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Fútbol, racionalidad y sentimientos

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Binomio complementario

Recibí hace unos días un comentario acerca de las masas deportivas que tan forofas y felices se mostraban ante el triunfo de la selección nacional en el campeonato mundial de fútbol. Su mensaje se resumía en decirme: “no pretendas ver racionalidad, donde sólo hay sentimientos”.

Lo que me llevó a reflexionar entre las relaciones existentes entre ambas realidades. Y lo primero que advierto es que las masas que asisten a un campo de fútbol no están privadas de racionalidad. Más aún. No la abandonan durante todo el partido. De hecho, sería imposible analizar su comportamiento si no se tuviera en cuenta dicha racionalidad. Y, menos aún, ciertos hechos acaecidos en un estadio y que en ocasiones son juzgados como “delitos de odio” o “delictivos” a secas. Es que, privados de racionalidad, serían tomados como sujetos atacados por “una enajenación transitoria” y, por tanto, irresponsables de lo que dicen y hacen. Y sí, es verdad: los sentimientos y emociones intervienen en ese proceso, pero veamos cómo.

Enfrentar racionalidad y sentimiento y dar a cada cual lo que le corresponde no resulta tan fácil como se pudiera pensar. De hecho, y este dato es capital para entender sus relaciones interdependientes, racionalidad y sentimiento proceden de la misma fuente, el cerebro.

No son lo mismo, ciertamente, pero tampoco son dos realidades antagónicas y enfrentadas como se dice. El sentimiento no sería nada sin el cerebro y este dejaría de capitalizar una serie de funciones emocionales, sin las cuales, tampoco sería lo mismo. No lo sería el comportamiento del ser humano si solo se rigiera por lo que, en sentido estricto, llamamos racionalidad, asociada siempre al terreno de lo objetivo, lo frío y lo que coloquialmente, se adjetiva como cerebral. Nos olvidamos en esta historia de que  los sentimientos y las emociones son destilaciones de ese cerebro como lo son las ideas y los pensamientos más analíticos y calculados.

El maniqueísmo es el peligro

Lo que sucede es que procedemos de una sociedad esencialmente maniquea, donde todo se explica apelando a un binomio para todo. Desde Aristóteles, por señalar un referente conocido, se ha venido hablando de materia y forma, espíritu y cuerpo. Hoy, Se sigue hablando del cuerpo y del alma, para comprender muchas de las cosas que nos pasan y no entendemos. Se trata de una dicotomía falsa, pues el ser humano no está formado por dos masas distintas, sino que es un todo, un cuerpo, cuyo funcionamiento y organización depende única y exclusivamente del cerebro y su excepcional complejidad. Y es un hecho que las manifestaciones de la racionalidad y de la emoción, cuando se producen, no lo hacen en la práctica de una forma químicamente puras.

Todo pasa por el cerebro y nada de lo que nos pasa en el cuerpo le es indiferente. Aun así, mantenemos “la idea clara y distinta”, como decía Descartes, que con el cerebro pensamos y con el corazón sentimos. Es decir, que las ideas pertenecen al terreno de las cisuras y los sentimientos al corazón. Una dicotomía clásica que ya los médicos hipocráticos intuyeron que no era real; que el verdadero jefe de operaciones de nuestro organismo y de nuestra biología era única y exclusivamente la masa cerebral.

No son procesos opuestos

Los neurobiólogos actuales han asentado con precisión que los sentimientos y la racionalidad no son procesos opuestos, ni mantienen una lucha antagónica entre ellos. Los sentimientos y las ideas son productos interdependientes que los produce el mismo órgano, la víscera del cerebro. Este es la fuente tanto de los cálculos matemáticos, analíticos, conceptuales y algorítmicos como de la tristeza de los hinchas argentinos y la  euforia desatada de la “forofada” española tras el mundial.

Estamos acostumbrados a considerar que la razón y la emoción viven en territorios separados. La primera en la almendra cerebral, la amígdala. La segunda en el corazón, cuando este no es más que una bomba encargada de distribuir la sangre por el cuerpo. Las emociones no provienen de ninguna fuente visceral ajena al cerebro. Y recuérdese que, cuando decimos que alguien actúa de forma visceral entendiendo por esta expresión que alguien ha hecho algo de un modo apasionado, sin control, como los hinchas de un campo de fútbol, debería recordar que el cerebro es una víscera. Es el cerebro quien, junto con el sistema límbico, procesa esas coloraciones afectivas de modo inmediato. El cerebro es el centro operativo de cualquier tipo de planificación, de la lógica y del control de nuestros impulsos sin distinción. Todo es producto de esa estructura.

No es cierto que las grandes burradas que se cometen, individual o colectivamente, se deben sólo a una emoción o sentimientos desbocados. Desengañémonos. Pronto hemos olvidado la frase de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”. Hay ideas que llevan a la barbarie, incluso las derivadas de la religión, y sentimientos y emociones, individuales o colectivas, que hacen lo propio. Y viceversa.

