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Los dos cuerpos del Papa

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Según los políticos y los comentaristas que, como entre paredes de espejos, expanden hasta el infinito su mismo esquema antagónico, las palabras del Papa (encíclica incluida) pero, sobre todo, las del discurso en el Congreso de los Diputados, han tenido un profundo “significado político”. En un país y un tiempo refractarios al acuerdo, que esa opinión sea (casi) unánime da que pensar. ¿No será que sus señorías y sus replicadores carecen de oídos para otro significado que no sea ese? ¿No será que su aparato auditivo es sordo a otra frecuencia, como le sucede al nuestro, creo, ante sonidos que sirven a la comunicación de los cetáceos en las profundidades marinas?

Pero, en cierto modo, es natural. La lógica de los espacios estancos impone su ley. El Congreso ha escuchado al Papa como al jefe de Estado que es, y es lógico que allí sólo hayan encontrado resonancia lo que sus señorías y sus replicadores llaman “significados políticos”. Ahora bien, esas palabras, de indudables consecuencias en todos los campos, proceden de un hontanar muy distinto al que sus señorías llaman “política”. Por eso, no se entiende del todo que el discurso haya sido pronunciado precisamente allí, donde por una suerte de traducción simultánea todas las palabras acaban vertidas a un único y restringido lenguaje.

En 1957, Ernst Kantorowicz publicó un libro extraordinario, Los dos cuerpos del rey, que quizá hoy es únicamente cosa de especialistas. El historiador alemán exploró la doble condición que, sobre el dechado de las dos naturalezas de Cristo, constituía al soberano medieval: por un lado, una criatura mortal sometida como todas a las penurias de la materia, y, por otro, una corporación simbólica con la permanencia a la que alude el famoso vítor británico: “El rey ha muerto. ¡Viva el rey!“.

Pero no es eso lo que ha hecho que me acuerde del libro. “El concepto legal de los dos cuerpos del rey”, decía Kantorowicz, “tampoco puede separarse de Shakespeare”. Y su exposición alcanza un turgente esplendor al vincular aquella construcción jurídica con la Tragedia de Ricardo II y con la truncada emulación que de su predecesor pretendió luego Enrique V. El rey es indeleble, proclamó Ricardo contra el viento de la costa galesa. Con Enrique, sin embargo, al correr del tiempo histórico, la Realeza se desintegrará en la Realidad (las mayúsculas eminentes son del propio Kantorowicz), en el puro mundo, diríamos nosotros, racional y positivo, que para el nuevo conocimiento constituirá la verdad única. Shakespeare debía tener con los conceptos legales la familiaridad de muchas horas de taberna junto a estudiantes y magistrados. Pero, más allá de su comprensión jurídica de aquella condición geminada del soberano, el poeta se fija en algo más importante. Al extraerla de la historia, el derecho y la política, según Kantorowicz, Shakespeare libera aquella idea de la visión exclusiva que cada una de esas tres disciplinas pretende para sí misma, y llega así a considerar que “tal visión podría surgir de un estrato puramente humano”, es decir, “del hombre en general”, no de la excepción real ni de una óptica privativa sino de la humanidad misma de todos. Justo lo contrario, en definitiva, del lema que actualmente predica en nuestros foros culturales con todo el rango institucional: “Todo lo personal es político”. Lo cual es lo mismo que postular una constitución de la persona por completo totalizada bajo una sola dimensión, sin que nada de consideración suficiente quede fuera de ella.

Los políticos y sus replicadores han ponderado mucho las palabras del Papa en denuncia de la polarización. Bien. La polarización no apareció un buen día como un nublado en el cielo azul de nuestras vidas, sino como una de esas estrategias que el Papa ha llamado “divisivas”, en este caso aquella con la que Rodríguez Zapatero (recordemos su declaración a Iñaki Gabilondo) pensaba obtener un seguro rédito electoral. Mientras tanto, la vicepresidenta de aquel mismo Gobierno exponía la conveniencia de que la Iglesia, si quería hacer valer sus opiniones se presentara a las elecciones como cualquier otro partido. Es evidente que los dos cuerpos del rey quedaban muy lejos —también Shakespeare—, pero produce estupor pensar que nadie entienda nada. El caso es que aquella polarización táctica alumbró poco después a Podemos, y como colofón del movimiento de acción-reacción, un poco más tarde, a Vox.

Cuando las guerras de religión asolaban Europa, la democracia parlamentaria se presentó en Países Bajos como cristalización de una racionalidad diferente de aquella teologal que no había servido para evitar las matanzas a hachazos entre las confesiones religiosas. Estrictamente jurídica y exclusivamente política, aquella invención debía de servir de amparo pacífico para todas las creencias, pero nadie pensó entonces —y sólo otra racionalidad, la ilustrada, comenzó mucho después a pensarlo— que ello debía comportar la renuncia a cada una y la suplantación efectiva de todas ellas por la nueva religión en la que la política misma estaba llamada a convertirse. Es el origen de la totalización.

Un ministro ha dicho que las palabras del Papa son completamente coherentes con la política del Gobierno. Olé. Y el jefe de la oposición dice suscribirlas de la primera a la última, a pesar de que cuando gobierne (si gobierna) se cuidará mucho de contravenir legislaciones que, emanadas —con toda legitimidad— del actual Parlamento, aunque hostiles a la postura de la Iglesia, la sociedad ya dará por digeridas. Por lo que cuenta a intelectualidades que se dicen ilustradas, de gran circunspección crítica contra el Gobierno actual, no hace falta recordar a los autores de la Dialéctica de la Ilustración, Horkheimer y Adorno, para darse cuenta de que la Ilustración no fue —ni es— un colmo de bendiciones; que implica, sí, una dialéctica, es decir, la consideración en la condición humana de una negatividad y una oscuridad (tan inexplicables como el amor y el crimen…) que acompañan como sombras a todas las pretensiones de instaurar el bien mediante la sola voluntad de las leyes. El olvido de esa dialéctica significa, a fin de cuentas, una reducción, que a los teólogos de Fráncfort —ese fue el motor último de su filosofía— Horkheimer, Adorno y Benjamin dolía especialmente. Los dos cuerpos del rey y, según Shakespeare, de todos los hombres quedan ilustradamente reducidos a uno, pero no por síntesis sino por amputación. La mente ilustrada siempre soñó con cercenar de un cuerpo el brazo que sólo sirve para liarse a mamporros, en aras de que el otro miembro pueda quedar únicamente dedicado al saludo, el arte y las caricias.

La palmaria representación de esa amputación se encuentra en un hábito denigratorio. En el saco al que es echada la religión se mezcla al caer con la vida extraterrestre, los mejunjes terapéuticos y las últimas promociones de la música pop. Todo eso, se dice, es excrecencia de la irracionalidad. Pero la cultura europea no puede prescindir —precisamente— de la racionalidad que, despachada por lo común en España con supino desdén, inspiró el ingente esfuerzo y los logros de la teología contemporánea. “Todo lo personal es político” viene a ser el corolario último de una Ilustración consistente en la supresión inapelable de uno de los brazos, de uno de los cuerpos, de uno de los espacios de nuestra vida. Por eso, no termino de entender que el discurso del Papa haya tenido por sede el lugar en el que las palabras son escuchadas en un único idioma, aunque voy empezando a entender que los aplausos se hayan prolongado —precisamente allí— durante siete minutos.

Enrique Andrés Ruiz es crítico y escritor. Su último libro publicado es Mister Ángel del Río. Novela de los nombres (Periférica).


Fuente:

elpais.com

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