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La guerra entre Irán e Irak: los orígenes del conflicto que desangró Oriente Medio

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La guerra entre Irak e Irán fue uno de los conflictos más cruentos de la segunda mitad del siglo XX, con miles de muertos en ambos bandos. Fuente: 2130952BhavyaMathur – bajo CC BY-SA 4.0

La guerra entre Irak e Irán fue uno de los conflictos más cruentos de la segunda mitad del siglo XX. Se caracterizó por el elevado número de víctimas, su enorme coste económico y el uso de tácticas brutales, desde oleadas humanas infantiles para despejar campos minados hasta la utilización de armas químicas.

Tras un inicio prometedor para las tropas de Saddam Hussein, las fuerzas iraníes lograron contraatacar y penetrar en Irak, pero el elevado número de víctimas y la incapacidad de ambos bandos de doblegar al enemigo provocaron que el conflicto acabase, ocho años después, en el mismo punto en el que se inició.

Contexto de la guerra entre Irán e Irak

La rivalidad entre persas y árabes ha sido constante a lo largo de los siglos. Durante la Guerra Fría, la rivalidad entre ambas naciones se mantuvo, especialmente tras el ascenso al poder del Partido Baath Árabe Socialista, que alentó a los movimientos independentistas en la provincia iraní de Juzestán.

Dicha provincia, rica en petróleo y localizada al suroeste del país, cuenta con una nutrida población árabe y es la llave para Irak al golfo Pérsico. Las tensiones se aliviaron temporalmente en 1975, con el acuerdo de Argel, en el cual se puso fin de manera momentánea a las disputas territoriales entre ambos países.

Durante su oposición a la monarquía del sha, Ruholá Jomeini estuvo exiliado 14 años en la ciudad santa iraquí de Najaf, a orillas del río Éufrates. Como parte de la normalización de las relaciones entre Irán e Irak tras los acuerdos de Argel, el entonces vicepresidente Hussein –que ascendería al poder el mismo año que Jomeini– expulsó del país al Ayatolá, que buscó exilio en Francia.

Sin embargo, todo cambió radicalmente cuando, en 1979, tuvo lugar la Revolución Islámica en Irán. El sha Rezha Pavlevi fue derrocado tras semanas de intensas manifestaciones y protestas, instaurándose una República Islámica bajo la dirección espiritual del Ayatolá Ruholá Jomeini, cambiando radicalmente las relaciones entre ambos países.

El nuevo sistema teocrático de Jomeini no ocultó su aversión al gobierno laico de Saddam, el cual había marginado a los chiíes –rama del islam del Ayatolá– de los altos puestos del gobierno, viviendo bajo unos estándares de vida inferiores a los de los suníes.

Como resultado, Jomeini retiró a sus diplomáticos de Irak y retomó el apoyo iraní a la oposición chií, encarnada en el partido Dawa, que en abril de 1980 intentó asesinar al primer ministro iraquí, Tarek Aziz, por medio de una granada. En respuesta, Saddam expulsó a 100.000 chiíes a Irán, incrementando la tensión bilateral.

No obstante, Saddam realizó una serie de fatales errores de cálculo a la hora de marchar a la guerra. Irak contaría con el apoyo y la ayuda logística de la Unión Soviética –con la que había firmado un tratado de amistad y cooperación en 1972– y de la mayoría de los Estados árabes –de mayoría suní y frontalmente opuestos al chií Ayatolá–.

Al mismo tiempo, contaba con el apoyo o la benevolencia de los Estados occidentales. El Baath había sido enemigo en el pasado de Estados Unidos, pero dos factores hicieron que Washington mirase con buenos ojos a Saddam: la enemistad manifiesta del Ayatolá a todo lo occidental, y sobre todo, el episodio del asalto a la embajada estadounidense en Teherán y la toma del personal como rehenes.

Seguro de que casi todo el mundo estaba de su parte, Saddam erró en sus cálculos de que tendría una victoria rápida. Seguro de sus posibilidades y de su genio militar, Saddam consideraba también, erróneamente, que sus fuerzas, bien pertrechadas con material sovíético, eran superiores a las iraníes.

El equipamiento militar que contaba Teherán, proveniente de Estados Unidos y Reino Unido, se encontraba sin repuestos debido a las sanciones económicas y al embargo norteamericano. Además de ello, las purgas realizadas tras la Revolución Islámica entre el generalato habían minado al Ejército iraní.

Por ello, Saddam creía que la resistencia sería débil, y que la población árabe, harta de los excesos y vaivenes revolucionarios, se rebelaría y daría la bienvenida a las tropas iraquíes.