La llamada pasión visceral

Hay una observación muy oportuna del neurobiólogo portugués, Antonio Damasio, que dice que “la carencia emocional, debida a lesiones, destruye la capacidad de tomar decisiones racionales. Sin el marcaje emocional que valora las opciones como «buenas» o «malas», el cerebro se paraliza ante un mar de infinitas posibilidades lógicas”.

Por tanto, la llamada «pasión visceral» que se puede contemplar en un estadio de fútbol no es porque se trate de personas descerebradas o irracionales. Lo que ha sucedido como explica Damasio “es un secuestro temporal de los circuitos de recompensa, donde la corteza racional justifica lo que la amígdala ya ha decodificado como una amenaza o como un trofeo”. Es decir, tanto si es lo primero como lo segundo, el cuerpo de este hincha estalla de un modo u otro, de forma desabrida o feliz. Pero, en cualquier caso, es el cerebro quien dirige esa operación.

Los sentimientos no tienen nada que ver con el corazón. Son resultado cognitivo de percibir un estado corporal alterado. La emoción es la respuesta automática, neuroquímica y conductual ante un estímulo. El gol de Ferrán Torres generó una descarga de dopamina y adrenalina, taquicardia y tensión muscular colectiva, creando un  espectáculo con rostros fuera de sí y eufóricos de alegría. Y no extraña que, entonces, quienes no sufrieran esa descarga considerasen a esta masa como seres irracionales. Pero se olvida que eso surge cuando el cerebro escanea esas señales físicas y las traduce a un plano consciente, dotándolas de significado narrativo: «estoy feliz», «somos los mejores». Otra cuestión es que sepamos o no controlar dichas expresiones de gozo explosivo o de tristeza abrumadora. Porque seguro que eso se debe a que no hemos recibido jamás una educación tendente a controlar esas expresiones emocionales, a pesar de que las genera el cerebro.

Las sentimientos no caen del cielo

Cuando mi interlocutor me escribió «no pretendas racionalidad donde solo hay sentimientos», no daba a entender que estos caen del cielo como si se tratara de una entidad metafísica. Sabe tan bien como yo que tienen una causa neurobiológica exacta y responden a incentivos culturales aprendidos, y que en ese momento de euforia, los hinchas a los que nos estamos refiriendo, estaban compartiendo la misma maquinaria electroquímica, los mismos neurotransmisores (dopamina, serotonina, oxitocina) y el mismo soporte físico (el sistema nervioso central). Pero desengañémonos. No existe una «molécula de la razón» radicalmente distinta a la «molécula de la pasión». Lo que cambian son los sistemas de procesamiento y la velocidad de respuesta del sujeto ante equis fenómenos colectivos.

Atribuir la causa del comportamiento de las masas a «una visceralidad inexplicable» es un pretexto que nos evita analizar qué es lo que sucede, psicológicamente hablando, en esa colectividad que responde de forma homogénea y uniforme ante los mismo hechos. Aunque no lo parezca, esa euforia del fútbol no carece de razón; simplemente responde a una lógica de gratificación instantánea que el cerebro humano ejecuta con eficacia. Tampoco es un error o un fallo del sistema cerebral, sino una respuesta química calibrada, gracias a la dopamina y oxitocina, que asegura que el grupo se mantenga unido.

Cuando un forofo te dice que “siente los colores en el corazón” o que, dicho coloquialmente, se le pone “el corazón a mil por hora”, eso es porque el cerebro ha dado la orden de segregar adrenalina. Ni la alegría ni la euforia son productos del corazón, por mucho que así se diga metafóricamente. Sencillamente son un producto de la biología cerebral. Y son tan legítimas como resolver una ecuación de segundo grado.

Cuando contemplamos a miles de personas gritando al unísono como si se tratara de seres asilvestrados, ¿qué significa? ¿Que han dejado de ser racionales? No. Si se conocieran estos procesos, resultaría ilógico pedir a esta masa “un comportamiento frío” o “racional”. La masa en un campo de fútbol cuando celebra el triunfo de su selección lo que hace es sumarse a una fiesta que nace en la neurobiología de sus cuerpos tomados de uno en uno y que terminan fusionándose en un nosotros colectivo presos de la adrenalina que los vuelve eufóricos perdidos; sólo por momentos, felizmente.

El pensamiento no deja de funcionar

Ni siquiera el individuo cuando forma parte de esa masa, su pensamiento deja de funcionar. Pensar que su capacidad crítica se diluye para dejarse llevar por la consigna y una pretendida «identidad nacional» y demás eslóganes, manipulados e instrumentados por quienes acostumbran a vivir de estas historias, tendría que justificarse con razones más sólidas que la simple utilización del tópico tradicional: masas aborregadas, irracionales y tribales. Ojo, detrás de ellas hay individuos, sujetos, personas y eso de que el yo se diluye en las masas como un azucarillo habría que ver.

