
“YANKEE, COME HOME”
Durante décadas uno de los lemas fundamentales de la izquierda crítica europea era “Yankee, go home”. Quién iba a decir que, con una guerra en Europa lanzada por la vieja Rusia, Trump iba a transmutar esa proclama en “Yankee, come home”.
El malestar del presidente norteamericano con Europa en general y con Alemania en particular viene de lejos. Pero la gota que ha colmado el vaso ha sido un atrevido comentario del Canciller sobre la guerra de Irán. En un coloquio con escolares, Friedrich Merz se permitió decir que Estados Unidos había sido “humillado”, debido al bloqueo del estrecho de Ormuz y a la tenaz resistencia del régimen iraní, a pesar de dos meses de amplios e intensos bombardeos.
Debería sorprender que un dirigente político como Merz, que ha hecho su fortuna en un fondo de inversiones norteamericano, se comporte de forma tan imprudente con un colega que ha demostrado una piel tan fina como el actual inquilino de la Casa Blanca. Pero este Canciller suele cometer estos gafes. Un año en el cargo le ha desgastado enormemente. Su índice de aceptación aparece por debajo del 20%. Su Partido, la CDU, es superado por los ultras de AfD en intención de voto.
La réplica de Trump era de esperar: espetó al Canciller que se ocupará de “arreglar su fallido país”, en vez de criticarlo a él
La réplica de Trump era de esperar: espetó al Canciller que se ocupará de “arreglar su fallido país”, en vez de criticarlo a él (1). Y, a continuación, anunció la retirada de parte de las tropas americanas.
CAMBIO DE ERA
Después de la invasión rusa de Ucrania, el entonces Canciller federal, Olaf Scholz, dijo que Europa estaba asistiendo a una Zeitwende (“cambio de era”). Ante lo que se percibía como una amenaza directa y reforzada de Moscú, Europa debía de asumir una mayor responsabilidad en su defensa. Ese designio se ha transformado notablemente en apenas cuatro años, no porque haya habido una modificación del comportamiento ruso, sino por el cambio radical en la Casa Blanca.
La vuelta de Trump al poder ha sido devastadora para el vínculo transatlántico. Los desplantes y regañinas de Trump a sus colegas han sido continuos e impropios entre países aliados: represalias comerciales sólo neutralizadas a medias, padrinazgo político de las extremas derechas, exigencias intemperantes sobre el incremento de gasto militar y enfados infantiles ante la mínima discrepancia con las decisiones de política exterior de esta administración estadounidense.
Democratacristianos y socialdemócratas se pusieron de acuerdo en impulsar el mayor programa de rearme e inversión militar desde el III Reich
En Europa Occidental, Alemania e Italia (las dos potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, en parte por la participación americana) han sido los partidarios más claros de evitar una ruptura con Trump. Los alemanes por coherencia con una política practicada desde la posguerra frente a las consecuencias de la división del país y la supuesta amenaza de la URSS. Los italianos, por gratitud ante lo ocurrido en la contienda y por su condición de guardianes del flanco sur occidental, a lo que se unió la sintonía ideológica entre la neofascista jefa del gobierno y el oportunista ultraconservador norteamericano.
La dupla germano-italiana se distribuyó los papeles en este juego de contención de daños en la agitada relación transatlántica. Los alemanes se ofrecieron como agente mayor de la defensa europea para contentar al irritable socio mayor, rompiendo con décadas de timidez militar. Meloni se contentó con palabras halagadoras, a cambio de esparcir las proclamas demagógicas de la derecha tradicional y combatir sin complejos la supuesta superioridad socio-cultural izquierdista (el wokismo).
Era de esperar que ese acuerdo para salir del paso no lograra restañar las grietas en la Alianza Atlántica. Las discrepancias eran demasiado amplias y profundas: una relación comercial agria, falta de una estrategia común hacia el desafío chino, políticas contrarias sobre la amenaza rusa, visiones no coincidentes en la cooperación con el Sur global, ásperos enfrentamientos sobre el modelo político y social, etc.
Las guerras de Oriente Medio han terminado de complicar unas relaciones bajo tensión creciente. Primero, Gaza: en particular los planes de Trump para convertir ese territorio palestino en un resort turístico con desprecio total y absoluto por la martirizada población y sus derechos políticos reconocidos por la mayoría de la comunidad internacional. Y ahora esta guerra bilateral israelo-norteamericana sin aval jurídico alguno, que ha provocado miles de muertos inocentes y ha generado una crisis energética y económica gratuita en casi todo el mundo por el bloqueo del estrecho de Ormuz, enclave de tránsito del 25% del tráfico petróleo.
Por todo ello, Europa parece decidida a reducir la dependencia militar de Washington y construir una estrategia de defensa más autónoma. Pero el proyecto está aún muy verde. No por razones políticas, sino por imperativos estratégicos, económicos y técnicos. Hay exceso de proclamas y déficit de soluciones viables. Se avanza con mucha cautela, porque se sigue pensando que después de Trump las aguas se calmarán.
UN REARME SIN PRECEDENTES
El modelo económico alemán ha diferido sensiblemente del anglosajón en el orden internacional de las últimas décadas. El fuerte peso del sector público y la participación de los sindicatos en la organización de la producción han sido las principales características de ese “capitalismo renano” que intentó combinar los principios e intereses de la industria y el comercio privados con los derechos de los trabajadores y empleados en una sociedad que se pretendía interclasista. Esa fue la base social del consenso centrista alemán, que ha gravitado sobre la alternancia de gobierno entre democristianos y socialdemócratas desde 1949, cuando no sobre la cooperación entre ambos en la fórmula de la Gross-Koalition.
