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Ha muerto el filósofo Jürgen Habermas, destacado miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt. Sus últimos años estuvieron marcados por la frustración y la desesperanza. “Actualmente -había dicho- todo a lo que había dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso”. Vivimos tiempos paradojales donde se ha invertido el origen social de la culpa mediante la fatiga democrática y la ruptura del diálogo intersubjetivo, lo que ha supuesto el exilio material y psicológico de la democracia deliberativa de Habermas.
La guerra ha cambiado de formato, pero los objetivos, intenciones y las causas siguen siendo las mismas: la intensificación de la voracidad capitalista
¿Cómo hemos llegado a una época donde la verdad y el pensamiento ya no son necesarios? Julián Marías en su “Introducción a la filosofía” plantea varias relaciones con respecto a la verdad: vivir en el ámbito de la verdad, en el horizonte de la verdad, al margen de la verdad, y la más anormal y paradójica: vivir contra la verdad. En este último caso, nos advierte el discípulo de Ortega, cuando alguien vive sobre ideas y creencias de cuya falsedad está convencido, siente que la presencia de la verdad destruye su existencia social que se sustancia, como consecuencia, en una batalla constante para vivir contra la verdad. Hoy los adalides del bárbaro antropoceno son ajenos a la cultura propiciadora del humanismo y el pensamiento crítico, elementos antitéticos al olor a napalm por la mañana [i].
Gaza, Líbano, Venezuela, Irán, no son las Termópilas, no se trata de defender la civilización sino cancelarla. Donald Trump afirma: “Puede que ataquemos unas cuantas veces más, solo por diversión”. Asesinar a población no combatiente, a ancianos y niños por diversión es el caos satánico del nuevo desorden mundial. Ya Herbert Marcuse advirtió que la libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación. La nueva fase del capitalismo es una nietzscheana transmutación de valores para acabar con los valores. La antiética del becerro de oro es un reclamo permanente de la libertad para aherrojar a las mayorías sociales porque para los súper ricos del nuevo paradigma el concepto de libertad se sustancia en la abolición de la democracia: libertad para explotar al trabajador, libertad para no pagar impuestos, libertad para desprenderse del compromiso social. Elon Musk, Mark Zuckerberg, Donald Trump, representantes de la nueva plutocracia, han adoptado una visión similar a la de Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler: “la verdad no existe”, con cuya máxima los súper ricos transmutan la naturaleza y los avatares del mundo a la hechura de sus minoritarios y egoístas intereses.
Todo ello es posible por el triunfo, a pesar de todo, de la ideología dominante que ha barrido cualquier tipo de alternativa política y metafísica
El psiquiatra Jung hizo suya la afirmación de Carpócrates, quien decía: “Tú no puedes ser desligado de ningún pecado que no hayas cometido”. Él ha escrito también “Lo que es realmente es lo que se demuestra activo. Si lo que se me aparece como un error es a fin de cuentas más eficaz y más poderoso que una pretendida verdad, importa primero seguir este error, porque es él donde se encuentra la fuerza y la vida, que dejaría escapar si persiguiera lo que está reputado como verdad.” El error y la posverdad es el nuevo paradigma shakesperiano para que los locos sigan guiando a los ciegos.
Opuesta a la cosmovisión de Jürgen Habermas, se ha impuesto la metafísica posmoderna, con el final de las grandes narraciones, es decir, las ideologías emancipadoras y la desaparición de la historia –no es posible cambiar la historia si como tal no existe- que se ha sustanciado en un capitalismo cada vez más incompatible con la democracia, suplantada por patriotismos neofascistas excluyentes y beligerantes con la otredad, una dinámica del capitalismo posmoderno que arroja a la marginalidad a gran parte de la ciudadanía, que no tiene conciencia del origen de sus quebrantos sociales y económicos por ser propicia al consumo de mentiras, teorías conspirativas y resentimiento.
Los episodios decadentes y degradados del capitalismo siempre se sustancian en estados de guerra. El sistema capitalista no se alimenta de la paz sino de la guerra concebida como el primer escalón de las políticas y estrategias de dominación, sustento de la explotación económica a escala global. En el capitalismo, la guerra no es solo un modo de producir satisfacción y dar poder a quien la gana, como siempre, sino que también se recurre a ella para resolver los problemas que producen el afán de lucro que le es consustancial y las contradicciones que se derivan del intento continuado de diluir el conflicto social consecuente del empobrecimiento y explotación de las mayorías sociales.
La guerra ha cambiado de formato, pero los objetivos, intenciones y las causas siguen siendo las mismas: la intensificación de la voracidad capitalista llegada a graves contradicciones por el agotamiento que supone la irracionalidad de su propia práctica. Todo ello es posible por el triunfo, a pesar de todo, de la ideología dominante que ha barrido cualquier tipo de alternativa política y metafísica, carencia de alternativa que se refuerza en los estados de guerra donde no sólo se siguen manteniendo los beneficios capitalistas sino que la consecución de un enemigo común ajeno al conflicto social, a la agresión económica a las mayorías sociales y a la disolución del mundo del trabajo, sitúa el debate político en ámbitos que no ponen en peligro la integridad del sistema y los intereses que defiende.
[i] La frase es una de las citas más icónicas de la historia del cine y proviene de la película Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola.
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