Por ello, los intentos de descalificar el fetiche del fútbol en el espacio público descalificando a las masas porque estas se dejan llevar por la irracionalidad y una emoción descontrolada, tanto individual como colectiva, no parecen ir bien encaminados. Todo lo que hacen y deshacen las masas nace de sus cerebros. De ahí que, quizás, el problema radique en cuidar y seleccionar con mejor tino aquello que dejamos entrar en nuestra almendra cerebral. Pues esos nutrientes son con los que, al fin y al cabo, alimentamos nuestro cerebro y este actúa en consecuencia.

Si una persona no ha creído jamás que ganar un campeonato mundial de fútbol hace que la identidad de una nación gane en coherencia y solidez patriótica, y frases de igual insolencia identitaria, seguro que, si es futbolero, verá un partido y se alterará, por supuesto, si gana su equipo, pero no pasará de esa línea. Nuestra conducta se rige por el vademécum que a lo largo de nuestra vida hemos ido depositando en esa sala de máquinas siempre en movimiento, que llamamos cerebro. Y aunque, la imagen de depósito o contenedor pueda sugerir algo inactivo e inerte del cerebro, es todo lo contrario. El cerebro es una coctelera en permanente movimiento, aunque bien sabemos que en esta vida eso no asegura nada, pues, para ser esto o aquello, “pensar no basta”.

Si metes basura, obtendrás basura

Lo que siembras, recogerás. Si metes basura, saldrá basura. El cerebro se alimenta del material que tiene disponible para elaborar esquemas, ideas, creencias, prejuicios y formas de ver y de interpretar el mundo. Si lo alimentas desde niño con una información sesgada, alarmista, superficial o tóxica, pues no te extrañes que tus razonamientos y decisiones se basen en esos parámetros. El cerebro no te va a dar lo que no has metido en él. Y las emociones y los sentimientos que genere estarán en función directa de lo que hayas almacenado en sus cisuras.

Si aceptas que el equipo nacional es parte de la identidad del país en que vives, lo mismo que lo pueda ser el equipo local de tu ciudad o de tu comunidad, y esa creencia las has mamado desde niño, no le demos más vueltas a la peonza de la dialéctica. No hay nada que hacer y, probablemente, no merezca la pena cambiar de chip racional y emocional a quien así lo piensa y lo siente. Sería darte de bruces con una pared de hormigón. ¿Es un caso perdido? En este campo, sí. Pero un ser humano no agota su capacidad identitaria con el fútbol.

Las emociones y los sentimientos no surgen de la nada; son la respuesta a cómo interpretamos lo que nos rodea y lo que nos decimos a nosotros mismos; lo que depende de tu despensa interior mental. Si en ella almacenas pensamientos de odio, de supremacismo, de racismo, de resentimientos, de machismo, no esperemos obtener una cosecha emocional equilibrada. Lo que, tampoco, significa que, si almacenas otro tipo de ingredientes antitéticos serás automáticamente un dechado de virtudes en la vida. Tampoco. Habrá que sudárselo.

Entender cómo funciona el cerebro no nos evitará sufrir la dialéctica y el conflicto que sus procesos racionales y emocionales nos pueden crear . La mente humana es como un terreno fértil, pero su producción no depende únicamente de lo que siembres y cómo lo hagas. Además, también deteriora. Y  hay factores externos -también internos-, que pueden echar a perder esa cosecha; factores que, en ocasiones, tú no puedes controlar o, sí, pero antepones lo fácil a lo ético para conseguir tus propósitos. Lo cual dependerá del tipo de rejillas éticas que tengas almacenadas en tu cerebro para moverte en esta vida, no dejando filtrar nada que atente contra la dignidad, la tuya y la del otro.

La mente tiende a buscar, recordar y sobrevalorar aquello que refuerza los particulares modos de supervivencia y demás incentivos de un entorno cultural, mamados desde niño, como ese orgullo de pertenencia a un equipo de fútbol, y que  llevan al individuo a minimizar o racionalizar los aspectos negativos propios, e interpretando las críticas externas como un ataque directo al grupo y, por extensión, a uno mismo, lo que ya es más complicado de comprender y de interpretar, sobre todo cuando no se comparten dichos planteamientos.

El asunto radica en qué tipo de identidades nos queremos reconocer como personas. Y con qué tipo de ingredientes deseamos asentarlas. Una tarea que ya no depende del propio cerebro y su funcionamiento, sino de la voluntad política de quienes deciden cuáles son los nutrientes con los que dichas mentes deben cultivarse a lo largo de su vida, desde que nacen, se desarrollan y mueren. No somos tan libres como creemos a la hora de elegir nuestras servidumbres voluntarias, individuales y colectivas y que son en definitiva las que acomodamos en nuestro cerebro. Pero no seré yo quien le diga a nadie que se equivoca. Menos aún, sabiendo que cada cual con su cerebro procesa de distinta manera la misma realidad.

Cada cual es esclavo de sus propios bailes identitarios, racionales y emocionales, es decir, cerebrales y que ha alimentado desde niño. Dime lo que siembras en él, y te diré lo que careces.


Fuente:

www.nuevatribuna.es

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