Durante décadas, Europa estuvo convencida de que su modelo económico, social y político constituía un referente mundial. Disponía de una industria poderosa, una influencia diplomática considerable y uno de los niveles de vida más altos del planeta. Hoy, esta certeza tambalea.
La constatación es brutal. Estados Unidos domina las tecnologías disruptivas, la inteligencia artificial y las plataformas digitales. China se impone como una potencia industrial y comercial ineludible. Mientras tanto, Europa parece dudar, regular y, a veces, sufrir más que actuar.
La crisis energética ha revelado vulnerabilidades que muchos se negaban a ver. La guerra en Ucrania ha demostrado que la seguridad del continente depende todavía en gran medida de la OTAN y, por tanto, de Estados Unidos. Los gigantes europeos luchan por competir con los monstruos estadounidenses y chinos en los sectores estratégicos del siglo XXI.
El problema no es la falta de talento. Europa cuenta con universidades prestigiosas, ingenieros reconocidos y un mercado de más de 400 millones de consumidores. El problema es político. La Unión Europea avanza a menudo a veintisiete velocidades diferentes, mientras que sus competidores piensan a escala continental.
Cada crisis revela la misma debilidad: una dificultad crónica para transformar las ambiciones en decisiones rápidas. Los europeos hablan de soberanía digital pero dependen de tecnologías extranjeras. Evocan la autonomía estratégica pero siguen contando con socios externos para su seguridad. Desean reindustrializar el continente pero les cuesta crear las condiciones necesarias para el surgimiento de campeones europeos.
Sin embargo, nada es irreversible. Europa conserva bazas principales: una estabilidad institucional poco común, un mercado único potente, infraestructuras de calidad y una capacidad de innovación todavía considerable.
La verdadera pregunta, por tanto, no es si Europa puede seguir siendo una gran potencia. La pregunta es si todavía tiene la voluntad política para ello.
La historia enseña que las civilizaciones no declinan cuando carecen de recursos. Declinan cuando pierden la confianza en su capacidad para moldear su futuro.
Europa se encuentra hoy en esta encrucijada.
Por Isaac Hammouch