Ahora, con la crisis desplegada y tres competidores de Europa activos (EEUU, Rusia y China), Alemania se ve obligada a introducir cambios sustanciales en su modelo. Frente al desenganche norteamericano, tiene que producir armas y sistemas militares efectivos. Frente a la proclamada amenaza rusa, tiene que resultar suficientemente disuasorio y liquidar la dependencia energética que ha tenido de Moscú en las últimas décadas. Y frente al desafío económico chino, tiene que reinventar su modelo productivo para preservar su liderazgo exportador industrial. Ese viejo capitalismo renano se ve obligado a vestirse de caqui, a convertir una inesperada industria militar en motor de un nuevo desarrollo económico.
La fórmula consabida de la Gross-Koalition parecía dar consistencia sistémica a los nuevos propósitos alemanes. Democratacristianos y socialdemócratas se pusieron de acuerdo en impulsar el mayor programa de rearme e inversión militar desde el III Reich. Alemania se gastará más de 160 mil millones de € de aquí a final de la década para fortalecer su sistema de Defensa, lo que supondrá un 3,5% del PIB.
Pero hay numerosos inconvenientes, tal y como se percibe el empeño desde dentro y desde fuera del país. Desde dentro, el supuesto consenso nacional no parece muy sólido. En una interesantísima entrevista con la corresponsal de LE MONDE en Berlín, la economista Philippa Sigl-Glöckner resalta que los gastos consagrados a la defensa e infraestructuras “no generarán crecimiento o no el suficiente para compensar los problemas estructurales” de la economía alemana (2).
Esta investigadora, independiente pero cercana al Partido Socialdemócrata, considera que el gran desafío del país frente a la creciente competencia de China debe consistir en cambiar el modelo productivo. Y eso no puede gravitar de manera preferente sobre una reforzada industria militar.
La idea de que la fabricación de armamentos compensará la crisis del sector automovilístico es ilusoria. Si bien la mano de obra empleada por la industria militar se ha incrementado en un 50% en la última década, esta fuerza de trabajo suplementaria (unas 17.000 personas) es insignificante para la que se perderá en la industria del motor, que emplea hoy a casi un millón de trabajadores.
Para Sigl-Glöckner, “Alemania debe modernizar masivamente sus servicios públicos, construir suficientes viviendas, descarbonizar y recuperar el papel puntero en la innovación”. Cada año ingresan 800.000 infantes nuevos en las escuelas. La educación va a precisar de 127.000 millones de euros de inversión en lo que resta de década. Parte de estos fondos deben salir, en su opinión, de lo que ahora se emplea en subvencionar el sobrevalorado coste energético para las industrias tradicionales.
Este pensamiento crítico es raro en estos tiempos en Alemania. Aunque los dos socios de la Gran Coalición mantienen diferencias importantes sobre el modelo económico y las inversiones sociales, algo habitual en esa fórmula de responsabilidad compartida, no hay discrepancias de peso sobre la política de rearme. El ministro de Defensa, el socialdemócrata Boris Pistorius, es tanto o más ferviente defensor del incremento de la inversión en Defensa que el cristiano conservador Canciller Merz
Los socios europeos de Alemania contemplan este entusiasmo militar con cierta aprensión. La historia pesa, y si a todos interesa que la potencia germana tire del carro armamentístico ante las vacilaciones del otro lado del Atlántico, se mide el riesgo de un exceso. La última vez que Alemania se convirtió en primera potencia militar europea es bien sabido lo que pasó. Hoy en día, Alemania es ya el cuarto país del mundo en gasto defensivo. Se teme que, si la ultraderecha continúa subiendo, esta tendencia a la superioridad militar crezca. Los sondeos otorgan a la AfD (Alternativa por Alemania) un 27% de los votos, si las elecciones se celebraran ahora; es decir, se convertiría en la principal fuerza política del país, aunque no necesariamente podría gobernar si se mantuviera el “cordón sanitario” del resto de fuerzas políticas.
Incluso los analistas favorables a la política alemana actual creen que aparte de embarcarse en un gasto tan intensivo, los líderes del país deben afrontar dos tareas más importantes. En primer lugar, definir una doctrina de defensa, sin la cual se corre el riesgo de incurrir en una “incoherencia estratégica”, en opinión de Grégoire Roos, director del Programa Europa del think-tank británico Chatham House (3).
El otro esfuerzo, conectado con el anterior, consiste en integrar su sistema defensivo con el de sus vecinos europeos, como resalta Liana Fix, especialista norteamericana en Alemania (4). Pero se está muy lejos de eso. El neonacionalismo, imperante en todos los ámbitos políticos y sociales, es especialmente activo entre los impulsores del esfuerzo militar.
La industria pesada respaldó e impulso el poderío del nazismo. Sin el músculo del hierro y el acero, la maquinaría de guerra de Hitler no hubiera conquistado Europa en apenas dos años. Esa lección no debe olvidarse, en opinión de la mayoría de historiadores alemanes y europeos.
NOTAS
(1) “US withdrawing 5,000 troops from Germany after Merz says US ‘humiliated’ by Iran”. ANGELA GIUFFRIDA & JOHN HENLEY. THE GUARDIAN, 2 de mayo.(2) “L’Allemagne ne produit plus d’innovations révolutionnaires”. LE MONDE, 3 de mayo.(3) “Germany rearms-but can it lead? Europe’s hesitant superpower in waiting”, GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM HOUSE, 1 de mayo.(4) “Europe’s next hegemon. The perils of German power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero.
Fuente:
www.nuevatribuna.es