Para ampliar: El islamismo de Ruhollah Khomeini como configuración política de Irán

El líder iraquí estaba tan convencido de su victoria que, inicialmente, llamó al conflicto “la guerra relámpago”. Además, como ejemplo de la prolongación del antiguo conflicto entre árabes y persas, la contienda fue bautizada por la propaganda iraquí como “la Qādisiyyah de Saddam”, en referencia a la batalla de al-Qādisiyyah, enfrentamiento ocurrido en el año 636 y que supuso la victoria decisiva del califato árabe Rashidun sobre el Imperio Persa Sasánida.

Sin embargo, la realidad se mostró radicalmente distinta. No solo no se derrumbó el Ejército iraní, sino que no se produjo el recibimiento de las tropas iraquíes como fuerzas liberadoras. Asimismo, como dijo el periodista británico Patrick Brogan en 1980, los iraquíes se encontraban “mal dirigidos y con poco espíritu de ofensiva”.

Irán contaba con una población tres veces superior a la iraquí y, tal y como se había demostrado durante la Revolución, Jomeini tenía la capacidad de movilizar a miles de personas, que pronto comenzaron a alistarse para hacer frente a la invasión. Por ello, si el gobierno de Jomeini no caía en los primeros compases de la guerra, Bagdad corría el riesgo de quedar atrapado en un conflicto muy difícil de ganar.

Los comienzos de la guerra Irán-Irak

El 22 de septiembre de 1980, la Fuerza Aérea Iraquí lanzó una ofensiva similar a las tácticas israelíes en la guerra de 1967, procediendo al lanzamiento de una serie de ataques aéreos sobre los aeródromos iraníes con el fin de destruir a su Fuerza Aérea.

Al día siguiente, los tanques iraquíes cruzaban la frontera en cuatro áreas: la primera, al norte, para asegurar los campos petrolíferos iraquíes; la segunda, para proteger Bagdad y la carretera a Teherán; la tercera y la cuarta, para hacerse con el control de la provincia del Juzestán y el acceso al golfo Pérsico.

Con dicho movimiento, cortaron la carretera que unía las capitales de ambos países, llegando a la cordillera de los Zagros –en el centro del frente– y poniendo sitio a las ciudades portuarias de Khorramshahr y Abadán, al sur del país. Los primeros éxitos de Saddam, sin embargo, se vieron ensombrecidos cuando se demostró que los ataques aéreos no habían sido tan exitosos como se esperaba.

Así, ese mismo día, las Fuerzas Aéreas de Irán lanzaron una serie de bombardeos sobre suelo iraquí, atacando objetivos estratégicos y socavando la Fuerza Aérea Iraquí. Siete días más tarde, la aviación iraní lograba dañar gravemente la central nuclear de Osirak, cerca de Bagdad.

Además, en tierra conseguían retrasar el avance de las columnas iraquíes al lanzar una serie de ataques mediante helicópteros. Sin embargo, la falta de coordinación entre las fuerzas iraníes –en las que la recién creada Guardia Revolucionaria tenía la primacía– ayudó a que el avance iraquí continuase.

Pese a los retrasos y los reveses en el aire, las fuerzas de Saddam ya habían logrado capturar la importante ciudad de Khorramshahr a finales de octubre. No obstante, la dura resistencia presentada en la ciudad de los defensores hizo ganar tiempo a los efectivos iraníes, que incrementaron su fuerza con el alistamiento de decenas de miles de voluntarios.

Asimismo, la superioridad aérea de Irán resultó un punto a su favor. En noviembre, la operación Morvarid fue un completo éxito para Teherán, que logró destruir la mayor parte de la Marina y de la capacidad antiaérea de Irak. Esta operación, unida a la incapacidad iraquí de capturar Abadán y al agotamiento de sus reservas, forzaron a Saddam a pasar a la defensiva en diciembre.

Irán intentó recuperar terreno perdido y apuntarse una importante victoria durante la batalla de Dezful, en enero de 1981. Sin embargo, sus tanques fueron barridos por los blindados iraquíes, o fueron abandonados al quedarse atascados en el barro de las zonas pantanosas de la comarca. El desastre provocó la caída del presidente iraní, Abdul Hassán Banisadr, enfrentado a los dirigentes de línea dura, que apostaban para que la Guardia Revolucionaria llevase el peso de la guerra.

