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Isaac Hammouch: La inmigración se ha convertido en la mayor prueba política de Europa

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Ningún tema divide hoy más a las sociedades europeas que la inmigración. Ningún otro tema influye tanto en las elecciones, estructura tanto los debates públicos o contribuye tanto al auge de los partidos populistas. Más que una cuestión migratoria, la inmigración se ha convertido en la verdadera prueba política a la que se enfrenta Europa.

Durante mucho tiempo, los líderes políticos abordaron el tema con cautela, a veces con incomodidad. Entre los imperativos humanitarios, las necesidades económicas y las preocupaciones de seguridad, el debate se ha convertido progresivamente en un campo de batalla ideológico donde cada bando acusa al otro de irresponsabilidad.

Sin embargo, la realidad exige hoy un examen lúcido. Europa envejece. Su mercado laboral carece de mano de obra en muchos sectores. Sus sistemas sociales se basan en equilibrios demográficos cada vez más frágiles. Al mismo tiempo, los flujos migratorios siguen ejerciendo una presión importante sobre las capacidades de acogida, las infraestructuras públicas y las políticas de integración.

El verdadero fracaso europeo no es ni la inmigración en sí misma ni la diversidad cultural. Radica en la incapacidad de los gobiernos para construir un discurso de verdad. Durante años, las preocupaciones legítimas de una parte de la población fueron ignoradas o caricaturizadas. Este error ha alimentado un sentimiento de abandono del que se aprovechan hoy los movimientos más radicales.

Por el contrario, reducir la inmigración a una amenaza existencial constituye otro callejón sin salida. Las sociedades europeas siempre se han modelado mediante los intercambios, la movilidad y las aportaciones externas. La cuestión no es, por tanto, elegir entre apertura y cierre. La cuestión es saber qué reglas, qué límites y qué exigencias permiten preservar la cohesión nacional.

La integración constituye ahora el desafío central. Una democracia puede gestionar la diversidad. No puede sobrevivir a largo plazo a la fragmentación. Cuando los grupos viven unos al lado de otros sin compartir una base común de valores, deberes y pertenencia, las tensiones se vuelven inevitables.

Europa llega a un momento de verdad. Los ciudadanos reclaman a la vez humanidad, orden y coherencia. Rechazan tanto los eslóganes simplistas como la negación de la realidad.

Los líderes que triunfarán mañana serán aquellos que tengan el valor de afrontar el tema sin ideología, sin ingenuidad y sin demagogia.

Porque detrás del debate migratorio se juega en realidad una cuestión mucho más amplia: la capacidad de Europa para mantenerse fiel a sus principios conservando al mismo tiempo el control de su destino.

Por Isaac Hammouch

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