Los parques nacionales, parques naturales, las reservas y los espacios de la Red Natura 2000 constituyen una de las principales herramientas para conservar la biodiversidad y el patrimonio natural. Sin embargo, su declaración legal no los aísla de las perturbaciones ambientales, ni los protege frente a los grandes incendios forestales.
El fuego no entiende de límites administrativos, puede iniciarse dentro de un espacio protegido o propagarse desde los territorios circundantes. Y cuando coincide con condiciones meteorológicas extremas y una elevada continuidad del combustible, puede superar cualquier frontera sobre el mapa.
Incendios en la Red Natura 2000 en el verano de 2025
Una vez termine la temporada de grandes incendios de este año, podremos evaluar con detalle su impacto en las áreas protegidas. De momento, han afectado, por ejemplo, a la Reserva Natural del Valle de Iruelas (Ávila), hogar de la mayor colonia de buitre negro de Castilla y León, y a las cuencas de los ríos Alberche y Cofio (Comunidad de Madrid). Todos ellos forman parte de la Red Natura 2000.
En el verano de 2025, los incendios tuvieron una incidencia especialmente elevada sobre los espacios protegidos del noroeste de la península ibérica. De los 66 grandes incendios ocurridos, todos ellos superiores a 500 hectáreas, 40 afectaron a espacios de la Red Natura 2000. En su interior ardieron 150 074 hectáreas, equivalentes al 28,6 % de toda la superficie quemada.
El impacto fue especialmente intenso en el noroeste de España, donde 22 incendios afectaron a 108 010 hectáreas protegidas, el 39,9 % de la superficie quemada en esta región. Dentro de estos espacios, el fuego afectó principalmente a pastizales (61,1 % de la superficie quemada), comunidades arboladas (30 %) y, en menor proporción, a matorrales (6,1 %). Hay que destacar que ardió parte de espacios emblemáticos como los parques nacionales de Peneda-Gerês, en Portugal, y Picos de Europa, en España.
Además, el fuego calcinó territorios importantes para la conservación de especies amenazadas de Castilla y León. Entre ellos cabe destacar el 18 % del área de distribución de Geranium dolomiticum, el 12 % de la del urogallo cantábrico y el 7 % de la del oso pardo.
Rastrojo/Wikimedia Commons, CC BY-SA
¿Arden con mayor severidad las áreas protegidas?
No es fácil determinar si estas zonas arden con mayor severidad ya que depende, en gran medida, de la escala y del contexto analizados. Así, un estudio reciente, con una escala espacial que abarca los biomas forestales mediterráneos de Europa, California, Chile y Australia, señala que en ellos la severidad del fuego fue un 20 % mayor dentro de las áreas protegidas. Además, la población que vivía dentro o cerca de espacios protegidos presentó una probabilidad hasta 16 veces mayor de verse expuesta a grandes incendios.
Sin embargo, en otra investigación a menor escala, focalizada en las zonas afectadas por los incendios extremos ocurridos en 2025, se observó que, al comparar las superficies protegidas y no protegidas afectadas, la severidad fue igualmente elevada en ambas. La figura de protección no tuvo un efecto significativo en la severidad.
En los eventos extremos de fuego, cuando el incendio escapa a la capacidad de extinción y alcanza grandes dimensiones, su severidad depende principalmente de las condiciones meteorológicas, el tipo de vegetación, la cantidad y continuidad del combustible y la configuración del terreno. Bajo estas circunstancias extremas, la protección legal no aumenta ni reduce por sí sola los daños provocados por el fuego.
Estos resultados advierten de los riesgos de ampliar las áreas estrictamente protegidas sin incorporar medidas adecuadas de prevención.
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El caso de las Reservas de la Biosfera de Castilla y León
Las Reservas de la Biosfera, promovidas por la UNESCO mediante el programa Man and the Biosphere, buscan compatibilizar la conservación del patrimonio natural y cultural con el desarrollo económico y social de las comunidades locales. De todas las Reservas de la Biosfera en España, Castilla y León alberga diez: Ancares Leoneses, Alto Bernesga, Babia, Los Argüellos, Meseta Ibérica, Picos de Europa, Sierras de Béjar y Francia, Real Sitio de San Ildefonso-El Espinar, Valle de Laciana y Valles de Omaña y Luna.
Estos territorios contienen paisajes de elevado valor natural, pero también actividades ganaderas, forestales y agrícolas que han contribuido históricamente a modelarlos. La calidad de la gestión, la coordinación entre administraciones y la implicación de la población local determinan en estas áreas la protección frente a los incendios.