El ayatolá Ali Jamenei, quien posteriormente se convertiría en el Líder Supremo, en el campo de batalla durante la guerra entre Irán e Irak. El ayatolá Ali Jamenei, quien posteriormente se convertiría en el Líder Supremo, en el campo de batalla durante la guerra entre Irán e Irak.
El ayatolá Ali Jamenei, quien posteriormente se convertiría en el Líder Supremo, en el campo de batalla durante la guerra entre Irán e Irak. Fuente: khamenei.ir – bajo CC BY 4.0

Por si fuera poco, en junio Irán tuvo que enfrentarse a la rebelión de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK), autodenominados de corte socialista-islámica. El MEK protagonizó varios enfrentamientos callejeros con las fuerzas de seguridad iraníes, asestando durísimos golpes al régimen de los Ayatolás aquel año: a finales de junio, asesinaron en un atentado con bomba al presidente de la Corte Suprema de Justicia, Mohammed Beheshti.

En agosto, otro artefacto explosivo del MEK acababa con la vida del presidente, Mohammed Ali-Rajai, y con la del secretario general del partido gobernante, Mohammed Bahonar. Estos enfrentamientos supusieron un quebradero de cabeza para el esfuerzo de guerra iraní, ya que, pese a que el MEK había combatido a Saddam en los momentos iniciales, paulatinamente se fue acercando al dirigente iraquí, convirtiéndose en todo un enemigo interno para Jomeini.

Como nota importante, a finales de ese mes, Irán liberaba a los rehenes de la embajada estadounidense tras meses de negociaciones con la mediación de Argelia. Según algunos autores, el presidente James Carter ofreció un cargamento de armas por valor de 300 millones de dólares a Teherán –que ya había sido pagado por el anterior régimen del Sha– para ayudar al esfuerzo de guerra iraní, a cambio de la liberación de los rehenes, si bien este acuerdo no se llegó a completar.

La guerra entre Irak e Irán comenzaba a estancarse. Los primeros empezaban a utilizar la táctica de bombardeos de artillería y el lanzamiento de misiles Scud. Los segundos, por su parte, lanzaron un bombardeo sobre el aeródromo H-3, dañando nuevamente a la aviación iraquí. Diezmada por la superioridad de Irán, la Fuerza Aérea Iraquí había decidido evacuar los remanentes de sus fuerzas del aire a la frontera con Jordania.

Sin embargo, las fuerzas iraníes atacaron por sorpresa la base aérea H-3, logrando un notable éxito. De todos modos, Irán se vio obligada a cancelar nuevas ofensivas aéreas: la falta de repuestos para sus aviones, sumada a la escasez de personal –purgado tras la Revolución y tras la destitución de Banisadr– forzó a la aviación iraní a pasar a la defensiva.

La contienda comenzó a presentar numerosas similitudes con la Primera Guerra Mundial. Con ambas Fuerzas Aéreas diezmadas, ambos Ejércitos comenzaron una guerra de trincheras, con los tanques inmovilizados y siendo utilizados como artillería debido a las pérdidas y al daño que provocaban las armas antitanque. Otras tácticas similares a las de la Gran Guerra fue el uso de gases tóxicos por Irak, además de ataques masivos por oleadas por parte de Irán.

Aprovechando su superioridad demográfica, esta táctica consistía en el avance masivo y suicida de unidades poco entrenadas de la milicia Basij sobre las líneas enemigas en su punto más débil para desbordar sus defensas, seguida del avance de unidades experimentadas de la Guardia Revolucionaria, y más tarde, del Ejército.

En numerosas ocasiones, las unidades que iniciaban el primer avance eran niños, enviados para despejar campos minados. Para darles vigor para la misión, se les proporcionaban llaves de plástico compradas a Taiwán, con la premisa de que eran “las llaves del paraíso”. Estas tácticas, que resultaron en un enorme costo en vidas humanas, lograron romper en varias ocasiones las líneas iraquíes.

El contraataque iraní

Durante el resto de 1981, los progresos en el frente fueron mínimos. Con los iraquíes en una posición muy delicada, sin contar con apoyo aéreo y desbordados por las oleadas humanas, Irán logró capturar las alturas cercanas a Susangerd, a menos de 100 kilómetros de la frontera con Irak. Además, en septiembre levantaron el sitio sobre Abadán y, en diciembre, capturaron el pueblo de Bostán, a apenas 25 kilómetros de la frontera.

