InicioInternacionalIsfahán, a la sombra del programa nuclear

Isfahán, a la sombra del programa nuclear

Publicado:

Redacción — Nuevas informaciones han salido a la luz.

Las puertas de madera de la mayoría de los casi 200 locales en forma de bóveda que rodean la parte externa de la grandiosa plaza Naqsh-e Jahan están cerrados. Las telas estampadas, las alfombras, los objetos de cobre tallados, entre otros productos que se venden en este bazar que ha fascinado durante siglos a los turistas, hoy desaparecidos, están guardados en el interior por orden de las autoridades. Tampoco han llegado muchas de las familias que, a esta hora, en un día de primavera, suelen aprovechar para hacer picnic y, mucho menos, las adolescentes –muchas de ellas sin velo– que disfrutan dando vueltas por la plaza en motocicletas eléctricas.

La atención esta tarde está centrada alrededor de la fuente principal, donde se ha levantado una tarima. Desde allí, coros de niños y cantantes religiosos entretienen a miles de personas convocadas por las autoridades en esta plaza, el lugar más emblemático de Isfahán, que, después de Teherán, ha sido la ciudad que más ha sufrido durante la guerra. “Cuando atacaban las montañas, toda la ciudad temblaba”, cuenta Nazanin, que atiende en su puesto de sándwiches cerca del bazar.

La mayor parte de los bombardeos se produjeron en las afueras, cerca de las montañas rocosas que rodean la ciudad, donde están ubicadas, entre otras instalaciones, algunas plantas del programa nuclear. Días atrás, Rafael Grossi, secretario del Organismo Internacional de Energía Atómica, aseguró que Irán guarda en este complejo subterráneo un “porcentaje significativo” de los 440 kilos de uranio enriquecido al 60%.

“Algunos nos preguntamos por qué tienen que tener tantas instalaciones militares alrededor de la ciudad. ¿Nos están usando como escudos?”, dice un comerciante de ropa de 67 años en el bazar.

La crisis económica agrava el malestar en una ciudad golpeada por la guerra y la sequía

El ataque a la sede de gobierno, ubicada a pocos metros de la plaza, quebró los vidrios de muchos locales y causó daños en monumentos como el palacio de Aali Qapu, cuyo balcón techado domina este gran espacio rectangular de 89.600 metros cuadrados, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Desde allí, varios francotiradores protegen esta tarde los jardines donde miles de mujeres, cubiertas mayoritariamente con chador negro, y hombres vestidos con trajes de funcionario o uniformes militares están sentados en asientos de plástico alrededor de la fuente. Se les suman cientos de milicianos armados, cuyas motos están aparcadas en las calles de la plaza. Todos, con pocas excepciones, llevan banderas de Irán.

Han sido convocados para celebrar el aniversario del imán Reza, el único de los doce imanes del chiísmo que está sepultado en Irán. “Isfahán es una ciudad tradicional, pero no significa que todos apoyemos lo que hacen los gobernantes. Si se hubieran portado mejor con nosotros, habría menos gente en contra”, dice un hombre que pide que lo llamemos Mohamed, de 38 años, que trabaja en una heladería cerca de la plaza.

En el lado opuesto del río Zayandeh, actualmente sin agua como consecuencia de la sequía que azota esta región desértica desde hace años, Morteza nos cita para dar un paseo el viernes por la mañana. La imagen que se vive en los jardines es sorprendente incluso para los propios habitantes de Isfahán, conocida por ser extremadamente tradicional.

“Si se hubieran portado mejor con nosotros, habría menos gente en contra del Gobierno”, dice un heladero

“Isfahán es una ciudad dividida en dos”, explica Morteza, médico de 28 años. Por un lado, los que salen todas las noches a puntos estratégicos a ondear banderas y corear eslóganes a favor de la República Islámica. “Los otros somos la gente que está a nuestro alrededor”, señala. Decenas de hombres y mujeres de todas las edades, especialmente jóvenes, hacen deporte. Muchas chicas llevan licras ceñidas, camisetas que marcan su figura u otras más anchas pero de manga corta. El velo, para muchas, ha desaparecido.

Mariam, ingeniera de 30 años, atribuye este cambio a varios factores: Mahsa Amini dio el primer impulso, las protestas de enero pasado –que en Isfahán dejaron cientos de muertos– y después las guerras. “Creo que nuestras familias han entendido que no pueden exigirnos comportarnos como pide un Gobierno en el que no creen”, cuenta, aunque teme que los ataques regresen en cualquier momento, un sentimiento común en la ciudad. Aun así, confía en el futuro y cree que, en cierto modo, la vida es hoy mejor que antes.

Morteza es más escéptico. Teme la división social, pero sobre todo la crisis económica. Cuenta que uno de sus tíos es empresario y ha tenido que despedir al 30% de sus empleados. No es un caso aislado: comerciantes coinciden en que nunca la ciudad había tenido tantos problemas económicos. La ausencia de turismo, la sequía –aunque este año ha llovido más– y la inflación los sitúan en una situación crítica.

Los partidarios del régimen se congregan en la monumental plaza para el aniversario del imán Reza

Aun así, todas las personas consultadas coinciden en que la ciudad recupera poco a poco su vitalidad. Los parques vuelven a llenarse de familias haciendo picnic, los cantantes que se reúnen cada noche bajo los arcos del puente Khajoo han regresado y las jóvenes vuelven a circular en bicicletas y motocicletas, algo antes impensable.

“No hay duda de que, por difícil que sea la vida hoy en Isfahán, estamos mucho mejor que en Teherán”, dice Nazanin. Mejor o no, al menos hay más sonrisas y mayor deseo de disfrutar.


Fuente:

www.lavanguardia.com

Artículos relacionados

Publicidadspot_img

Artículos recientes

spot_img