OAPN/Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico
Recientemente, el Grupo de Ecología Aplicada y Teledetección de la Universidad de León hemos realizado un estudio (todavía sin publicar) sobre los incendios ocurridos entre 2008 y 2025. Nuestro trabajo muestra que estas reservas registraron, en conjunto, un menor número de incendios y una menor superficie quemada que las áreas exteriores adyacentes. No obstante, esta respuesta no fue homogénea, sino que dependió de la gestión del territorio, la zonificación interna y las condiciones bioclimáticas.
En general, se observó que los paisajes en mosaico –donde se alternan distintos usos de suelo, como campos de cultivo, pastos y bosque–, asociados a la ganadería, los cultivos y otros aprovechamientos tradicionales, limitan la propagación del fuego incluso cuando se producen numerosas igniciones. Además, las reservas situadas en el ámbito más mediterráneo fueron más vulnerables que las pertenecientes a la montaña cantábrica, lo que evidencia la influencia conjunta del clima, la estructura del paisaje y el abandono territorial.
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El fuego también es un proceso ecológico

Leonor Calvo, CC BY-NC

Leonor Calvo, CC BY-NC
No todos los incendios tienen las mismas consecuencias. El fuego es una perturbación natural en numerosos ecosistemas mediterráneos. Muchas plantas pueden rebrotar desde raíces, cepas o yemas protegidas. Otras mantienen bancos de semillas cuya germinación es estimulada por el calor o el humo.
Por tanto, una superficie quemada no equivale necesariamente a un ecosistema destruido. Cuando el incendio se mantiene dentro del régimen al que están adaptadas, la vegetación puede recuperar progresivamente su estructura y composición.
El problema aparece cuando ese régimen se altera. Una frecuencia de incendios excesiva puede impedir que los árboles alcancen la madurez y produzcan semillas. Una severidad extrema puede destruir los órganos de rebrote, los bancos de semillas y la materia orgánica del suelo. Los incendios muy extensos eliminan, además, los refugios y dificultan la recolonización de las zonas afectadas.
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Proteger no significa eliminar los incendios
El abandono de la ganadería extensiva, la recogida de leña y otros aprovechamientos tradicionales ha favorecido la acumulación de biomasa y la conexión entre formaciones vegetales antes separadas por pastizales, cultivos o áreas aclaradas. Esta continuidad facilita que, una vez iniciado, el fuego se propague por grandes superficies y alcance las copas de los árboles, pudiéndose transformar en eventos extremos de fuego de difícil manejo y grandes impactos en los ecosistemas.
Conservar no significa inmovilizar el territorio. Si bien en algunas figuras de protección, como en parques nacionales, la gestión está más restringida, en todas deben ponerse en marcha medidas de prevención. Estas deben combinar la gestión del combustible, la recuperación de la ganadería extensiva, las quemas prescritas cuando sean ecológicamente adecuadas y la creación de paisajes heterogéneos. Y también incluyen planes de autoprotección para la población y sus bienes, la coordinación entre administraciones, la participación local y el seguimiento científico.
Proteger un territorio no consiste solamente en otorgarle una categoría jurídica. Significa comprender sus procesos ecológicos, mantener su capacidad de adaptación y gestionar los riesgos existentes dentro y fuera de sus límites. Los espacios protegidos también sufren las consecuencias de los incendios forestales y, por tanto, conservarlos exige integrar el conocimiento científico aportado por la ecología del fuego en sus planes de gestión.
Fuente:
theconversation.com