El estancamiento iraquí y el paso a la ofensiva de Teherán hizo temer a la comunidad internacional, que se lanzó a apoyar a Saddam con el fin de evitar la derrota iraquí. Pese a que Estados Unidos era oficialmente neutral, el presidente Ronald Reagan aseguraría que Washington “no puede permitirse la derrota de Irak” y, en 1982, sacó a Bagdad de la lista de países patrocinadores del terrorismo para enviar seguidamente ayuda militar a las fuerzas militares de Saddam.

La postura de Estados Unidos en una guerra entre Irán e Irak era la de salvaguardar el equilibrio en la región y asegurar su acceso a los recursos energéticos de la zona, sin importar que ambos países se debilitaran, pero buscando que ninguna de las partes destruyera a la otra. Una postura similar adoptó la Unión Soviética, que se mantuvo oficialmente neutral al principio.

Según un informe desclasificado de la CIA, los soviéticos estaban molestos con Saddam por no haber sido consultados inicialmente de la invasión –pese a que así lo estipulaba su tratado de 1972– y que, por ello, cancelaron los envíos de armas. El cambio del signo de la guerra hizo que Moscú decidiera incrementar su apoyo al dirigente iraquí, temerosos de que una victoria iraní pudiese incrementar el fundamentalismo chií en la frontera sur de la Unión Soviética.

Para ampliar: Cómo la guerra de Irak explica la creación del Eje de la Resistencia

Ambas superpotencias deseaban un equilibrio en la región, restando a la vez poder e influencia al contrario. Por su parte, las monarquías del golfo Pérsico, antaño enemigas de Saddam, se lanzaron también en su rescate, con cuantiosos créditos por parte de Arabia Saudí.

En marzo de 1982 Irán redobló sus esfuerzos por medio de la Operación Victoria Innegable. Gracias a un ataque sorpresa con apoyo de helicópteros y utilizando de nuevo las oleadas humanas, el Ejército iraní logró romper las líneas iraquíes y destruir buena parte de su artillería y sus tanques. Durante el resto de la primavera, las perspectivas fueron a peor para Saddam.

En abril, el gobierno sirio, uno de los pocos apoyos de Irán, cerró el oleoducto Kirkuk-Baniyas, vital para la economía iraquí, al ser la principal vía de exportación de su crudo, causando gravísimas pérdidas económicas. Además, Bagdad se batió en retirada a lo largo de la frontera para tratar de defender las pocas porciones de terreno que todavía conservaba.

Especialmente dramáticos fueron los esfuerzos en defender la importante plaza de Khorramshahr. Saddam visitó la ciudad y juró que “jamás caería”. Sin embargo, el 24 de mayo, tras 48 horas de durísimos combates, las fuerzas iraníes reconquistaban la urbe, haciendo prisioneros a más de 19.000 soldados iraquíes. Furioso, Saddam ejecutó a una docena de altos oficiales, a los que culpó del desastre, y dio orden de retirada hacia la frontera.

La situación de Irak era caótica, con un Ejército en horas bajas, la moral menguante, la pérdida de la enorme mayoría del terreno capturado en 1980 y con una economía al borde de la bancarrota. No obstante, Saddam logró mantenerse gracias a la ayuda económica y armamentística de Estados Unidos, la Unión Soviética, Europa Occidental, China y las monarquías del Golfo.

Soldados iraquíes capturados durante los primeros compases de la guerra entre Irán e Irak. Soldados iraquíes capturados durante los primeros compases de la guerra entre Irán e Irak.
Soldados iraquíes capturados durante los primeros compases de la guerra entre Irán e Irak. Fuente: FARS

Por su parte, Irán contó con el apoyo de países como Libia, Corea del Norte y Siria, además de la sorprendente ayuda de Israel, que suministró armamento al régimen de los Ayatolás de manera encubierta desde los comienzos del conflicto, pese a la abierta hostilidad de Teherán hacia el país hebreo. Como dijo el propio Ayatolá cuando se enteró de la procedencia israelí de las armas: “La ley islámica no dice nada sobre el origen de las armas. Vayan y cómprenlas”.

Debido a los constantes ataques de ambos bandos a buques petroleros, Estados Unidos y otros países occidentales comenzaron a mandar barcos de guerra al golfo Pérsico para proteger el tránsito y la exportación de crudo al resto del mundo, buscando evitar una nueva subida del precio del barril, que para 1981 costaba más del doble que en 1978.

En una posición delicada y con el ejército iraní cerca de la frontera, Saddam Hussein solicitó un alto el fuego y ofreció retirarse de las escasas porciones de territorio iraní que seguían bajo su control. Sin embargo, Jomeini rechazó la propuesta y afirmó que sus tropas solo se detendrían cuando Hussein y el partido Baaz hubiesen sido derrocados y se instaurara una República Islámica en Irak.

