Cada otoño, millones de murciélagos sopranos cruzan Europa de norte a sur, guiados por un sentido magnético que llevan millones de años perfeccionando. Unos minutos de ruido electromagnético ordinario bastan para romper esa brújula biológica durante horas, según un estudio publicado en Science por investigadores de las universidades de Oldenburg, Bangor y Latvia. Lo que hace especialmente incómodo el hallazgo es que los niveles de campo electromagnético que produjeron ese efecto están por debajo de los límites de seguridad fijados para las personas, dejando a la fauna migratoria desprotegida incluso dentro de los márgenes que consideramos seguros.
El equipo, liderado por Oliver Lindecke, de la Universidad de Oldenburg y la Bat Research Society de Latvia, y Richard Holland, de la Universidad de Bangor, ha capturado y liberado 165 murciélagos sopranos (Pipistrellus pygmaeus) en cuatro temporadas de migración otoñal entre 2021 y 2024, en la reserva natural de Pape, en la costa letona del mar Báltico. Los animales fueron expuestos a ruido broadband constante entre 0,01 y 300 megahercios: el mismo tipo de espectro que emiten los tendidos eléctricos, las infraestructuras de radio y los dispositivos electrónicos de uso cotidiano.
La brújula que se calibra al atardecer
El murciélago soprano no solo detecta el campo magnético de la Tierra. Lo usa como brújula, y la recalibra cada día en el momento del atardecer, observando la puesta de sol para alinear el sentido magnético con las claves visuales del entorno. Estudios anteriores del mismo equipo en esta misma colonia habían documentado ese comportamiento de calibrado. Sin esa ventana al atardecer, la brújula interna queda sin punto de referencia para el vuelo nocturno.
El experimento aprovecha esa ventana con precisión. Mientras que unos murciélagos observaban la puesta de sol dentro de una jaula bajo el ruido electromagnético artificial, el grupo de control hacía lo mismo desde un punto situado a unos cien metros, donde la señal no llegaba. Después, todos fueron trasladados individualmente a una yurta de materiales no magnéticos, donde el investigador a cargo de las mediciones desconocía qué animales habían sido expuestos al ruido (un ensayo de doble ciego, pero con murciélagos, vamos) y registraba la dirección de despegue sobre una capa de tiza en el suelo de la arena circular.
El equipo confirmó que el ruido artificial elevaba el perfil electromagnético del lugar hasta niveles comparables a los de un entorno urbano europeo. El fondo natural de la costa báltica era, por contraste, cercano al de una zona rural sin infraestructuras cercanas.
Los murciélagos del grupo de control salieron en la dirección migratoria esperada, que variaba de una temporada a otra, norte en la primera, sureste en la segunda, sur en la cuarta, pero era coherente en todas ellas con los movimientos de animales libres observados en la zona. Los murciélagos expuestos al ruido electromagnético despegaron en direcciones completamente aleatorias, sin orientación preferente, como si el campo magnético hubiera dejado de existir para ellos.
El efecto que nadie esperaba
El resultado hasta aquí podría explicarse sin demasiada dificultad: la señal electromagnética interfería con la brújula justo cuando el animal la calibraba. Pero en la tercera temporada del estudio, el equipo cambió el momento de la exposición.

¿Están los murciélagos en peligro de extinción?
En lugar de aplicar el ruido durante el atardecer, lo aplicaron treinta minutos después, ya en la oscuridad, cuando la calibración magnética del día debería haber concluido sin interferencias. Los murciélagos expuestos en esa franja postsunset fueron liberados entre dos y seis horas más tarde. El resultado fue el mismo: orientación aleatoria, indistinguible de la de los animales que sí habían recibido el ruido durante el calibrado.
Este efecto de arrastre que persiste horas después de que el campo artificial ha desaparecido no está predicho por los modelos teóricos actuales sobre magnetorrecepción. Lindecke y Holland abren con él una pregunta que la física cuántica, por ahora, no tiene respuesta clara para dar.
En la cuarta temporada, la exposición se restringió al momento exacto del despegue, con una duración de entre dos y cinco minutos. En los tres diseños experimentales distintos, con tiempos de exposición muy diferentes y hasta seis horas de margen entre el ruido y la medición, los murciélagos expuestos salieron sin orientación.

Un vacío en la normativa
Cuatro temporadas de migración, tres diseños experimentales, 165 animales: la convergencia de los resultados no deja mucho margen para la coincidencia. El daño es reproducible e independiente del momento en que se produce la exposición.
El mecanismo exacto que explica la desorientación, y en especial el efecto de arrastre, sigue siendo una pregunta abierta. Los investigadores proponen dos hipótesis: una interferencia directa en el magnetorreceptor, que podría persistir como una especie de ruido residual en el sistema sensorial, o un efecto más difuso sobre la memoria y la atención mediado por el estrés. El estudio no tiene datos para distinguir entre ambas opciones y los autores lo señalan explícitamente.
El experimento se desarrolló en condiciones de privación de «claves», sin acceso a las estrellas ni al paisaje sonoro natural. En una migración real, otras señales ambientales podrían amortiguar parte del efecto, lo que explica que no hubiéramos visto los efectos antes. Eso no invalida el resultado, pero sí limita lo que podemos afirmar sobre lo que ocurre en campo abierto.
Lo que el estudio sí deja claro es una laguna regulatoria concreta. Las normas de exposición electromagnética se diseñaron para proteger la salud humana. No existe ningún equivalente para la fauna, ni obligación legal de considerarla. Las rutas migratorias que han desaparecido o se han visto reducidas en las últimas décadas tienen causas múltiples, bien documentadas: pérdida de hábitat, cambio climático, contaminación lumínica. El electrosmog ha permanecido fuera de esa lista por falta de datos. Este estudio empieza a cambiar eso.

Los humanos podemos sentir el campo magnético de la Tierra
Lo que viene ahora es saber si el mismo efecto aparece en otras especies de mamíferos, si los umbrales de intensidad importan más de lo que el experimento ha podido determinar y si, con acceso completo a múltiples claves ambientales, la desorientación se mitiga o simplemente adopta otra forma. Por el momento, la brújula biológica de cuatro gramos que cruza Europa cada otoño resulta ser considerablemente más sensible al ruido electromagnético que nadie en la cadena regulatoria había tenido en cuenta.
Referencias
Lindecke, O., Schneider, W. T., Vintulis, V., Jordan, N., Cellarius, F., Marggraf, L. C., Niehues, J., Jaunzemis, V., Keišs, O. y Holland, R. A. (2026). Disruptive effects of brief radiofrequency noise exposure on migratory bat navigation. Science, 372, 977–979. DOI: 10.1126/science.adq4418
Fuente:
muyinteresante.okdiario.com