Con el fin de apoyarse en su invasión, Jomeini decidió alentar a la oposición a Saddam, financiando y apoyando a la guerrilla kurda y a la oposición chií. Si bien tuvo éxito en potenciar a los kurdos, su intento de lograr un levantamiento chií –que representaban el 55% de la población iraquí– fracasó. Pese a la fundación del partido Asamblea Suprema Islámica de Irak (ASII) en 1982, el esperado levantamiento masivo de los chiíes no se produjo.

La propaganda de Saddam afirmaba que “los chiíes, antes que chiíes, son iraquíes”, y se llegaron a reportar casos como los de un oficial chií que, pese a que el régimen de Hussein había ejecutado a tres de sus hijos, continuó luchando contra Irán porque afirmaba que era su deber como iraquí y como soldado profesional.

La invasión iraní de Irak

La Operación Ramadán, la invasión de Irak por parte de Irán, comenzó el 13 de julio de 1982, resultando en la mayor batalla terrestre desde la Segunda Guerra Mundial. El avance iraní se produjo en las cercanías de Basora, segunda ciudad más grande del país e importante punto estratégico. Los iraníes utilizaron la táctica de las oleadas humanas, incluyendo el despeje de campos minados por voluntarios suicidas.

Atrincherados y sobrepasados en número, los iraquíes utilizaron gas nervioso de manera masiva por primera vez en la guerra, causando el caos entre las fuerzas iraníes. No obstante, la Guardia Revolucionaria había conseguido penetrar 16 kilómetros en terreno iraquí. La tensión fue tal que varios reportes apuntan que, en un Consejo de Ministros, Saddam pidió asesoramiento para acabar la contienda.

Pese a ello, los iraquíes lograron contraatacar por medio de helicópteros a las columnas blindadas iraníes, causando graves pérdidas. El día 16, los iraníes lanzaron una nueva ofensiva, pero cuando ya se encontraban a solo 13 kilómetros de Basora, fueron rodeados por fuerzas iraquíes, que a punto estuvieron de destruir a la totalidad sus fuerzas terrestres.

La intervención de la fuerza aérea iraní evitó que sus efectivos en tierra fuesen barridos por completo. La operación Ramadán se dio por finalizada en agosto, habiendo fracasado los intentos de Irán de derrocar a Saddam Hussein y continuando el estancamiento en los frentes. Durante el resto del año 1982, Irak se centró en tratar de defender su territorio y comprar nuevo material de guerra, especialmente a China y a la Unión Soviética, con el fin de evitar el hundimiento del país.

Para ampliar: Al-Anfal: el genocidio kurdo de Saddam Hussein

Debido a su escasez de armamentos y vehículos, Irán se lanzó a una guerra de desgaste, buscando terminar de destruir los restos de las fuerzas de Irak. A lo largo de 1983, las tácticas de Teherán volvieron a presentar similitudes con las de la Primera Guerra Mundial: se lanzaron hasta cinco grandes ofensivas, en las que las ganancias territoriales fueron de apenas unos kilómetros cuadrados, al precio de una media de 15.000 muertos entre ambos bandos por cada una de ellas.

En la operación Amanecer-1, los iraníes fueron rechazados por las fuerzas iraquíes, y en la Operación Amanecer-2 atacaron al norte, apoyados por la guerrilla kurda, lo que provocaría más tarde la fatal represión de Saddam sobre el pueblo kurdo. La operación Amanecer de 1983 –la número 4–, acabó con una nueva victoria iraní, pero a un alto precio, y habiendo capturado únicamente 16 kilómetros de suelo iraquí.

Con múltiples frentes abiertos y una situación cada vez más devastadora, Saddam aumentó el reclutamiento forzoso de iraquíes; para 1984, Irak, con una población cuatro veces menor que Irán, tenía un ejército de igual tamaño. Por su parte, Irán comenzó a utilizar en menor medida las oleadas humanas, y a colaborar más estrechamente con los Peshmerga kurdos. Para 1984, la situación después de cuatro años era de un gran agotamiento en ambos bandos.

Para entonces, el balance era de 250.000 muertos y casi medio millón de heridos, con ambas economías dedicadas en su plenitud al esfuerzo de guerra y con una escasez alarmante de material. Sin embargo, el suministro masivo de material a ambos bandos por otros países alentó a que el conflicto continuase, resultando, a la larga, devastador, ya que seguirían combatiendo por cuatro años más.


Fuente:

www.descifrandolaguerra.es

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